Lectura de Luis Alberto Angulo
en el Teatro Bolívar de Caracas el 8 de julio

De poesía y poetas
(A los nietos)
En el pueblo, cuando yo era niño, había
menos poetas, pero mucha más poesía.
En realidad, todo lo bueno y lo malo de
aquel tiempo era parte de ella: la escuela,
las calles, las casas, el humo de los
fogones de leña donde se hacían las arepas, la familia, los amigos,
lo que se contaba y lo que era secreto;
(“No se repite en la calle lo que se dice en
casa”, instruían los padres temerosos del
gobierno),

el campo, los ríos, los puñetazos, los
caballos y los olores; todo era una
construcción colectiva y un hallazgo;
era la vida a borbotones que amanecía
con el sol y anochecía con la luna y las
estrellas; algunas fugaces o con el cielo
muy cerrado;
¡ah! los grandes aguaceros durante días
sin ir a clase, oyendo arreciar la lluvia en
el zinc del techo de la casa mientras
navegaba el bergantín de Espronceda
en la hamaca del abuelo.
Aunque eran pocos, se conocía que
existían y se reverenciaban los poetas,
pero una vez una niña grande al ver venir
desde la plaza Bolívar a Enriqueta, dijo:
“Allá viene la loca” y todavía siento pena.
Betino, mi padre, escribía y Mercedita,
su esposa, tenía un álbum con poemas de
Campoamor, que había recortado de
diarios y revistas.
Don Chuy contaba con orgullo que fue
amigo de Alfredo Arvelo; y mi madre
recitaba de memoria “El galante milagro”.
La gente más llana se reía con los
estrambóticos versos de un vate caraqueño
y se los atribuía a un señor del pueblo
que usaba melena, vestía traje y era escribiente.
Los niños declamaban glosas llaneras
y poemas de Andrés Eloy Blanco,
eso era casi todo.

La poesía estaba en la calle y andaba
muy enamorada; puedo decirlo
libremente; yo creo que todos, todos,
ahora lo sabemos, éramos poetas.
El jockey
Quizás solo le faltó hacer
el amor sobre el caballo
y eso nadie lo asegura.
Cabalgó cada milímetro
de la tierra que pudo liberar
y se ganó el respeto
de los duros llaneros
que irreverentes lo llamaban
El General Culo de Hierro.
Veteranos
En los festivales de poesía
los más experimentados
leen hallazgos de la vida
a los que sin embargo
únicamente amigos
y literatos adversos
han puesto atención
Para los demás
el poema que les llega
también los abandona
les recuerda, no obstante
regresar de nuevo
al lugar en donde
por un instante
vivieron el sueño
de su propia poesía

Iluminada poesía

A Drummond, a Buda
El tiempo presente
la vida presente
el aquí y ahora
de quien toca la tierra
mientras señala el espacio

la mente en el vacío
poesía
presencia iluminada
gota de agua
para la sed del mundo
cielo y tierra en una mano
(Antología del decir, 2013)

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