Un cuento para la merienda: «Alfonsina» de Juan Lorenzo Collado

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La lluvia me empapa, pero me importa muy poco, es casi mágico sentirla correr por la piel de forma torrencial. Queda todo tan lejos de aquí, de este momento de soledad en el que el dolor apenas me deja un segundo de plena lucidez.

Qué lejano queda todo, incluso el instante en el que hace unos segundos miraba la lluvia desde la ventana y el sufrimiento era intenso, apenas lo puedo soportar, diciéndome que no vale la pena continuar aquí porque, además, ya sólo es cuestión de días, quizá algún mes y además yo tengo mucho miedo, sobre todo al dolor.

 

Le dije en una ocasión a mi amigo Fermín Estrella que me llamaron Alfonsina porque quiere decir dispuesta a todo y ahora lo estoy más que nunca.

No recuerdo nada de Lugano, simplemente me dijeron que nací allí, pero yo he sido siempre argentina, aquí esta mi corazón, mis palabras, mis primeros recuerdos de cuando tenía cuatro años y estaba en San Juan, en el umbral de mi casa, sosteniendo un libro del revés mientras miraba a la gente que pasaba. De entonces recuerdo que siempre me consideré una niña fea con la cara redonda y regordeta.

Posiblemente ocurrieron muchas cosas importantes pero yo sólo recuerdo aquello de cuando era tan pequeña y cuando nos marchamos a Rosario. Una familia pobre. Mi madre puso una pequeña escuela domiciliaria y, posteriormente, mis padres abrieron el Café Suizo, cerca de la estación del tren. Me encantaba mirar pasar los trenes en los ratos libres en los que a mis diez años atendía las mesas y fregaba los cacharros. Pero siempre había un rato para sentarme a esperar su paso y escribir algún verso o describir la realidad en un papel. Pero el café fue un fracaso cuando papá murió y entonces yo me empleé en una tienda de gorras para ganar algún dinero.

Entonces llegó la compañía de teatro de Manuel Cordero y quiso la suerte que pudiera sustituir a una actriz que enfermó.

Mi madre me dejó ir con ellos y se abrió un mundo nuevo para mí representando “Espectros”, de Ibsen; “La loca de la casa”, de Galdós; y “Los muertos”, de Florencio Sánchez. Era una niña que a mis trece años parecía una mujer y la vida me pareció que apenas valía la pena porque el ambiente me aplastaba cada día y regresé a casa para escribir mi primera obra de teatro.

Con mi madre casada otra vez y sintiéndome fracasada, ya tenía muy claro lo dura que era la vida y que nadie me iba a regalar nada. Por eso me matriculé en la Escuela Normal Mixta de Maestros Rurales de Coronda hasta obtener el título. Comencé a estudiar para maestra rural y conseguí un puesto y, en mis ratos libres, escribía en las revistas “Mun rosarino” y “Monos y monadas”. ¡Qué poemas aquellos!

Hace frío aquí y quizá debería regresar a la pensión y meditar un poco, pero es que no tengo nada que pensar y quiero caminar hacia el mar.

Diecinueve años tenía cuando llegué a Buenos aires con una maleta más pesada por los libros de Rubén Darío que por mi ropa y mis versos.

Llegué embarazada de un hombre mucho mayor, al que quería y no quiso de mí algo más que placer. Fue allí donde decidí tener mi hijo y empezar de nuevo, con un niño sólo para mí al que llamé Alejandro. Mis recursos para vivir fueron trabajar como cajera en una tienda y en las revistas “Caras y Caretas”. Pero lo más placentero era recitar mis poemas en las bibliotecas de barrio.

Tardé cuatro años en conseguir, con un esfuerzo enorme, que mi primer libro viera la luz. Fue otro hijo que vio el mundo siendo un homenaje a Manuel Gálvez, a quien admiraba. Lo llamé “La inquietud del rosal”

Al mirar mis mejillas, que ayer estaban rojas

he sentido el otoño; sus achaques de viejo

me han llenado de miedo; me ha contado el espejo

que nieva en mis cabellos mientras caen las hojas…

Publiqué el poema “Versos otoñales” en “Mundo Argentino”, donde también lo hacía publicaba Rubén Darío y eso fue fantástico, tanto como conocer a Nervo, que llegó a Argentina como embajador.

Cuando presenté el libro “El dulce daño”, en 1918, las cosas eran diferentes porque mis amigos me ofrecieron una comida en el restaurante Génova, donde se reunía el grupo Nosotros y leyeron mis poesías Roberto Giusti y José Ingenieros, mi gran amigo.

Fue en ese año agradable cuando comencé a realizar visitas a Montevideo y ya no he dejado de hacerlo nunca.

Tú me quieres alba,

me quieres de espumas,

me quieres nácar.

Que sea azucena

sobre todas, casta.

Corola encerrada

 

¡Qué aguacero! Parece que se hundieran las nubes, pero no quiero entrar en casa, el malestar me hace desistir de ello, prefiero caminar hasta el mar.

 

Un año más tarde me hice cargo de una sección fija en la revista “La Nota” y en el periódico “Nación”, en el que, entre otras cosas, escribía sobre el papel que debiera corresponder a la mujer en la sociedad mucho más allá de buscar sólo el matrimonio. Como no podía ser de otro modo las críticas más feroces no se hicieron esperar por mis ideas, pero también hubo muchísimas adhesiones a mis palabras.

Ese fue un tiempo de dura pero agradable labor, me sometí a un esfuerzo que no me daba apenas tiempo para otra cosa que no fuera trabajo y más trabajo dando conferencias, clases en el colegio Marcos Paz, en la Escuela de Niños Débiles del Parque Chacabuco, en el Instituto de Teatro Infantil Labardén y en la Escuela Normal de Lenguas Vivas.

Fue a partir de 1926 cuando dispuse de una cátedra en el conservatorio de Música y Declamación impartiendo Arte escénico y, no teniendo bastante con eso, di clases de castellano en la Escuela de Adultos Bolivar.

Todo este trabajo desembocó en un agotamiento físico que me llevó a un obligado descanso y así comenzaron mis viajes a Mar del Plata y Córdoba.

Horacio Quiroga el escritor que vivía en la selva. ¡Qué buen amigo, cuánta admiración! No sé por qué no lo seguí al infinito. “Cuentos de la selva”, “El desierto”, “Anaconda”. Sus poemarios me atraían, disfrutaba con su lectura y para entonces yo ya había publicado “Irremediablemente” y “Languidez”.

Éramos tan diferentes…Pero me atraía su personalidad, su mirada, su poesía. Me robó un beso una tarde mientras jugábamos a las prendas y debíamos besar ambas caras de un reloj a la vez, y él lo quitó en el momento justo. Me hace sonreír el recuerdo de los tangos de entonces, cantar un tango, cuanta tristeza y pasión en ellos.

Cuando Horacio decidió volver a Misiones me dijo que lo acompañara, pero yo no me atreví a hacerlo. Quizá me equivoqué, pero eso ya no importa. No importa nada.

 

Esta noche al oído me has dicho dos palabras

comunes. Dos palabras cansadas

de ser dichas. Palabras

que de viejas son nuevas.

 

Casi coincidió la publicación de “Ocre” con la muerte de José Ingenieros y sin mi amigo me quedé mucho más sola de lo que siempre había estado.

Me reiría, como hice en otras ocasiones, de lo curioso de mi encuentro con Gabriela Mistral. Le habían dicho que yo era fea, no soy una belleza, pero de eso a ser tan fea… Y cuando llegó a casa y le abrí la puerta pregunto por Alfonsina pesando que tenía que ser alguien mucho menos agraciada.

Qué triste fue el estreno de mi primera obra de teatro, “El amo del mundo”. Hasta el presidente Alvear y su esposa, Regina Pacini, asistieron, pero fue un fracaso y la crítica se ensañó conmigo.

Quizá no entendieron la visión que quería mostrar sobre la mujer. Un cronista llegó a decir que Alfonsina Storni denigraba al hombre. Todo lo que hay alrededor de mi obra de teatro fue un trago muy amargo.

Después vinieron viajes a muchos lugares, entre ellos España, a donde volví en 1931 conociendo escritores de allá como fue Concha Méndez, que me dedico algunos poemas. Y un año después publiqué mis dos farsas pirotécnicas: “Cimbelina y Olixene” y “La cocinerita” casi a la vez que me di cuenta de que las canas abundaban en mi cabello.

En “Mundo de siete pozos” intenté conseguir imágenes dentro de un mundo precario e inestable donde ojos, oídos, fosas nasales, boca, son los encargados de hacernos llegar el miedo, toda la angustia de la vida, recurriendo una y otra vez a los elementos que integran la ciudad.

Igual que yo fui a España y conocí a algunos escritores, otros vinieron de allá y así fue como conocí a Federico García Lorca, el de los gitanos. Su poesía me encantó y le dediqué un poema; “Retrato de García Lorca”:

 

Salta su garganta

hacia afuera

pidiendo

la navaja lunada…

 

Y cuando menos lo esperas el mazazo, el golpe frío que te sobrepasa y te hablan de una enfermedad y de que hay que operar antes de que sea demasiado tarde para atajar el cáncer de mama que me aquejaba. Y sin tener tiempo para salir al paso del abatimiento se suicidó Horacio Quiroga.

 

Morir como tú, Horacio, en tus cabales,

Y así como en tus cuentos, no está mal

un rayo a tiempo y se acabó la feria…

 

Qué difícil parece ser todo. ¿Por qué tiene que haber tanto dolor en la vida cuando sólo se pretender vivir… Tan sólo eso?

Hace frío, el aguacero apenas me deja ver el mar, tan fuerte, tan hermoso, tan atrevido, y yo quiero dejarme acoger por sus brazos.

 

Nunca llegué a pensar que me pudieran considerar tan importante como para invitarme a compartir un acto con Juana de Ibarbourou y Gabriela Mistral. Tenía que hablar de mi forma de crear y disponía de un día para escribir mi conferencia. Lo hice sobre mis rodillas y se me ocurrió el título de “Entre un par de maletas a medio abrir y las manecillas del reloj”.

Fue fantástico escucharlas, compartir sus secretos de escritoras con los demás y leer sus versos.

 

No ha pasado tanto tiempo, unos meses y mi vida ha dado un giro terriblemente brusco. La tensión, saber que todo está perdido es demasiado duro…

No podía aguantar más en la habitación y he tenido que salir, el dolor… Siempre este dolor que no me deja descansar, pero el mar está ahí, esperando siempre con su mirada capaz de llevar en ella el olvido.

 

He venido a Mar del Plata a descansar, a intentar reponerme cuando yo sé que no me queda ninguna posibilidad y no soporto más la angustia. Ni tan siquiera la lluvia torrencial es capaz de mitigarla un poco.

Hace unas horas llamé a la dueña de la pensión y le dicté una carta para mi hijo y he escrito un poema que quiero titular “Voy a dormir”.

Dientes de flores, cofia de rocío,

manos de hierbas, tú, nodriza fina,

tenme prestas las sábanas terrosas

y el edredón de musgos escardados.

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.

Ponme una lámpara a la cabecera;

una constelación; la que te guste;

todas son buenas; bájala un poquito.

Déjame sola: oyes romper los brotes…

te acuna un pie celeste desde arriba

y un pájaro te traza unos compases

para que olvides… Gracias. Ah, un encargo:

si él llama nuevamente por teléfono

le dices que no insista, que he salido…

Sigue lloviendo y ya sólo espero que el agua del mar no esté muy fría.

 

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Juan Lorenzo Collado (España)