Comenzando la década de los 80, otra de las tareas de mi profesor de Castellano, en tercer o cuarto año de bachillerato, fue leer la novela «La casa verde» (1966) de Mario Vargas Llosa.
Recuerdo que no me gustó. Pero, como este célebre autor peruano era todo un bestseller, lo seguí leyendo porque en la biblioteca familiar estaban «La ciudad y los perros» (1962) y «La tía Julia y el escribidor» (1977). Alguno de mis hermanos los habrá comprado.
Luego, finalizando el siglo, me volví a encontrar con Vargas Llosa… Resulta que en 1997 fui uno de los seguidores de la telenovela colombiana “Las Juanas”, protagonizada por la espectacular Angie Cepeda. Dos o tres años después, entré a uno de tantos locales de la época donde vendían o alquilaban películas “quemadas” y vi el afiche promocional -con el rostro de la misma actriz- de la película “Pantaleón y las visitadoras”, basada en el libro homónimo de Vargas Llosa.

Meses después de disfrutar el largometraje, encontré el libro. Me gustó más la película, pero también gocé leyendo esta novela creada -impecablemente- en la mejor etapa de quien obtendría el Premio Nobel de Literatura 2010, entre muchos otros e importantes galardones.
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La obra…
Pantaleón y las visitadoras es una de las obras más célebres, divertidas y mordaces del Premio Nobel de Literatura peruano Mario Vargas Llosa. A diferencia de sus novelas más oscuras o solemnes, esta obra destaca por un tono satírico y de comedia negra, utilizando el humor para diseccionar la burocracia, la moralidad hipócrita y el fanatismo.
La primera edición de Pantaleón y las visitadoras, publicada por la editorial Seix Barral en Barcelona en mayo de 1973 (dentro de la colección Biblioteca Breve), cuenta con 309 páginas.
La historia sigue a Pantaleón Pantoja, un capitán del Ejército Peruano caracterizado por una disciplina férrea, una eficiencia matemática y una devoción ciega al deber.
Su vida da un giro insólito cuando sus superiores le encomiendan una misión secreta de alta prioridad: organizar y dirigir un servicio de prostitutas (llamadas eufemísticamente “visitadoras”) para satisfacer las necesidades sexuales de los soldados destinados en la selva amazónica, evitando así que siguieran cometiendo abusos y violaciones contra las mujeres de los pueblos locales.
Pantaleón, incapaz de desobedecer una orden, asume la tarea con un celo profesional absoluto. Aplica logística militar, estadísticas, horarios rigurosos y pruebas de selección para crear el “Servicio de Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Frontera y Afines” (SVGPFA). Sin embargo, su propio éxito desatará un caos impredecible en la región.
Vargas Llosa demuestra cómo el rigor administrativo y la lógica militar, llevados al extremo, transforman lo ridículo en algo extrañamente eficiente.
La novela contrapone la necesidad real del servicio con el rechazo público de la iglesia, los medios locales y la sociedad, quienes disfrutan o se benefician en privado de lo que condenan en público.
A la par del servicio de Pantaleón, surge en la selva una secta religiosa fanática («Los Hermanos del Arca»). La novela contrapone magistralmente el fanatismo militar/administrativo de Pantaleón con el fanatismo religioso de la secta.
La narrativa no sigue una estructura tradicional. Está construida mediante partes de guerra, memorandos oficiales, informes estadísticos, cartas personales, transcripciones de programas radiofónicos (como los del estridente locutor Sinchi) y diálogos superpuestos. Y utiliza la técnica de ensamblar conversaciones que ocurren en distintos tiempos y lugares en un solo párrafo, creando un ritmo ágil y cinematográfico.
Pantaleón y las visitadoras es una obra maestra de la sátira hispanoamericana. Logra hacer reír al lector mientras expone con lucidez las contradicciones de las instituciones humanas y la fragilidad del orden moral. Es una lectura imprescindible para adentrarse en la faceta más ingeniosa de Mario Vargas Llosa.
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Ciudad Valencia/Luis Salvador Feo La Cruz













