El reconocimiento que la FAO ha otorgado a una venezolana, hija de ancestros de los andes merideños, María Cantalicia Torres, como una de las cien heroínas en los sistemas agroalimentarios y el desarrollo rural, expone la relevancia de una cosmovisión acerca de lo que significa la tierra como espacio de vida desde el centro e interioridad del ser, en contraposición a concebir la tierra como una mercancía, sin pasado, sin futuro, solo con la voraz apetencia de quedarse con territorios, con países y hasta con continentes enteros, todo lo que le suene a posesión sin más.
La tierra como mercancía es la visión capitalista desvinculada de la dimensión humana, es definida estrictamente como un factor de producción, un activo financiero y una mercancía transable.
Como continuo de vida, la tierra es un ser vivo dotado de espiritualidad, una madre generosa y eje central de identidad colectiva. Esta forma de entender el mundo se conoce como una cosmovisión interdependiente: los seres humanos no son dueños de la naturaleza, sino una parte más de su tejido. Es una mirada hacia el centro, una mirada interior del ser con su entorno.
La siembra y la cosecha no son procesos puramente mecánicos sino un diálogo con la tierra, es la cosmovisión de los pueblos originarios. Para etnias como la Wayuu, la tierra es Mma (la madre), quien se unió con Juya (la lluvia) para dar origen a los seres vivos y a los diferentes clanes. En los pueblos amazónicos como los Yekuana o Yanomami, la selva es un espacio compartido con espíritus protectores, donde cada acción de caza o recolección debe mantener un estricto equilibrio ecológico para no desatar la ira de los guardianes espirituales.

La relación con la tierra se basa en dar y recibir. La tierra simboliza profundidad, solidez, estabilidad y a la vez, permeabilidad, posibilidad de amasar y de sumergir; la fecundidad de la madre tierra se basa en esa posibilidad de cobijar la semilla, protegerla, darle un lecho estable para crecer.
Esta filosofía de vida asume que el bienestar humano es imposible si se destruye el entorno. No se busca el desarrollo o el crecimiento material ilimitado, sino una vida en armonía, comunidad y equilibrio con la naturaleza y los ancestros. Si el ser humano toma alimentos, madera o agua de la naturaleza, tiene la obligación moral y ritual de cuidarla, reforestarla y permitirle descansar a través de la rotación de los cultivos.
DE LA MISMA AUTORA: SEMIÓTICA DE UNA INDUMENTARIA | MARÍA AUXILIADORA CASTILLO E.
Para los pueblos indígenas y campesinos (originarios, afrodescendientes, entre otros) que abrazan esta filosofía, la noción de propiedad privada individual sobre la tierra no existe. El territorio pertenece a la comunidad, a los antepasados que lo defendieron y a las generaciones futuras que aún no han nacido. El ser humano es solo un custodio temporal. Esta cosmovisión territorial que tiene una carga ancestral significativa -los saberes se han transmitido y resguardado por generaciones-, ha sido comprendida y compartida por la institucionalidad venezolana quien ha creado una Alianza científico-campesina dialogante que está dando resultados en el ámbito de la agricultura y de la alimentación: como lo es, entre otros, el resguardo de las semillas de la papa nativa de nuestros andes venezolanos. El que tenga ojos que vea: para quienes celebran, en su ignorancia o en su maledicencia, que las prácticas socialistas están derrotadas, anoten esta victoria.
El rol central de la mujer en esta cosmovisión
Dado que la tierra es vista como una energía femenina y creadora, la mujer indígena y campesina es considerada en conexión directa con este ciclo vital. Al ser las encargadas tradicionales de la siembra, la recolección de plantas medicinales y la transmisión oral de la historia, las mujeres encarnan la continuidad de la cultura. Conservar una semilla nativa, por ejemplo, no es solo un acto agrícola; es un acto de resistencia cultural y espiritual que asegura que el vínculo sagrado con la Madre Tierra permanezca intacto.
María Cantalicia -junto a su familia y comunidad- es promotora y guardiana de la semilla de la papa, en especial de las Papas negras (oriundas y nativas del páramo), las Cuibas y las Rubas. También se conocen dos papas con nombre propio a raíz de la Alianza Científico-Campesina, Los Yaques (comunidad indígena de los Mucuchíes) y Renacer. Esta noble y trabajadora mujer es protagonista en dos emblemáticas publicaciones: Alianza Científico-campesina y El páramo en el alma. Por otro lado, Cantalicia es fundadora de la Cooperativa Vertientes de Agua Viva, una de sus áreas es la protección de microcuencas de agua y el aprovechamiento sustentable de fuentes naturales de agua para consumo humano.
Desde la tranquila Gavidia, a pocos minutos de Mucuchíes y aproximadamente a 3.246 metros sobre el nivel del mar, María Cantalicia Torres se eleva como mujer campesina que hace frente a la crisis climática originada por la voracidad capitalista mundial.
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María Auxiliadora Castillo Espinoza (Valencia, Carabobo) es docente e investigadora de la Universidad de Carabobo (UC). Exrectora de la Universidad Politécnica Territorial de Valencia. Comunicadora social y productora y conductora del programa radial Verdiras y Mentades (RNV Región Central 90.5 FM).
Magister en Investigación Educativa y estudios de Postgrado en Lingüística; Doctora en Educación por la Universidad de Carabobo, ha llevado a cabo estudios postdoctorales en investigación y Especialización en Gerencia Pública.
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