el planeta arde

El cambio climático no es un castigo divino ni una fatalidad meteorológica frente a la cual todos naveguemos en el mismo barco. Es el resultado predecible y sistemático de un modelo de producción voraz: el capitalismo industrial. Mientras las élites de los países hegemónicos sostienen un discurso de sostenibilidad de fachada, la atmósfera global se calienta a la par que se incinera la vida de millones de personas. La crisis no afecta a todos por igual; tiene código de área, clase social y color de piel.

El detonante de este descalabro reside en el calentamiento sin precedentes de los océanos. Las masas de agua marina, alteradas por décadas de sobreexplotación y emisiones incesantes, generan una evaporación masiva e inusual. Esta sobrecarga de vapor de agua desencadena un caos termodinámico cuando el aire cálido y cargado de humedad procedente de la Amazonía colisiona directamente con las masas de aire frío de la región andina. El resultado son anomalías meteorológicas destructivas en geografías donde la lluvia era una excepción en la época.

Un ejemplo ocurre en Arequipa, Perú, donde en pleno mes de agosto —un periodo históricamente seco e invernal— la población observa atónita el desencadenamiento de precipitaciones anómalas e intensas. Lo que antes era previsibilidad climática se ha transformado en un escenario inestable donde la geografía urbana no está preparada para recibir tempestades fuera de temporada.

 

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Días antes, en las altas cumbres del Himalaya, en Nepal, el derretimiento acelerado de los glaciares y el colapso del permafrost desencadenan avalanchas masivas y un «tsunami de tierra» de barro y rocas que se lleva pueblos enteros; conocidas como riadas -inundación o crecida fuerte por acumulación de agua en poco tiempo.

Esta violencia ambiental se entrelaza con el racismo estructural y los neocolonialismos vigentes. El sistema geopolítico dominante que degrada los territorios del Sur es el mismo que deshumaniza a quienes se ven obligados a migrar. Lo vemos en la brutalidad impuesta contra las personas migrantes en la frontera de Ceuta desde Marruecos, abandonadas a su suerte por un Norte Global que fortifica sus fronteras tras saquear el resto del planeta. Lo vemos también en la desposesión y el genocidio infligido al pueblo palestino en Gaza. La lógica es siempre la misma: la primacía del capital sobre la vida y la consideración de vastos sectores de la humanidad como poblaciones prescindibles.

Frente a esta tragedia, la maquinaria mediática y cultural fabrica sedantes emocionales. Narrativas virales alimentan la ingenuidad y la evasión. Se promueve el pensamiento mágico-religioso o el sentimentalismo hueco para desviar la atención de la responsabilidad política. Esperar que la naturaleza o la buena voluntad individual resuelvan lo que el sistema destruye es una trampa.

El ser humano ha sido lanzado a luchar contra el ser humano para proteger las ganancias de una minoría. Exigir justicia climática implica desmontar el pensamiento mágico, señalar con firmeza al extractivismo hegemónico y entender que la lucha contra el calentamiento global es, indefectiblemente, una lucha contra el capitalismo y la barbarie colonial.

 

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Arenas sonoras | Armando José Sequera

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María Auxiliadora Castillo Espinoza (Valencia, Carabobo) es docente e investigadora de la Universidad de Carabobo (UC). Exrectora de la Universidad Politécnica Territorial de Valencia. Comunicadora social y productora y conductora del programa radial Verdiras y Mentades (RNV Región Central 90.5 FM).

Magister en Investigación Educativa y estudios de Postgrado en Lingüística; Doctora en Educación por la Universidad de Carabobo, ha llevado a cabo estudios postdoctorales en investigación y Especialización en Gerencia Pública.

 

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Ciudad Valencia/RN