CARPENTIER EL VENEZOLANO (2)

El acoso, 1956, Alejo Carpentier.

Esta novela escrita en Caracas [al igual que “El reino de este mundo”, “El Siglo de las Luces” y “Los pasos perdidos”] que se finalizó el 20 de febrero de 1955, se inicia con el extraordinario telón de fondo musical que es la sinfonía Heroica de Beethoven.

Como se sabe, dedicada inicialmente al republicano Napoleón Bonaparte y luego tachada la dedicatoria [al punto de romper la partitura] cuando este chaparro egocéntrico, físico y político se coronó emperador de Europa en 1804.

La trama policial de “El acoso” asume ribetes políticos relativos a la subversión contra el dictador cubano Fulgencio Batista, previa al desembarco del Gramma.

Alejo Carpentier, novelista y musicólogo, compone una épica poco común en la que el personaje protagonista, el acosado para más señas, sufre una incansable persecución, primero del gobierno, luego de los subversivos que se cobrarán su acto cobarde de delación.

Así inicia la novela de Carpentier

Carpentier

El inicio de la noveleta no sólo hace referencia a la Heroica que se pone en escena en un teatro de La Habana, sino que va marcando la cadencia y la melodía a todo lo largo del discurso narrativo.

Destaca de la implacable fuga del revolucionario / traidor, el minimalismo de las locaciones y el paisaje urbano, el entramado trémulo y agobiante, además de la configuración estupenda de atmósferas terroristas, opresivas y claustrofóbicas.

Nuestro protagonista no se les presenta a los lectores como un paladín, sino como un confundido y frágil hombre de acción castigado por el entorno de dictatorial intolerancia y el bullir muy doloroso de sus contradicciones internas existenciales, ideológicas y religiosas.

La novela la releímos recién, acompañados de la tercera de Beethoven.

La musicalidad extraordinaria del relato

El genio del cubano Carpentier estriba precisamente en la musicalidad extraordinaria del relato, fundir el romanticismo brillante y optimista de la Sinfonía con la oscuridad sónica y los silencios [pausas] inquietantes de la historia y el fluir novelístico.

El marco de la represión política y la corrupción del régimen totalitario cubano y, extensivamente, latinoamericano, resulta propicio para denunciar con voz profética la barbarie, las torturas y el maltrato a subversivos y mayorías oprimidas.

Este es un título que se desarrolló en el exilio político, plataforma del habla libertaria enriquecida por los escritores latinoamericanos y caribeños.

Para el año de su publicación, se iba incubando y desarrollando la revigorización de la literatura en el continente con sus García Márquez, Vargas Llosa, Fuentes, Cortázar y, claro está, Rulfo y la autopsia sobrenatural de su revolución zapatista y villista traicionada por una derecha endógena –incluso desde una pretendida izquierda- que se enquistó en este proceso histórico.

Se recrea con morbo e intensidad la problemática para nada simple de la tortura, la resistencia hasta la muerte, o la delación subsecuente de una apocada capacidad de soportar el dolor.

Ello, en lo que toca al acosado, con la tensión que va de la desilusión político- existencial al aterrado retorno desesperado a un dios cristiano y apostólico-romano que al parecer padece de sordera [nada que ver con la militancia militar y religiosa compulsiva de Ignacio de Loyola y las huestes jesuitas].

El discurso del relato se despliega en ráfagas de imágenes e impresiones atinentes a la ensoñación y el delirio del torturado y el perseguido.

 

Unidad funcional de esta entrega novelística

Esta partitura escritural barroca se desenvuelve, no en balde las locaciones reducidas, apretadas y estrechas como el bombeo sanguíneo hipertenso de las sienes, por vía de una imaginería que encandila, un ritmo y una melodía que segregan distorsión de la realidad, y el uso personalizado magistral de la enumeración.

La parrafada capítulo a capítulo sin numerar ni titular, tal como acostumbra Carpentier, es la unidad funcional de esta entrega novelística.

Respiración que se acelera y aminora en la enumeración caótica del entorno, los tropiezos del personaje enseñoreado por el miedo, y el delirio que lo va trizando interiormente.

Esta Épica minimalista y –sobre todo- desmitologizada del perseguido político, desprovista de todo heroísmo romántico, se ve afectada o se complementa en el tratamiento poco convencional de los personajes.

Hay un afán de resaltar no las individualidades sino la ciudadanía sufriente, alienada y anónima.

 

Nadie es mentado con nombres propios

A excepción de Estrella, la puta y maestra sexual, nadie es mentado con nombres propios sino con etiquetas funcionales: la vieja que lo había amparado, el mismo acosado, la modista, la parda, el soldado, el becario, el párroco, el canciller o el alto personaje.

Se nos antoja asimismo que el entramado funde secuencias diversas e incluso disparatadas como el concierto clásico, los cambios de conchas o refugios, la captura, la breve tortura por la delación rápida y detallada, la liberación y una “segunda” persecución como si se tratara de un montaje cinematográfico de autor.

Esto apunta a una nomenclatura cínica que le corta alas hipertrofiadas al romanticismo del paladín, a la empatía confortable inmediata de personajes secundarios y lectores, y en especial a lo políticamente correcto.

La concha o escondite en la casa de vecindad donde le recibe la vieja nodriza, además del insomnio, le acarrea al acosado un hambre atroz que le induce a olvidar los modales del joven pequeño burgués.

Hasta el punto de robarle a su protectora yacente en espera de la muerte, su propia comida a la usanza instintiva y salvaje del gato montés, la mofeta tan del gusto bestiario de Reinaldo Arenas o el rabipelado marsupial:

“Y fue luego la lengua, ansiosa, presurosa, asustada de comer robando, la que limpió el plato, con gruñidos de cerdo, en las honduras de la loza, y saltó pronto al esparto de la silla, para lamer lo derramado” (Carpentier, 1979, p. 67).

Carpentier se emparenta con relatos y obras

El hambre no se supedita tan sólo a la anécdota, sino a la carencia espantosa a la que se somete a la mayoría de los ciudadanos intocables de la plebe, lo cual acarrea al punto la mecha corta o larga de la explosión social.

Si consideramos con atención el siguiente pasaje, Carpentier se emparenta con relatos y obras imprescindibles sobre el Hambre como el del fakir de Kafka [“Un artista del hambre”], el cuadro de los comedores de papa de Van Gogh o los “Macario” de Juan Rulfo y Bruno Traven.

Carpentier

El ejercicio hiperbólico resulta conmovedor, melodramático y no deja con cabeza al academicismo, ni al esteticismo dulzón que empalaga y muy poco dice, mucho menos a la retórica politiquera con pretensiones literarias.

“Entiéndase por comida: la que cruje bajo el diente, sostiene una cuchara hincada en su materia, se escuadra y talla, se masca en firme, con las consistencias y texturas que un hambre creciente, casi intolerable ya, pone en la mente, hecha boca, del hambriento” (Carpentier, 1979, p. 46).

La prosa en clave encriptada no responde a devaneos esteticistas ni egotistas del escritor, sino a la expresión y el reacomodo creativo del arte literario comprometido para sostenerse y abatir, con ingenio y prudencia, el pesado clima totalitario preñado de censura, represión y muerte.

Los llamados inútiles a Dios sin importar la violencia ni el ruido de los aldabonazos, así como también el arrepentimiento artificial enclavado en el miedo, no conducen a ninguna parte donde se garantice la remisión del accionar homicida y terrorista.

“Y, de peldaño en peldaño, arrastrado por manos cada vez más activas, fue pasando a la burocracia del horror” (p. 125).

 

BIBLIOGRAFÍA

Carpentier, Alejo (1979). El acoso. Barcelona, España: Bruguera.

 

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José Carlos De Nóbrega / Ciudad VLC

 

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