EL SECRETO DE LA LUNA
A la luna, le encantaba contemplarse en los pocitos que dejaba la lluvia en el patio.
Cada noche, con mucha coquetería, bajaba un poquito, solo un poquitico para verse en el agua clara. Se acomodaba sus cabellos de luz, se retocaba el brillo de las mejillas para lucir sonrosada y parpadeaba despacito, mostrando el largo de sus pestañas y después se quedaba horas suspirando frente a su espejo de agua.
Mientras la brisa nocturna soplaba suave, las flores del jardín cerraban sus pétalos para dormir y la noche paseaba lenta envuelta en el aroma húmedo de la tierra, la luna seguía allí, posando para las estrellas y mirándose en los pocitos del patio.
Pero una noche del mes de mayo, sucedió algo increíble, cuando la luna salió en el cielo, no apareció plateada… ¡Apareció azul!
El caso fue tan extraño, que hasta el gato Celedonio que estaba en el techo para maullarle, como era su costumbre, sorprendido se frotaba los ojos con las patas. No podía creer lo que estaba viendo.
– ¡Caramba! -maulló Celedonio – ¡La luna se ha comido un color azul!
Al escuchar esto, un grillo que estaba muy cerca, cantando entre la hierba, detuvo su canto a mitad de una nota. Miró hacia el cielo con los ojos muy abiertos y dijo:
– ¡No, Celedonio! La luna no se comió un color azul. La luna se ha comido un hada, porque solo las hadas son azules y al tragarla, se convirtió en una de ellas.
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El gato Celedonio algo dudoso, soltó un maullido suave, volvió a mirar hacia arriba y dijo:
– ¿Un hada? ¡Por favor amigo Grillo! Las hadas no se dejan comer tan fácil. Lo que pasa es que la luna es tan coqueta, que seguro se puso un maquillaje nuevo para sorprendernos a todos.
La lechuza Roberta, se acomodó sus anteojos de montura verde y desde el copito de la mata de mango, dijo con su voz sabia:
-Ni colores azules, ni hadas, ni maquillajes. Lo que pasa es que la luna sintió un aire helado en la estratósfera y se puso un abrigo tejido con hilos de mar.
Mientras los animales discutían en el patio, solo Sergio, un pequeño niño de nueve años, que los miraba desde la ventana de su cuarto, conocía la verdadera razón del color azul de la luna.
Lo que pasó fue, que la tarde anterior, cuando Sergio regresaba de la escuela, se había encontrado un pedacito de cielo que se había caído quedando oculto entre las matas del jardín, era un trozo suave de color azul celeste que el viento había desprendido.
Entonces, con mucho cuidado, para que el cielo no se deshilachara, el niño subió a lo más alto de la mata de mango, estiró los brazos y pegó el pedazo de cielo en su sitio, usando un poco de pega escolar y tarareó suavecito una canción de cuna, para que el cielo no sé asustara.
La luna, que lo había visto todo escondida detrás de una nube, quedó tan conmovida por la amabilidad de Sergio, que decidió vestirse de azul toda esa noche, regalándole al niño y al patio el espectáculo más hermoso de la primavera.
Desde entonces, cada vez que un niño cuida una flor, tararea una canción para el cielo, o protege a un pequeño habitante del jardín, la luna baja hasta los pocitos del patio, vestida de color azul.
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