Hace dos semanas, la revista Science publicó un trabajo de investigadores de la Universidad de Stanford (Samuel H. King et al.) que utilizaron dos modelos de IA de lenguaje genómico, Evo 1 y Evo 2, para crear los genomas completos de 16 nuevos virus capaces de atacar con éxito a la bacteria Escherichia coli C.
Más allá de lo que supone este logro científico, el hecho de que una inteligencia artificial sea capaz de originar virus que no existen en la naturaleza dispara nuevas alertas. Los autores crearon virus bacteriófagos –que no atacan células animales– y aplicaron estrictas medidas de seguridad, asegurándose de que su creación no salía del laboratorio.
Pero la inevitabilidad de la ley de Murphy señala que si algo puede pasar, acabará pasando. La bioseguridad necesita prepararse para esta nueva capacidad tecnocientífica.
En un texto complementario, los investigadores aseguraron que si su método se aplicara para diseñar virus capaces de infectar células en lugar de bacterias, los nuevos patógenos “podrían ser viables a una escala similar”.
Por ese riesgo, advirtieron que un trabajo de esa naturaleza “solo debería llevarse a cabo tras una revisión minuciosa y deliberaciones con otros investigadores y expertos en bioseguridad, biocontención y bioprotección, así como respetando todas las estructuras de gobernanza y mejores prácticas actuales y futuras”.
Aunque las variantes del virus X174, muy conocido en la comunidad científica para estudio en laboratorio, presentaban un riesgo mínimo de alteración ecológica significativa, los investigadores hicieron todo el trabajo “dentro de una cabina de bioseguridad con EPI –protección– adecuado y equipo específico, que se esterilizaba periódicamente con etanol al 70%, lejía al 10% y tratamiento con rayos UV –ultravioleta–”. Además, eliminaron todos los residuos como “biopeligrosos”.
Conscientes de que debían minimizar los riesgos, los autores del trabajo hicieron consultas a expertos en bioseguridad. Tenían claro que si hubieran trabajado con virus capaces de contagiar a animales, deberían haber aplicado “una revisión de bioseguridad y protocolos de biocontención mucho más estrictos que los descritos en este estudio”.
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Además, poner en marcha una investigación de ese tipo habría requerido de cumplimiento de normativa gubernamental de Estados Unidos mucho más rigurosa.
La preocupación por lo que puede significar la creación de un virus mediante IA les llevó a aplicar una precaución adicional: excluyeron deliberadamente de los datos de entrenamiento de los modelos todos los virus susceptibles de atacar células, “incluidos los patógenos para el ser humano”.
Creciente acceso a recursos multiplica usos malintencionados
Acceder a los datos y los recursos computacionales para hacerlo no es sencillo, pero los propios autores admiten que “la creciente accesibilidad a dicha infraestructura hace que los casos de uso malintencionado sean cada vez más posibles”.
Víctor de Lorenzo, profesor de investigación del CSIC en el Centro Nacional de Biotecnología, valoró para Science Media Center que si se extendiera esta estrategia al diseño de virus que ataquen células, “surgirían oportunidades como el diseño de virus oncolíticos –contra células cancerosas– altamente específicos”, pero alertó de “escenarios preocupantes, como la creación de virus con afinidad selectiva por determinados tipos celulares, tejidos o incluso grupos de población”.
Un vacío en la ley de IA de la Unión Europea
La enorme lista de usos limitados, regulados o prohibidos de la ley de IA de la Unión Europea no incluye el uso de la inteligencia artificial para el diseño de virus a la carta, que pueden tener una aplicación terapéutica –como la creación de patógenos que ataquen solamente a las células cancerosas–, pero también presenta riesgos por su posible utilización como arma biológica.
En cualquier caso, el redactado puede ser flexible para la interpretación. Por ejemplo, el artículo 58, que regula los ensayos con IA en espacios aislados. Cuando las autoridades de un país consideren si autorizan un ensayo, deben acordar “las salvaguardias adecuadas con los participantes, con vistas a proteger los derechos fundamentales, la salud y la seguridad”.
Jordi García-Ojalvo, catedrático de Biología de Sistemas en la Universitat Pompeu Fabra, opina que el sistema es todavía ineficiente, ya que obtuvieron solo 16 virus entre 300 genomas, y que “el peligro aquí es menor que en los grandes modelos de lenguaje de IA tradicionales, pues los genomas diseñados se han de testear en el laboratorio uno a uno”.
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Junto con los artículos sobre la investigación, Science publicó un tercero de Thomas V. Inglesby y Moritz S. Hanke que observan que “la capacidad de componer genomas virales utilizando IA generativa ya existe; sin embargo, aún no existe la gobernanza necesaria para gestionarla de forma segura”.
Esto ocurre porque, aunque existen regulaciones sobre bioseguridad, “la genómica generativa rompe esta lógica porque las alteraciones genéticas que crea son impredecibles”. “Se trata –reflexionan– de si la sociedad puede establecer un sistema de supervisión que permita que se aprovechen sus beneficios, al tiempo que se evita que provoque daños graves”.
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Fuente: La Vanguardia
Ciudad Valencia/JB/RN
Foto: RRSS












