El Ballet

La tarde pesa en el centro de Valencia, con esa luz amarilla que se va pegando a los muros agrietados del Teatro Municipal de Valencia. Afuera, el ruido de las camionetas, el grito del vendedor de mangos, el asfalto de la calle Colombia que respira el calor inclemente de las tres de la tarde. Adentro, en los salones de la Escuela de Yaril Carmona, el silencio huele a madera vieja, a polvo suspendido en los haces de luz, a resina y a sudor limpio. He venido a mirar los cuerpos. No como quien busca un espectáculo para pasar el rato, sino como quien busca entender de qué está hecha verdaderamente la levedad. Las muchachas de Yaril se amarran las zapatillas en las esquinas del salón. La tela rosada, frágil en apariencia, esconde lo que la madera del piso sabe de sobra: el dolor del hueso, la uña rota, el hematoma oculto, la carne que se obliga todos los días a dejar de ser tierra para intentar ser aire.

El pie se dobla no hay plumas hay un crujido sordo que nadie escucha.

La muchacha respira el aire caliente se empina toca a Dios con la punta rota.

Abajo la calle arde.

Pensamos en el ballet y la mente, casi por instinto, dibuja cisnes, tules y una gracia antigua que parece no pertenecer a esta ciudad nuestra, de fábricas, humo y sol duro. Pero el ballet es, antes que cualquier otra cosa, un trabajo de obreros. La historia nos dice que no nació en la calle, sino en los pasillos fríos de los palacios. Fue en Italia donde se ensayaron los primeros pasos de etiqueta, pero fue en Francia donde la danza se hizo academia, geometría y rigor. Luis XIV, el Rey Sol, fundó la primera academia, la Académie Royale de Danse. Era entonces un baile de reyes, de aristócratas con zapatos de tacón y ropajes pesados, que buscaban en el movimiento una extensión de su poder terrenal. Sin embargo, con el paso lento de los siglos, el ballet dejó de ser de los reyes y pasó a ser del cuerpo. En el romanticismo aparecieron las zapatillas de punta con Marie Taglioni, se acortó el tutú, y el arte aristocrático se transformó en un oficio de albañiles de la carne. El bailarín de hoy es un trabajador que amasa su propio dolor.

Somos pesados hechos de barro y agua.

Pero ella salta y por un segundo la luz se detiene entre sus manos.

Yo miro desde mi silla mi propio peso mi propia sombra.

A lo largo de los siglos, el ballet ha contado las historias que las palabras, en su limitación, no alcanzan a pronunciar. Hay obras que se han quedado adheridas a la memoria colectiva del mundo, fantasmas hermosos que se resisten a abandonar los escenarios. El lago de los cisnes, con esa partitura de Piotr Ilich Tchaikovski que parece llorar en cada compás, nos habla de la dualidad humana, del blanco y el negro, de la pureza y la trampa del deseo. Cuando vemos a la bailarina desdoblarse en Odette y Odile, no vemos a una mujer fingiendo ser ave; vemos la fragilidad de nuestra propia existencia temblando sobre la madera. Está Giselle, la campesina que muere de un corazón roto y se convierte en espíritu (una willi), obligada a bailar hasta la muerte en los bosques nocturnos. Está El cascanueces, que nos devuelve la inocencia perdida cada diciembre. Y cómo olvidar La consagración de la primavera, aquella locura que Vaslav Nijinsky coreografió y que Ígor Stravinski musicalizó, donde el ballet dejó de ser un cuento de hadas para convertirse en un rito salvaje, pagano, terriblemente humano.

La música no salva, es el músculo, es la sangre debajo de la malla blanca.

Caer, volver a caer hasta que el aire nos sostenga, hasta que el cuerpo se olvide de que va a morir.

Existen templos en el mundo donde este rito se oficia con una devoción antigua, casi religiosa. Las mejores compañías de ballet son como catedrales del movimiento, custodios de un lenguaje que no admite la mediocridad. Pensemos en el Bolshói de Moscú y el Mariinski de San Petersburgo, donde la técnica rusa, forjada a base de saltos inmensos y espaldas que se doblan como juncos al viento, se ha perfeccionado hasta la extenuación. En París, el Ballet de la Ópera guarda celosamente el secreto de la pureza, el refinamiento francés, donde cada pie que se asienta en el piso parece pedir disculpas al silencio. En Londres, el Royal Ballet nos ha enseñado la teatralidad magistral, la emoción contenida que de pronto estalla; y en América, el American Ballet Theatre o el New York City Ballet nos mostraron, bajo la herencia ineludible de George Balanchine, la rapidez asombrosa, la geometría pura y neoclásica.

Catedrales de frío luces inmensas.

Allá lejos los cuerpos giran.

Pero el sudor, el sudor es el mismo.

Sal y agua cayendo en Moscú cayendo en Carabobo sobre la misma tierra.

La historia del ballet está escrita con la sangre y los tendones de aquellos que lograron engañar a nuestros ojos mortales. Hombres y mujeres que no parecían estar hechos de los mismos materiales que nosotros. Vaslav Nijinsky, con sus saltos imposibles que se detenían en el aire, como si por un segundo Dios lo sostuviera de la cintura. Rudolf Nureyev, con su furia animal, su carisma desbordante y su rebeldía que sacudió los cimientos del ballet clásico. Y Mijaíl Baryshnikov, la perfección técnica absoluta, la melancolía rusa hecha un movimiento que cortaba el aliento. Y junto a ellos, las mujeres que convirtieron la punta del pie en un pedestal sagrado. Anna Pávlova y su cisne moribundo que hizo llorar a la humanidad. Margot Fonteyn, la elegancia inglesa; la inmensa Alicia Alonso, nuestra vecina caribeña que bailó casi ciega, guiándose por las luces del escenario; y en nuestros días, la fiereza de Natalia Osipova o la luminosidad inagotable de la argentina Marianela Núñez. Verlos es comprender que el ser humano fue hecho para algo más que caminar hacia la tumba.

El hombre salta.

La gravedad  se equivoca por un segundo. No hay caída, no hay peso, solo una línea trazada en el vacío.

Después el suelo cobra siempre su deuda.

Pero no hay que cruzar el océano ni buscar en las nieves ajenas para encontrar la grandeza. Aquí, en Venezuela, bajo este sol que agrieta las aceras, también hemos parido aves y dioses del movimiento. Hacer ballet en el trópico es un acto de resistencia poética. Zhandra Rodríguez, nuestra eterna primera bailarina, llevó el nombre del país a las cimas del mundo, fundando más tarde el Ballet Nuevo Mundo de Caracas. Con su fuerza, su carisma indomable y su técnica impecable, demostró que en el Caribe también se entienden las líneas clásicas. Tenemos la herencia del maestro Vicente Nebrada, coreógrafo de luz y sombra, que le dio una identidad profunda al Ballet Nacional de Caracas en el Teresa Carreño, creando un repertorio donde el rigor clásico se mezclaba con la cadencia de nuestra sangre. Y no podemos obviar a Nina Novak, que trajo de Europa las cenizas de la guerra y sembró la disciplina en Caracas, a Keyla Ermecheo, e incluso a Yolanda Moreno, que, aunque reina de la danza nacionalista, construyó su imperio sobre el respeto a la técnica y al cuerpo.

 

DEL MISMO AUTOR: MARÍA LIONZA O LA RESPIRACIÓN SECRETA DE LA MONTAÑA

 

Y aquí mismo, en Valencia, observo el esfuerzo silente. Las niñas que salen de San Blas, de La Isabelica, del Trigal o Naguanagua, cruzando la ciudad en autobús con el moño apretado, con las medias rosadas y los zapatos gastados por la fricción. Somos un país golpeado, una ciudad ruidosa, pesada, hecha de hierro y asfalto hirviente. Pero cuando la música suena, cuando un piano desafinado toca las primeras notas, nuestras muchachas se levantan sobre sus puntas. El ballet no permite la mentira. Todo es verdad: el temblor de la pantorrilla, la respiración entrecortada, la gota de sudor que mancha el piso de linóleo. En ese instante, no hay dolor, no hay crisis, no hay peso terrenal. Solo hay cuerpos dictando su propia, dolorosa y efímera libertad.

Aquí donde el sol duele y la calle grita.

Aquí también nacen alas.

La muchacha de Valencia se amarra la cinta, respira el polvo de esta ciudad nuestra y de pronto sin pedir permiso vuela.

 

Poesía

Danza

La muchacha no tiene alas

tiene huesos y un trozo de madera

donde apoyar la vida

salta y el aire

se detiene para mirarla

no es magia es la sangre

que se niega a tocar el suelo

apenas un giro

Un roce de la punta y el mundo pesa menos.

 

Cuento

Nikanorova

El calor en Valencia era tan denso en aquel octubre que los pájaros preferían caminar por las aceras de San Blas para no ahogarse en el aire espeso. Fue precisamente en uno de esos martes de asfixia cuando el ballet llegó a la ciudad, empaquetado en pesados baúles que olían a abedul, a invierno y a resina. Con los baúles llegó Nina Nikanorova.

Nadie la vio pisar el andén en la estación, porque Nina no tocaba el suelo como el resto de los mortales. Los vendedores de conservas y las señoras que iban a misa juraban que la forastera cruzó la ciudad flotando a dos centímetros del asfalto, sostenida por una brisa invisible que solo ella sabía convocar. Traía el cabello recogido tan tirante que le estiraba los pensamientos hacia el cielo, y una postura tan perfecta que obligaba a los apamates y a las palmeras a enderezarse a su paso.

Se instaló en una casona cerca del Teatro Municipal. En menos de una semana, el ruido de los motores y los gritos de los pregoneros de la calle Colombia fueron desplazados por las notas de un piano melancólico que comenzó a alterar las leyes de la física en todo el barrio. Cuando la música de aquella casa sonaba, los mangos maduros que se desprendían de las ramas se quedaban suspendidos en el aire por varios segundos, indecisos, antes de atreverse a tocar la tierra.

Nina Nikanorova mandó a llamar a las niñas de la ciudad. Las madres las llevaron con faldas almidonadas y zapatos de suela ruidosa, convencidas de que aquella mujer de ojos transparentes les enseñaría buenas maneras. Pero Nina les quitó los zapatos, les vendó los dedos de los pies con retazos de algodón y les ordenó que desafiaran a la tierra.

—El peso es una mentira — Les decía, en un español atravesado por el frío de estepas lejanas, mientras golpeaba el suelo con un bastón de madera.

Y las niñas valencianas, hijas de comerciantes y obreros, acostumbradas a la pesadez del barro y al sol inclemente del río Cabriales, empezaron a levitar. Al principio, las tablas del salón se quejaban bajo el esfuerzo y de las puntas de los pies de las muchachas brotaban gotas de sangre que, al tocar el linóleo, florecían instantáneamente convirtiéndose en cayenas diminutas. Pero con el paso de los meses, las alumnas aprendieron a ignorar la ley de la caída. Caminaban por los pasillos de sus casas sin hacer ruido, y a veces, cuando se quedaban dormidas, sus padres tenían que atarlas a los postes de las camas con cintas de seda para evitar que amanecieran flotando pegadas al techo.

El día de la primera presentación, el clima del trópico enloqueció. Mientras las alumnas de Nina Nikanorova giraban en el escenario del Teatro Municipal, envueltas en tules blancos que parecían nubes secuestradas de la madrugada, una escarcha finísima comenzó a cubrir las butacas de terciopelo. Las costureras de La Candelaria y los boticarios del centro que asistieron al evento sintieron de pronto que perdían peso; algunos tuvieron que aferrarse con fuerza a los apoyabrazos de sus asientos para no salir flotando hacia la inmensa lámpara de cristal del techo.

Cuando el telón cayó y las muchachas hicieron la reverencia final, la ciudad entera soltó la respiración que no sabía que estaba conteniendo. Nina Nikanorova sonrió desde una esquina del escenario, apenas un relámpago en el rostro, sabiendo que ya no habría marcha atrás. Afuera, sobre la plaza, el calor pesado había desaparecido para siempre, reemplazado por la certeza absoluta de que, si uno se empina lo suficiente sobre sus propios dolores, es posible caminar sobre el aire.

 

José Luis Troconis Barazarte

 

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José Luis Troconis Barazarte: El sembrador de lenguajes

Artista, ceramista, narrador y docente, José Luis Troconis Barazarte ha hecho de la interdisciplina su firma. Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca y la Bircham International University, con maestría en Artes Visuales y Escénicas (Strayer College, D.C.), su rigor académico se funde con la pasión de quien vive el arte como destino.

Su huella institucional destaca como exdirector de Cultura de la Universidad Arturo Michelena y coordinador en la Alianza Francesa de Valencia. Al frente de CEINFOLEIM, convierte la enseñanza de siete idiomas, la música y la literatura en un rito de creación permanente, impulsando movimientos de vanguardia como Cacao Tekisuto y Talicre. En este diario, Ciudad Valencia, da vida semanalmente a su columna «Ciudad en Verso y Prosa«, un espacio que define su presente creativo.

Reconocido con la Bienal Internacional Vicente Gerbasi (2017) y distinguido en Atenas como Mejor Escritor del Año 2024-2025 por el Ministerio de Cultura de Grecia, su obra honra una herencia mediterránea que trasciende fronteras. Autor de títulos como Empáticos, Cartas a la Soledad y El Evangelio de Caperucita, prepara para este 2026 una ambiciosa serie editorial que incluye Yo sí creo en Dios, Om Seti y Lilith.

Médico internista, intérprete de lengua de señas, pianista y director coral, Troconis entiende la sanación y el arte como un mismo gesto de revelación.

“Escribe como quien borda: con barro en los pies, cielo en la lengua y fuego en la voz. Es el poeta que escucha lo que otros callan y traduce el silencio en tinta viva.”

 

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Ciudad Valencia / RM