María Lionza

La montaña que despierta en octubre

El monte sube solo y no necesita del ojo humano que lo mira desde la carretera. Arriba el aire pesa mucho menos y las hojas anchas guardan una humedad antigua que existía mucho antes de que alguien inventara el primer nombre para las cosas. Cuando uno se adentra por los caminos de Sorte o de Quibayo siente que alguien camina entre las raíces húmedas sin quebrar siquiera una rama seca. No hay ninguna prisa en la piedra porque todo lo que cae vuelve mansamente a ser tierra y la tierra siempre calla.

Cada doce de octubre esa quietud habitual del bosque se transforma en una romería silenciosa que sube desde todos los rincones del país. No es una casualidad del calendario que el día consagrado a celebrar a María Lionza coincida exactamente con la conmemoración de la resistencia indígena. Mientras en las plazas públicas se recuerdan los antiguos combates contra el invasor de ultramar, aquí en las faldas del cerro la resistencia ocurre de otra manera mucho más honda, a través de la memoria viva que se negó a desaparecer. Hablar de esta montaña sagrada del estado Yaracuy exige despojarse primero de todo el ruido metálico que traemos adherido a los zapatos desde las ciudades bajas. Uno llega casi siempre buscando una explicación racional o una crónica lineal y de pronto se topa de frente con una espesura verde que rechaza cualquier discurso aprendido. El paisaje venezolano nunca es un simple telón de fondo sino una presencia viva y muda que nos observa desde su propia eternidad. En los alrededores de Chivacoa el color verde posee en este mes de octubre una densidad distinta, casi mineral, que obliga a bajar la voz. Quien entra allí buscando únicamente el asombro superficial del folclor se pierde de inmediato en la espuma de las apariencias. Lo verdaderamente sagrado ocurre cuando el oído urbano se acostumbra por fin al sonido constante del río golpeando los cantos rodados, un murmullo perpetuo que lava las palabras humanas hasta dejarlas completamente limpias de adjetivos innecesarios. La mujer mítica que habita este cerro no pertenece a los manuales de historia oficial. Ella es la condensación espiritual de una dignidad originaria que sobrevivió al peso de las nuevas lenguas conquistadoras. El campesino silencioso que hoy doce de octubre enciende una vela blanca dentro de una gruta de raíces no está haciendo teatro para nadie, está conversando con la tierra profunda en el único idioma que el monte comprende, ese lenguaje hecho de silencio compartido, de resistencia antigua y de humo lento.

El pozo quieto detiene por un instante el paso de la nube blanca allá en lo alto del cielo. Una muchacha indígena se asoma al fondo transparente de la laguna y al inclinarse no logra ver el reflejo de su propio rostro. En lugar de su piel, ella ve la escama brillante y el ojo frío del agua profunda que la llama dulcemente desde adentro. Después de ese encuentro ya no regresa jamás a la choza de sus padres porque su cuerpo entero se ha vuelto la orilla misma donde baja a beber el venado sin miedo.

La tradición oral cuenta que todo este misterio comenzó precisamente con una mirada detenida en el agua mucho antes de que llegaran las carabelas. Una doncella hermosa, hija de un antiguo cacique de la nación caquetía o jirajara, había nacido con los ojos extrañamente claros, un signo luminoso que las viejas tribus leían con una mezcla de temor sagrado y reverencia. Su destino estaba escrito desde la cuna en esa transparencia inusual. Al mirarse un día en el espejo quieto de la laguna, la gran anaconda dueña de las aguas profundas la tomó para sí en un abrazo de espuma, pero en lugar de destruirla para siempre la transformó en la deidad protectora de toda la floresta y de cada criatura silvestre. Lo que más conmueve de esta memoria ancestral no es la fábula deslumbrante del prodigio sino la inmensa quietud que rodea al acto mismo de contemplar. Mirarse en el agua limpia es el primer gesto íntimo de quien busca reconocerse dentro del vasto universo. En el territorio de la sensibilidad poética, el espejo líquido nunca nos devuelve la misma imagen cotidiana, pues siempre nos entrega otra cosa, una sombra reveladora o el aviso de otro mundo posible. Cuando aquella muchacha llamada Yara desaparece en el fondo silencioso del pozo, deja de ser un individuo aislado para convertirse definitivamente en paisaje vivo. A partir de ese instante fundacional, la corriente del río, el cuerpo de la serpiente y el espíritu de la mujer pasan a ser una sola respiración indivisible. Nuestros pueblos originarios entendían con claridad meridiana que el ser humano no está situado por encima de la piedra ni de la corteza del árbol. Aquella metamorfosis en el agua sigue siendo hoy el recordatorio vivo de una humildad perdida por el hombre moderno, la certeza absoluta de que al final del camino todos somos absorbidos amorosamente por la gran madre verde que nos sostiene y nos defiende del olvido.

En la penumbra del bosque pasa la danta pesada de sombra y de siglos. Sobre su lomo firme viaja una mujer completamente desnuda que sostiene en lo alto el hueso sagrado de la vida y de la fertilidad. Ella no necesita llevar riendas de cuero ni frenos de hierro, pues su mano abierta apenas toca la piel áspera y oscura de la bestia mansa. A su llegada el monte cerrado abre paso en silencio y luego vuelve a cerrarse detrás de su huella como si nadie hubiera cruzado jamás por la vereda.

La imagen visual que casi todos los venezolanos guardan en la memoria es aquella escultura monumental que talló con fuerza el artista Alejandro Colina, esa figura poderosa y telúrica que cabalga sobre una danta salvaje mientras levanta hacia el firmamento una pelvis femenina con ambas manos. Sin embargo, cuando uno logra cerrar los ojos en medio de esta noche de octubre en Yaracuy, la estatua de cemento armado desaparece del pensamiento y queda únicamente la sensación pura y tibia del animal respirando en el monte. La danta es una bestia arcaica, sobreviviente de edades remotas, silenciosa a pesar de su enorme peso corporal y capaz de abrir senderos limpios allí donde la maleza parece impenetrable para el hombre. El hecho de que la reina de la montaña cabalgue precisamente sobre ella dice muchísimo acerca de nuestra relación secreta con el tiempo americano y con el sentido mismo de esta fecha. No se trata de un caballo de guerra traído en barcos desde Europa para someter pueblos a sangre y fuego, sino de un animal nacido de la sombra húmeda del trópico, lento, pacífico y sumamente firme en su pisada milenaria. Los animales del bosque suelen ser mensajeros callados de una sabiduría instintiva que la razón ilustrada prefiere ignorar. La mujer desnuda del mito no domina a la bestia mediante el castigo ni las espuelas de acero, simplemente avanza con ella en un equilibrio natural que no conoce la violencia de la conquista. Alzar el hueso de la cadera hacia las estrellas es una forma limpia de ofrendar el origen mismo del nacimiento humano sin rastro de pudor fingido y sin artificio alguno. Mientras en las calles ruidosas de Valencia o de Caracas la gente corre desesperada detrás de fantasmas metálicos y promesas vacías, allá arriba en el cerro permanece intacta esa lección de desnudez elemental, recordándonos que la verdadera fuerza del espíritu nunca hace ruido cuando pisa la hojarasca.

En el rincón oscuro la ceniza cae muy lenta sobre el suelo humilde de tierra pisada. Un hombre anciano de rostro surcado sopla con cuidado el fuego pequeño de la brasa y lee en el color gris todo lo que viene caminando desde muy lejos. Un nombre antiguo baja entonces por la espiral del humo blanco y se sienta en silencio sobre el banco de madera pobre. En ese cuarto nadie pregunta absolutamente nada porque basta con estar juntos y en paz bajo el mismo techo de palma seca.

Tanto en las faldas de la montaña como en los innumerables altares domésticos que se iluminan este doce de octubre dentro de los barrios populares y los pueblos de nuestra geografía, la memoria indígena se hace presente a través de pequeños objetos elementales. Basta un vaso de cristal con agua limpia, una flor roja recién cortada del patio casero y el humo espeso de un tabaco que se va consumiendo despacio entre los dedos. Muchas veces he visto a hombres y mujeres de manos callosas quedarse completamente en silencio frente a una vela encendida al caer la tarde, buscando un poco de consuelo verdadero para algún dolor profundo que las instituciones oficiales nunca saben cómo curar. Existe una poesía honda y conmovedora en esa fe descalza que no pide permiso a las academias. No me refiero en absoluto al espectáculo ruidoso y desvirtuado que en ocasiones buscan los ojos curiosos de afuera cuando se habla de las brasas, sino a la intimidad sagrada del rito cotidiano que ocurre en la quietud del alma. El tabaco, planta sagrada de nuestros antiguos chamanes precolombinos, sirve todavía hoy como un puente levadizo tendido entre el aliento cálido del ser humano y el aire invisible donde habitan las sombras de los antepasados que defendieron esta tierra. Detenerse a leer la forma en que cae o se abre la ceniza es una manera de lectura tan antigua como el mundo mismo, muy parecida en el fondo al oficio solitario de quien intenta descifrar el sentido oculto de una palabra sobre la página en blanco. En la penumbra de esos altares humildes, María Lionza deja de ser una leyenda lejana para volverse una madre cercana que escucha el llanto del hijo sin juzgar sus caídas, acompañada siempre por la bravura intacta del cacique Guaicaipuro y la nobleza sufriente del Negro Felipe, formando así una trinidad mestiza nacida del dolor histórico de la colonia y de la resistencia silenciosa de los más sencillos.

El agua fría corre sin descanso entre las grandes lajas blancas de sol y de espuma. Los cuerpos cansados de los peregrinos entran despacio al pozo buscando limpiar toda la sombra acumulada durante el largo año. Muy cerca de la corriente una vela pequeña arde pegada sobre la roca húmeda, la brisa fresca de la sierra la inclina hacia un lado pero no consigue apagarla. El río generoso se lleva corriente abajo el cansancio viejo de los huesos y deja sobre la piel desnuda un frío limpio de altura.

 

DEL MISMO AUTOR: LA BOLA NEGRA

 

El momento del bautizo o del despojo en las aguas del río Yaracuy es quizás el instante de mayor verdad desnuda para los miles de devotos que suben cada doce de octubre hasta los recodos de Quibayo o de Sorte. El agua cristalina que baja directamente desde las cumbres nubladas es sumamente helada, corta la respiración en el primer contacto con el pecho y obliga al cuerpo adormecido a despertar de golpe a la realidad viva de la naturaleza. Los visitantes entran descalzos caminando con sumo cuidado sobre las piedras resbaladizas del cauce, dándose la mano y ayudándose unos a otros como hermanos para no caer vencidos por la fuerza de la corriente. Allí adentro, con el agua hasta la cintura, se borran de inmediato todas las falsas jerarquías aprendidas en la ciudad moderna. El profesional universitario y el obrero del campo tiemblan exactamente igual bajo el chorro blanco que cae desde la pequeña cascada de piedra. Buena parte de nuestra sensibilidad colectiva ha girado siempre en torno a esa necesidad humana de purificación, ese deseo ancestral de lavar la culpa, el miedo o el infortunio sumergiéndose de lleno en las aguas primordiales del origen. El río de la montaña no le promete a nadie riquezas materiales ni victorias fáciles para el día siguiente, tan solo ofrece la limpieza elemental y gratuita del instante vivido con humildad. Afuera en la orilla pedregosa, miles de cabos de vela encendidos en esta noche de octubre se derriten lentamente sobre las lajas calientes, formando gruesas costras de cera de todos los colores imaginables que vistas desde lejos parecen líquenes extraños adheridos a la roca. Esa llama pequeña y frágil que resiste toda la madrugada el viento húmedo de la serranía viene a ser la imagen más exacta de nuestra propia resistencia cultural, un fuego siempre a punto de extinguirse por culpa de las grandes tormentas de la historia, pero infinitamente terco en su empeño amoroso de seguir alumbrando la piedra fría.

Cae por fin la tarde morada sobre el lomo del cerro azul y todos los pájaros del bosque callan al mismo tiempo. En el aire quieto queda flotando solamente el olor profundo a monte quemado por la cera y a flor silvestre de montaña que abre sus pétalos de noche. Allá adentro la reina antigua duerme tranquila bajo la raíz del árbol gigante y su sueño profundo sostiene sin esfuerzo todo el peso del valle. Nosotros pasamos por el sendero como pasa una brisa breve de otoño, mientras ella permanece quieta e igual a la tierra eterna.

Al final de todo el viaje, cuando pasa la algarabía del doce de octubre y uno regresa en silencio a la rutina de la ciudad y cierra por dentro la puerta de su casa, queda impregnado en la tela de la ropa un olor persistente a humo de leña verde, a esencia de flores dulces y a tierra mojada. Ese aroma montaraz tarda varios días en irse del todo, como si la montaña de Yaracuy quisiera recordarnos por medio del olfato que nuestro paso diario por el asfalto caliente es apenas un accidente transitorio frente a los siglos de la naturaleza. María Lionza representa el rostro eternamente femenino de una geografía espiritual que jamás pudo ser conquistada ni domesticada por completo. Muchos estudiosos han intentado explicarla durante décadas desde los cubículos de la sociología o de la antropología académica, llenando páginas enteras con términos complejos que casi nunca alcanzan a tocar el centro vivo del misterio. La mirada poética, en cambio, sabe perfectamente que los grandes misterios del alma humana no están hechos para ser resueltos como problemas matemáticos, sino simplemente para ser acompañados con respeto y silencio. A lo largo de mis años dedicados a escuchar con atención el habla cotidiana de la gente sencilla y de caminar sin prisa por los pueblos de adentro, he terminado por aprender que la verdadera resistencia de un país se sostiene sobre la fuerza espiritual de sus mitos mucho más que sobre la letra muerta de sus documentos oficiales. Mientras exista en esta tierra alguien capaz de mirar hacia un cerro nublado cada doce de octubre y sentir en el pecho que allí arriba habita una presencia sagrada que cuida del agua, del indio y del árbol, nuestra raíz seguirá intacta. La noche termina de caer sobre los techos de Valencia, el silencio amigo ocupa los rincones del patio casero y allá lejos, en la espesura invisible de Sorte, el agua limpia sigue corriendo sobre la piedra antigua sin necesitar para nada de nuestras pobres palabras.

 

Poesía

En el agua quieta

la danta bebe sombra

una mujer de hojas

respira bajo la piedra

arde la vela sola

y el monte entero

nos mira en silencio.

 

Cuento

El día en que el río Yaracuy entró al estudio

La primera señal de que la montaña venía hacia mí no fue el trueno seco que partió el cielo sin nubes a las cuatro de la tarde, sino el musgo luminoso que empezó a crecer entre las teclas del piano. Era el doce de octubre más caluroso del que se tuviera memoria en Naguanagua, un viernes en que hasta las iguanas de los techos habían renunciado al sol para buscar el fresco de los aleros, cuando sentí un olor espeso a tierra recién llovida, a tabaco de hoja y a flores de campana que se coló por debajo de la puerta principal, ignorando por completo las leyes de la geografía.

Yo intentaba terminar el último párrafo de mi columna semanal, peleando con una frase rebelde que se negaba a sonar limpia, pero el teclado se me puso resbaladizo de rocío. Al levantar la vista hacia el patio, vi que las baldosas de cerámica habían desaparecido bajo una alfombra de helechos prehistóricos y que, en el rincón donde solía descansar el tinajero, una danta de pelaje ceniciento masticaba con una parsimonia de siglos las partituras viejas de mi juventud. El animal tenía las patas húmedas de barro colorado y en el lomo traía adheridas tres mariposas azules del tamaño de un plato sopero que no se asustaban con nada.

No tuve tiempo de llamar a nadie ni de buscar los anteojos para confirmar el prodigio, porque desde la penumbra del corredor avanzó una mujer descalza que dejaba a su paso un rastro de monedas de oro coloniales y pequeñas sardinas de plata que saltaban vivas sobre la alfombra antes de evaporarse en el aire. No llevaba coronas de latón ni capas de terciopelo rojo como en las estampitas de los mercados, sino una túnica tejida con neblina de cumbre que olía a manantial helado. Tenía los ojos de un verde tan antiguo que mirarlos producía el mismo vértigo que asomarse a un pozo sin fondo, y en el hombro izquierdo le dormía una serpiente de coral que respiraba al mismo ritmo que su pecho.

—Vengo a que me auscultes este cansancio, José Luis —me dijo con una voz que sonó exactamente igual al choque del agua contra las lajas de Quibayo—. Llevo quinientos años escuchando ruegos ajenos y hoy nadie en toda la serranía se ha acordado de preguntarme cómo tengo el corazón.

Con la naturalidad que solo conceden los sueños y las emergencias médicas, busqué mi estetoscopio en la gaveta del escritorio, apartando un par de grillos transparentes que habían anidado entre los bolígrafos. Ella se sentó en el sillón de madera, haciendo crujir el mimbre con el peso inconmensurable de todos los cerros de Yaracuy, y me permitió apoyar el metal frío sobre su esternón cubierto de líquenes diminutos.

Cerré los ojos para escuchar. Al principio no oí el golpe habitual de la sangre contra las válvulas, sino el galope desbocado de caballos españoles hundiéndose en el barro, el llanto mudo de las paridoras caquetías escondidas en las cuevas y el crepitar de millones de velas de colores derritiéndose al mismo tiempo sobre la roca viva. Pero más abajo, en el fondo mismo de aquel tórax inabarcable, encontré el sonido que ella buscaba: una nota musical solitaria, un fa sostenido purísimo que se repetía con la terquedad de una gota de agua en una gruta cerrada.

—No tienes nada malo, Señora —le diagnostiqué mientras enrollaba el estetoscopio en mi bolsillo—. Lo que pasa es que tienes demasiada gente viviendo adentro y se te ha olvidado quedarte sola un rato.

Ella sonrió por primera vez, y en ese preciso instante todos los árboles de la urbanización florecieron de golpe fuera de estación, llenando la calle de un polen dorado que puso a estornudar a los vecinos. Se levantó del sillón, caminó hasta la mesa donde reposaban mis hojas en blanco y tocó con la punta de su dedo índice el título inconcluso de mi crónica. Al contacto de su piel, las letras negras se desprendieron del papel como una fila de bachacos disciplinados y se ordenaron solas hasta formar la historia exacta que yo llevaba toda la tarde intentando escribir sin éxito.

—Cuídame la palabra, que yo te cuido el pulso —murmuró desde el umbral del patio, justo antes de subirse de un salto limpio sobre el lomo de la danta.

El animal dio media vuelta sin derribar una sola maceta, atravesó la pared de bloques del fondo como si fuera una cortina de humo blanco y se perdió rumbo al occidente dejando el aire cargado de un frío de montaña alta. Cinco minutos después, cuando regresó el calor habitual de las cinco de la tarde y el musgo del piano se secó hasta volverse un polvillo de oro viejo, salí al patio creyendo que la fiebre de la escritura me había jugado una mala pasada. Fue entonces cuando vi que mis mascotas miraban fijamente hacia el muro intacto, y descubrí, justo al lado de mis zapatos, una flor de cacao silvestre recién cortada que todavía goteaba agua helada del río Sorte sobre el cemento caliente de mi casa.

 

José Luis Troconis Barazarte

 

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José Luis Troconis Barazarte 1

José Luis Troconis Barazarte: El sembrador de lenguajes

Artista, ceramista, narrador y docente, José Luis Troconis Barazarte ha hecho de la interdisciplina su firma. Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca y la Bircham International University, con maestría en Artes Visuales y Escénicas (Strayer College, D.C.), su rigor académico se funde con la pasión de quien vive el arte como destino.

Su huella institucional destaca como exdirector de Cultura de la Universidad Arturo Michelena y coordinador en la Alianza Francesa de Valencia. Al frente de CEINFOLEIM, convierte la enseñanza de siete idiomas, la música y la literatura en un rito de creación permanente, impulsando movimientos de vanguardia como Cacao Tekisuto y Talicre. En este diario, Ciudad Valencia, da vida semanalmente a su columna «Ciudad en Verso y Prosa«, un espacio que define su presente creativo.

Reconocido con la Bienal Internacional Vicente Gerbasi (2017) y distinguido en Atenas como Mejor Escritor del Año 2024-2025 por el Ministerio de Cultura de Grecia, su obra honra una herencia mediterránea que trasciende fronteras. Autor de títulos como Empáticos, Cartas a la Soledad y El Evangelio de Caperucita, prepara para este 2026 una ambiciosa serie editorial que incluye Yo sí creo en Dios, Om Seti y Lilith.

Médico internista, intérprete de lengua de señas, pianista y director coral, Troconis entiende la sanación y el arte como un mismo gesto de revelación.

“Escribe como quien borda: con barro en los pies, cielo en la lengua y fuego en la voz. Es el poeta que escucha lo que otros callan y traduce el silencio en tinta viva.”

 

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Ciudad Valencia / RM