Puedo afirmar sin ninguna duda que El Principito, después de mi madre, me condujo de su mano al amor por las buenas lecturas. Por mucho tiempo fue un obsequio obligado cada vez que conocía a una muchacha; no solo para entablar conversación sino para intentar enamorarla. Claro, eso era una falsa creencia; tanto fracasó esta hipótesis en la práctica que pasado un tiempo hice amistad con Alirio, un joven excesivamente tímido que me hizo poner en duda mi propia timidez. Cierto día me confesó algunas de sus preocupaciones más apremiantes: me dijo que él no hallaba cómo empezar a conversar con una mujer ni de qué temas hablar; me preguntó que si yo consideraba que conversar sobre libros era una estrategia efectiva. Mi respuesta fue contundente: ni se te ocurra, habla de música, de farándula, de lo que hiciste en la semana o de cualquier cosa que hayas vivido que te parezca agradable y, si es cómica, muchísimo mejor. Pero ni lectura ni política ni economía, son temas muy aburridos para la mayoría de las chicas. Por cierto, siempre me ha intrigado por qué a las mujeres les gustan tanto los hombres que las hagan reír. Yo lo sé, ese no es el tema. Lo retomo.
Este hermoso libro reúne lo que yo considero deben ser los pilares de todo buen texto: sencillez y profundidad. Es obvio que yo no me rijo por esos preceptos, así son las cosas. La otra característica que cumple, esta vez para ser una gran novela, es tener un personaje inolvidable que se mueva a través de una historia conmovedora, interesante y única. El Principito es todo eso y mucho más.
En El Principito (1943, Antoine de Saint Exupéry) el autor, que también es el aviador, mientras arregla una avería de su avioneta en pleno desierto, recobra la niñez que creía haber perdido. Ese niño-poeta contempla la belleza donde otros no verían nada, el desierto. Puede descubrir un elefante dentro de un sombrero y una chiva dentro de una caja. Lo que realmente importa no es que puedas captar la belleza, sino que lo hagas a través de lo que sientes, que permitas que el corazón guíe tu forma de estar y pertenecer al mundo.

Principito
El mundo de los adultos está caracterizado por un apego a las cantidades y a las formalidades. Hay en los adultos una fascinación por hablar con números, códigos y signos de representaciones estadísticas y, por supuesto, de representaciones del mundo micro electrónico, computacional y algorítmico que hoy nos ha invadido y nos ha secuestrado la inteligencia y la creatividad.
Cuando yo era niño pude constatar, en muchas oportunidades, que los adultos siempre andaban muy pendientes de preguntar: ¿qué vas a estudiar?, ¿qué te gustaría ser cuando seas grande? Y quedaba tácito que detrás de esas preguntas estaba la apetencia por las cosas; es decir, se estudia para tener carro, casa, familia, dinero, evitar la pobreza y conseguir ser rico… No es que estas supuestas metas no tengan importancia, pero eran indicadores que hablaban de la cosificación de las almas que habían conseguido llegar al planeta de los adultos, porque, como tú debes imaginarte, este planeta es uno diferente para cada etapa de la vida. A casi nadie se le ocurría preguntar: ¿te gusta el río?, ¿has subido montañas?, ¿te gustan los libros de aventuras?, ¿amas a un animal? Recuerdo la canción de Alberto Cortés y Facundo Cabral en la que cada uno de los miembros de la familia le sugieren y desean al niño lo que él debe ser, desde doctor, ingeniero, un banquero, un gran seductor y hasta un militar; el niño oculto desde su galaxia, ignorando que cuando crezca tendrá que ceder, protege su sueño de ser un bombero y les dice a los adultos que esa es su voluntad. Pero esta realidad se repite en el hijo que él tendrá cuando sea un abogado, y también lo verá desechando su sueño y su libertad, hasta que ya viejo, casi al borde del adiós se irá cantando bajito: bombero, bombero, yo quiero ser bombero…
Hoy, muchas personas que eran adultas en mi infancia han envejecido y les he oído decir con estupor que lo único que vale la pena es caminar en compañía de un buen amor, subir cerros, contemplar atardeceres o amaneceres, bañarse con la lluvia… En cambio, los niños que hoy presencia mi adultez hablan con mensajes partidos, códigos de aparatos, marcas con siglas parecidas a fórmulas químicas, las cuales subrayan nuevas ignorancias, datos del ciberespacio; o sea, ellos se encuentran viviendo en el planeta B-612, el nombre que para un adulto tendría el planeta de nuestro amigo El Principito. ¿Qué podré decir yo cuando me alcancen más edades de mi vejez?, y me encuentre cantando bajito: jardinero, jardinero, yo quise ser jardinero…
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El Principito corresponde a un arquetipo: el eterno niño, que vemos representado culturalmente en forma de Niño Jesús, Krisna, Dionisos y Eros, entre otros. Pero esta forma arquetípica ocurre cuando el niño abandona su capa superficial de ser un simple componente del yo consciente para ir hacia las profundidades del inconsciente colectivo y convertirse en un niño de carácter divino que trasciende lo individual. En este mismo sentido vemos que se cumple el análisis de Jung cuando afirma que el niño está antes y después del hombre. Recordemos que El Principito encuentra a su yo adulto con el cual entabla un proceso de unión a través de la amistad, tal como lo hizo con sus instintos y con su sombra; primero con el zorro; luego con la culebra, que al mismo tiempo es un representante de la muerte. Pero el cuerpo del niño no aparece al final de la novela; una posible respuesta es que se ha llegado al proceso de individuación, cuando al yo se integra el sí mismo (el niño numinoso, ya que viene del cielo), la persona (el rol social, es decir el aviador) y la sombra (que sería la culebra). Dice Jung: “Esta experiencia se ha proyectado en el arquetipo del niño, que expresa la totalidad del hombre. Es lo abandonado y expuesto a la intemperie, y a la vez lo divinamente poderoso, el comienzo nimio y dudoso y el final triunfante”. Entonces, al regresar a su origen primitivo, el inconsciente; lo individual se desvanece, se transfigura, lo que hace recordar la elevación del Mesías después de la muerte, y el estado de plena iluminación, la liberación del encadenamiento de los sentidos, la ruptura del ciclo del nacimiento y la muerte, los deseos y las ilusiones, llamado Nirvana en el budismo.
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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.
Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).
Ha publicado:
En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).
En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021).
(Tomado de eldienteroto.org)
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