12 de julio: Ella Antonia Hoffman cumple 90 años

Borburata en la piel y el Caribe en los lienzos: El legado vivo de Ella Antonia Hofman

​A las puertas de Borburata, donde la humedad del cacao se mezcla con el salitre que sube de Puerto Cabello, el tiempo parece medirse a golpe de cumaco.

Quien camina por sus calles —un pueblo fundado en 1548 que ha visto pasar piratas, esclavizados y poetas— sabe que la memoria viva del lugar no se busca en los libros de las bibliotecas, sino tocando la puerta de una casa en particular: la de doña Ella Antonia Hofman. Hoy, con motivo de la celebración de su cumpleaños, esta reseña nace como un tributo necesario a su andar.

Nacida el 12 de julio de 1936, Ella no es solo una vecina ilustre; es, por derecho propio y por resolución institucional, el latido cultural de esta costa carabobeña.

Todo aquel que tiene el privilegio de conocerla disfruta de su rico y cuidado lenguaje, una elegancia en el hablar que, a pesar del paso de los años, prevalece con una dignidad intacta.

Ella Antonia Hoffman cumple 90 años. (Vanileiby Rivas y Marhisela Ron León. 2022)

​La guardiana de los versos perdidos

​En los años ochenta, cuando la modernidad amenazaba con silenciar las viejas tonadas de las haciendas, Ella Hofman entendió que si los ancianos morían, Borburata se quedaría muda. Con libreta en mano y una terquedad bendita, se dedicó a visitar a los mayores del pueblo para rescatar décimas y cantos que solo existían en la memoria oral. Repetía con insistencia que «lo que no se escribe se olvida», y bajo esa premisa salvó la identidad local.

Ella siempre fue una escuela de disciplina. Solía decir que «estar una hora antes es llegar a tiempo». Era sumamente respetuosa con los demás: si alguien acordaba con ella alguna actividad cultural, taller o reunión, podía tener la certeza de que, al llegar a la hora señalada, ella ya estaría esperando sentadita con su bolso, el cual siempre guardaba de todo: agua, almuerzo, dulces y mucho más.

​Con el paso de las décadas, al mirar atrás y notar cómo cambiaban las costumbres, solía comentar con nostalgia: «Hace cuarenta años las cosas no eran así». Sin embargo, a pesar de las dificultades o del cansancio de las jornadas, su determinación era inquebrantable; ante cualquier reto, despachaba las dudas con su conocida sentencia: «Vivos o muertos amaneceremos».

​Gracias a ese empuje, el «Ave María» que despierta a San Juan Bautista cada 23 de junio sigue sonando exactamente igual a como lo cantaban los abuelos hace un siglo, con esa mezcla de devoción mística y tambor puro que eriza la piel de locales y visitantes.

​Ese incansable amor por la palabra y la tradición la llevó a recibir grandes honores en su madurez. En el año 2022, fue homenajeada en el Festival Mundial de Poesía, celebrado en las instalaciones del Teatro Municipal de Puerto Cabello; un justo reconocimiento que aplaudió ante el mundo su extraordinaria y multifacética labor creativa tanto en el arte como en la literatura.

​Manos que crean tradición

​Pero el genio de Ella no se quedó encerrado en el repique de las maderas; también bajaba a sus propias manos. Con una destreza artesanal admirable, ella misma construía los tambores del pueblo y elaboraba las maracas que marcaban el ritmo de la costa. Su creatividad no conocía límites: con tusa de jojoto, alambre y pedazos de tela, daba vida a las tradicionales barriquitas, juguetes y artesanías que encapsulaban la esencia de la inventiva popular.

​Y cuando la música y la artesanía le daban tregua, tomaba los pinceles. Sin haber pisado una academia de bellas artes, plasmó la cotidianidad de la costa en un estilo ingenuo (naíf), pero rebosante de vida. En sus lienzos cobran fuerza los bodegones, los rostros de la afrovenezolanidad, el verde imponente de la costa y el colorido de las procesiones.
​Tanto impacto causaron que, en 1989, sus cuadros terminaron cruzando el mar: en la exposición «Carabobo se proyecta al Caribe», celebrada en Curazao, los antillanos descubrieron a través de sus ojos que las distancias entre las islas y las costas venezolanas se borraban por completo cuando se compartía el mismo color y el mismo sol.

 

​Una vida sin facturas

​Entre todas las anécdotas que se cuentan de ella en los pasillos de la Gobernación de Carabobo o en las reuniones de la Cruz Roja local, hay una frase suya que quedó grabada en el expediente que la declaró Patrimonio Cultural del Caribe en 2012 (bajo la Resolución N° 161):
​»Trabajaré por el prójimo y por la comunidad, sin recibir a cambio ni un vaso de agua».

​Y así lo hizo, ya fuera fundando Hogares Crea en Puerto Cabello o convirtiéndose en la primera mujer aceptada en el receloso comité del gremio de artesanos locales.

 

​El eco de un pueblo

​Hoy, hablar de Ella Antonia Hofman es hablar de una estirpe de mujeres en peligro de extinción: las cultoras integrales. Aquellas que lo mismo te debaten sobre la historia de la región, que te enseñan cómo se debe mover la cintura frente al altar de San Juan.

​El paso del tiempo y una vejez avanzada han hecho que su propia memoria hoy descanse en un silencioso letargo, nublando aquellos recuerdos que con tanto recelo protegió. Sin embargo, al celebrar un año más de su vida, queda claro que cuando el sol se oculta tras los cerros de Borburata y el tambor empieza a templarse para la noche, el eco de su trabajo sigue allí, intacto.

​Su pueblo ahora recuerda por ella. Ella no solo pintó su rincón, construyó sus instrumentos y cantó sus penas; logró que el Caribe entero supiera que en Borburata la historia se defiende con el alma y se baila con los pies descalzos. «Primero fue Borburata, después todo lo demás», sentenciaba siempre con su voz firme.

 

Ciudad Valencia/Vanileiby Rivas