En época de Carnaval, San Millán se convierte en el epicentro cultural del estado Carabobo. En este barrio del municipio Puerto Cabello, que se caracteriza por su alegría y despliegue de expresiones culturales, se vive una fiesta colorida y representativa de las culturas de raíz tradicional de nuestro país, el Baile de la Hamaca.

La Hamaca llegó a San Millán a mediados del siglo XIX, con los hombres y mujeres provenientes de  las Islas holandesas, los curazoleños, como refieren sus practicantes; muchos de estos son  descendientes de aquellos inmigrantes, que trajeron a esta tierra de gracia, junto a sus bienes materiales, sus creencias, artes de vivir y sus bienes culturales. La Hamaca llegó, se adaptó y se quedó en la memoria y en la vida del sanmillanero.

 

LA HAMACA de San Millan 4

 

El lunes de carnaval, ya entrada la noche, se empieza a ver a la gente movilizándose por las calles de San Millán. Propios y foráneos se unen para participar de manera activa en esta manifestación.  Se respira un aire de celebración, de entusiasmo y regocijo. Esa noche es de velorio, el Velorio de la Hamaca, “que simboliza los restos de un hombre muy querido por las mujeres de la comunidad”. Velorio festivo, de recorrido por las calles del barrio, de concentración en la Casa del Tambor, de reafirmación del compromiso de los hamaqueros y las hamaqueras de respetar la tradición, de preservar sus símbolos y de seguir celebrando año tras año. El tambor sonará toda la noche, habrá fiesta en la calle hasta las 5 de la mañana.

A mediodía del martes de carnaval, San Millán está repleto de gente. Los vecinos, los amigos, los visitantes de muchas partes del país, y hasta extranjeros, y por supuesto los hamaqueros y las hamaqueras, debidamente trajeados y con los rostros pintados, están listos para salir al grito de: “¡Ya se murió! ¡Hay que enterrarla!”.

 

LA HAMACA de San Millan 4

 

Al frente, con La Hamaca adornada de flores y cargada en hombros, las mujeres con sus vestidos floreados están listas para custodiarla y bailarla por las calles de Puerto Cabello; mientras los hombres, con sus camisas coloridas o con el torso desnudo y cintas en la cabeza, tocan los tambores, cachos, chinecos, charrascas y escardillas, y otros con palos de vera en las manos serán el pilar del orden en el recorrido, dispuestos a pelear vera, cada vez que La Hamaca es lanzada al suelo y las mujeres lloran sobre ella.

El recorrido es largo, intenso y vehemente. Se siente la algarabía y la fuerza. En el camino se suma más y más gente. Todos cantando incesantemente: “¡Ya se murió! ¡Hay que enterrarla!”. Es impresionante ver cómo La Hamaca llama convoca y reúne a la gente para bailar, para cantar, para vivir este fin del carnaval. Luego de al menos seis horas de recorrer las calles de Puerto Cabello, con este baile que escenifica un antiguo rito mortuorio, La Hamaca regresa a San Millán. Y ahí entre cantos, versos, abrazos y lágrimas de alegría se simboliza su entierro, lo que marca el final de la fiesta hasta el año próximo.

Es así como más de 300 familias que son parte de la comunidad del Barrio San Millán participan activamente en la realización de este baile, que representa más que una tradición, representa el orgullo de haber nacido en San Millán, de vivir en San Millán, el profundo orgullo de ser sanmillanero. Padres, hijos, hermanos, sobrinos, amigos, se unen para mantener la identidad propia de su espacio. La comunidad se organiza para representar con dignidad lo que son, en lo que creen y les hace ser parte de algo tan importante y significativo.

 

LA HAMACA de San Millan 4

 

En el tiempo permanecen los nombres y las acciones de importantes protagonistas de esta práctica ancestral: Ezequiel Faneite, Viviano Pitre, Lino Anzola, Vicente Monteverde, Henry Mijares, Genara y el Chivo Quiroz, Rubén Tovar, Luis Rengifo, Aída Capuano, Erasmo y José Artílez, Zoraida Aponte, Jorge Monteverde, Pedro Yépez, entre tantos otros.

Se dice que son 154 años de permanencia de este saber, aunque algunos estudiosos consideran que son muchos más, pero lo más relevante es que el trabajo sigue, la herencia permanece y los hamaqueros y hamaqueras de esta época siguen amando y recreando este saber. Mención especial merece Herman Villanueva, quien junto a su familia y a sus Tambores de San Millán ha sido el custodio de esta expresión en los últimos cincuenta años.

Gente comprometida y trabajadora lo acompaña en esta labor, transmitiendo saberes, cuidando códigos, preservando los símbolos y llevando sobre sus hombros la responsabilidad de cuidar lo heredado de sus antepasados. Son ellos merecedores de toda la admiración y el respeto colectivo por ser garantes de mantener y defender su identidad y el amor por su comunidad.

 

 

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Los más jóvenes, los que se inician, mantienen viva esa memoria, se incorporan de manera natural a sus roles, tienen el compromiso de comprender el legado cultural que tendrán que llevar en su corazón y en sus acciones los años venideros. Así, con vehemencia y emoción, lo expresa María Inés Villanueva: «La Hamaca es nuestra tradición madre por ser única en Venezuela y ya prácticamente en el mundo”, dejándonos ver y sentir que ahora es que los carabobeños tenemos  HAMACA para rato, porque hay un relevo generacional que vive con orgullo  la fuerza y  la energía de su herencia.

 

 Ciudad Valencia / María Elena Franco Mijares (mefmmijares@gmail.com)