El presente artículo puede leerse como continuación de Mochila de libros entre Thanatos y Eros publicado en este mismo diario. El acto de leer en una sociedad signada por la frivolidad y el desinterés por todo asunto que acontezca fuera de nuestras zonas de confort, en medio de la actual distopia propiciada por el hegemón mayor (del cual no conviene hablar en voz alta a riesgo de ser aniquilado o al menos bombardeado y secuestrado) nos lleva a concluir que disponer de tiempo y espacio para practicar el oficio de lector es muestra inequívoca de sacra resistencia y rebeldía.
En palabras sencillas, la lectura es un acto de resistencia y rebeldía porque reclama el control sobre el tiempo y la atención en un mundo diseñado para el consumo rápido. Al leer, construimos un refugio privado donde el pensamiento crítico florece sin interferencias externas, permitiéndonos cuestionar narrativas impuestas.
Además, es resistencia y rebeldía porque preserva la autonomía mental frente a algoritmos y distracciones, fomenta la empatía profunda, uniendo realidades distantes frente a la apatía y sostiene la memoria colectiva contra el olvido sistemático.
La omnipresencia digital
La lectura se convierte en un gesto emancipador al “desenchufarnos” del ahogamiento producido por la omnipresencia digital en todas las facetas de nuestra vida –hasta las más íntimas y privadas– la cual responde a la estrategia vampírica de la última mutación del capitalismo (McNally 2022) Esta inmersión digital que nos conduce a la asfixia y el ahogamiento, también ha sido descrita magistralmente por pensadores como el catalán José “Pepe” Laguna y el italiano Franco “Bifo” Berardi.
Nos concentraremos en analizar algunas de las definiciones que sobre el tema ha desarrollado el escritor español José Laguna, vocero de un cristianismo radical, en su llamado a la deserción digital.
En este sentido, Laguna apunta enfáticamente: “La deserción digital que aliento se relaciona con la defensa de palabras mayúsculas como sostenibilidad, libertad o dignidad. La acumulación exponencial de nuestros datos personales en la mal llamada nube digital es medioambientalmente insostenible; la apropiación de nuestra atención en un scroll eterno de pantallas que nunca se detienen erosiona nuestra capacidad de concentración y condiciona peligrosamente nuestra libertad de elección; y, por lo que respecta a la dignidad, la exhibición constante de nuestra vida cotidiana convertida en «marca personal» diluye la frontera kantiana entre las realidades intercam- biables que tienen precio y aquellas únicas que tienen un valor intrínseco que el mercado no debería tocar.
Por otra parte, Yanis Varoufakis sostiene que La parte más valiosa del stock del capital en la nube no son sus componentes físicos, sino las historias publicadas en Facebook, los vídeos subidos a TikTok y YouTube, las fotos de Instagram, los chistes y los insultos en X, las reseñas de Amazon o incluso nuestros desplazamientos, que permiten a los teléfonos avisar a Google Maps del último atasco de tráfico. Al proporcionar estas historias, vídeos, fotos, chistes y movimientos, somos nosotros quienes producimos y reproducimos –al margen de cualquier mercado– el stock del capital en la nube. […] La verdadera revolución que ha impuesto a la humanidad es la conversión de miles de millones de personas en siervos de la nube dispuestos a trabajar gratis para reproducir el capital en la nube en beneficio de sus propietarios. (Varoufakis 2024, 91.93).
Nuestro derecho a la inactividad
La lectura de un buen libro es parte vital de nuestra salud mental y física y nuestro derecho a la inactividad. Al respecto Byung-Chul señala: “Nos estamos asemejando cada vez más a esas personas activas que «ruedan como rueda la piedra, conforme a la estupidez de la mecánica». Dado que solo percibimos la vida en términos de trabajo y rendimiento, interpretamos la inactividad como un déficit que ha de ser remediado cuanto antes. […] Hemos olvidado que la inactividad que no produce nada material, constituye una forma intensa y esplendorosa de la vida.
La inactividad forma lo humanum. Lo que vuelve auténticamente humano al hacer es la cuota de inactividad que haya en él. […] Si se nos pierde la inactividad en cuanto capacidad, nos pareceremos a una máquina que solo tiene que funcionar. La verdadera vida comienza en el momento en que termina la preocupación por la supervivencia, la urgencia por la pura vida. El fin último de los esfuerzos humanos es la inactividad”. (Byung-Chul 2023, 11-13)
Autores como G. Bataille impugnan al presentar las pinturas del Paleolitico (Cuevas de Altamira) como obras de arte, como expresión lúdica sin más fin que el gozo del arte por el arte. Nuestros ancestros más lejanos sabían «perder el tiempo»: disfrutaban ociosamente de emborronar rocas, manchar manos y pintar sus rostros. “¿Por qué nos cuesta tanto trabajo imaginarlos divirtiéndose inútilmente y asumimos sin dudar la relación de las pinturas rupestres con el trabajo de cazar? Por más antediluviano que sea, el arte siempre ha sido una tarea inútil”.
Como de costumbre, las limitaciones de tiempo y espacio nos obligan a concluir e invitarlos a la lectura rebelde de una próxima entrega.
Ciudad Valencia / Ismael Noé













