El ruido de las pantallas frente al eco de los escombros…

Revisar las redes sociales -más en estos días- es un ejercicio de disonancia cognitiva absoluta.

Durante las últimas horas, en la pantalla, un thriller geopolítico de baja intensidad: alarmas encendidas, denuncias oficiales y dispositivos GPS rastreando cajas de ayuda humanitaria desde Panamá hasta Maturín. El alcalde panameño, con el apoyo de Carla Angola, denuncia que si tres chips están en La Guaira, que si el cuarto se movió al oriente, y se descubre luego, y simplemente, que una damnificada viajó a Monagas con sus familiares llevando consigo unas toallitas donadas. Una trama digna de una serie de espionaje, pero adaptada a la miseria.

Mientras el algoritmo se alimenta de la polémica del chip y el debate se enciende en comentarios vacíos, la verdadera Venezuela late en otra frecuencia, una mucho más dolorosa y real.

Mientras las pantallas se llenan de ruido, en el terreno hay un país entero unido por la urgencia. Hay manos llenas de polvo rescatando cuerpos, voluntarios salvando vidas y comunidades enteras buscando soluciones a los problemas que los recientes terremotos generaron. Esa es la noticia que debería romper el internet: la resiliencia y el dolor de un pueblo que se apoya mutuamente cuando el suelo se mueve.

¿Por qué insistir, entonces, en viralizar la anécdota del GPS por encima de la tragedia humana?

La respuesta parece obvia, aunque dolorosa: es una estrategia perfecta para desviar la atención de lo que verdaderamente importa. Es más fácil debatir sobre la ruta de una caja que mirar de frente la magnitud de la tragedia. El morbo y la confrontación venden clics; la reconstrucción y el duelo exigen empatía y acción.

Allá quienes prefieran quedarse discutiendo el destino de una toallita húmeda en Twitter o TikTok. La prioridad hoy no está en los satélites ni en los mapas de rastreo, sino en el barro, en las calles afectadas y en cada vida que aún se intenta salvar. No permitamos que el ruido digital nos anestesie ante el dolor de nuestra propia gente.

 

Luis Salvador Feo La Cruz