Hay silencios que pesan más que otros, especialmente cuando se instalan de golpe en los talleres y en los pasillos de las galerías. La partida física de Onai Quiñonez deja exactamente esa sensación en el ambiente: una pausa obligada, un lienzo que repentinamente se queda a la espera del último trazo.

Despedir a un artista plástico nunca es un trámite sencillo. El dolor se mezcla con la impotencia cuando quien se va es alguien que dedicó su vida a traducir sus inquietudes más profundas en un lenguaje visual que todos pudiéramos entender.

 

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Onai no era solo un fabricante de imágenes; era un traductor de sensibilidades, un hombre que construía puentes entre su agitado mundo interior y la mirada curiosa del espectador.

 

La autenticidad del oficio

Quienes conocieron de cerca su proceso creativo o tuvieron la oportunidad de pararse frente a su obra, saben que su propuesta no buscaba la complacencia fácil. Había en su técnica una búsqueda constante y un inconformismo genuino.

Comprendía a la perfección que el arte no está hecho simplemente para adornar paredes o llenar espacios vacíos, sino para sacudir, para cuestionar y para conmover.

Esa forma tan particular de abordar la materia, de ensuciarse las manos con el oficio diario y de pelear con la obra hasta encontrar el equilibrio exacto, hablaba de un creador que observaba la realidad del mundo y del ser humano con una agudeza visual poco común.

Pero más allá del talento innegable y de las exposiciones, lo que realmente queda anclado en la memoria de quienes compartieron con él es su profunda dimensión humana. En un medio cultural que a veces se deja tragar por los egos, Quiñonez supo hacerse un espacio a pulso, ganándose el respeto desde la constancia del taller. Nunca dejó de ser ese colega cercano, dispuesto a la tertulia, al intercambio de ideas y al apoyo mutuo.

 

La trascendencia de la forma

La movida plástica venezolana despidió a uno de los suyos, víctima de los sismos. No obstante, el mayor consuelo ante la crudeza de la muerte radica en la naturaleza misma del oficio artístico. Los verdaderos creadores tienen esa rara y hermosa ventaja de burlar su propia mortalidad a través de la materia que transformaron.

Onai Quiñonez se despidió de este plano, pero su obra permanece intacta, latiendo. Mientras exista una persona de pie frente a alguna de sus piezas, descifrando el peso de sus texturas, el ritmo de sus formas o la luz en su paleta, su voz seguirá resonando con fuerza.

 

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Esteban Rodríguez - Arte al día

Esteban Orlando Rodríguez (Caracas, 1977) | Artista visual, escultor e ilustrador.

Con trayectoria docente e institucional en la Academia Giovanni Batista Scalabrini y formación académica en las escuelas de artes plásticas Cristóbal Rojas y Arturo Michelena, ha transitado por el dibujo tradicional, el cómic, la pintura al óleo y la escultura tridimensional. Hoy en día se dedica de forma autónoma al desarrollo de su obra personal, combinando narrativa gráfica, investigación simbólica y producción artística independiente.

 

 

 

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Ciudad Valencia / RM