Literatura Femenina

He llegado a la certeza de que la literatura femenina merece ser reconocida como un género aparte. No como un rincón marginal ni como una etiqueta reductora, sino como un territorio luminoso que reclama su propio nombre. En cada página escrita por una mujer se revela una geografía distinta, la intimidad, la memoria corporal, la mirada que se atreve a nombrar lo invisible. Y ese pulso, aunque diverso, comparte una raíz común, la experiencia de haber sido silenciadas durante siglos.

Algunos pensadores han defendido esta idea con pasión. Elaine Showalter, desde la crítica feminista, habló de la necesidad de una ginocrítica (estudio crítico de la literatura escrita por mujeres, enfocado en analizarla desde una perspectiva femenina propia, en lugar de compararla con modelos androcéntricos), un espacio donde las obras de mujeres se estudien como tradición propia, con sus símbolos y genealogías. Virginia Woolf, en su célebre ensayo Un cuarto propio, nos recordó que las mujeres han escrito desde la precariedad, y que esa precariedad ha marcado su estilo y sus temas. Para ellas, reconocer la literatura femenina como género es un acto de justicia, un modo de rescatar páginas arrancadas de la historia.

Otros, sin embargo, han levantado objeciones. Críticos como Harold Bloom sostienen que la literatura es universal y que dividirla por género sería una forma de segregación. Laura Freixas, aunque defensora de la visibilidad femenina, advierte que la etiqueta puede usarse de manera peyorativa, como si se tratara de un subgénero menor. Y es cierto, nunca hablamos de “literatura masculina”, porque lo masculino ha sido considerado la norma, lo universal.

Pero yo defiendo que nombrar la literatura femenina como género aparte no es reducirla, sino honrarla. Es reconocer que allí hay un cauce distinto, un río que ha corrido paralelo y que ahora merece desembocar en el mar del canon con su propio nombre. La literatura femenina no es un apéndice, es un cuerpo vivo, con voz y memoria, con heridas y celebraciones. Y darle un lugar como género es un gesto de reparación, un acto de dignidad.

La literatura femenina nos obliga a mirar de nuevo el canon, a aceptar que la historia de la literatura no está completa sin esas páginas escritas desde la alcoba, la cocina, la maternidad, la violencia, la ternura. Páginas que no son menores, sino distintas, y que juntas conforman una tradición maravillosa.

Por eso, en esta columna, yo afirmo sin titubeos, debemos honrar a las mujeres calificando sus escritos como un género aparte y maravilloso. Porque cada vez que una mujer escribe, está trazando un mapa distinto de la realidad, y ese mapa merece ser leído con la conciencia de que proviene de un territorio propio.

Nombrar la literatura femenina como género es abrirle un espacio de dignidad, es reconocer su singularidad y su fuerza. Y yo, como lector y creador, quiero que ese territorio tenga nombre. Quiero que se diga, sin miedo y con orgullo, literatura femenina.

José Luis Troconis Barazarte

 

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Algunas voces femeninas de Hispanoamérica

Sor Juana Inés de la Cruz: la Décima Musa, que encendió la llama del pensamiento en claustros de silencio.

Gabriela Mistral: madre de la palabra, que convirtió la ternura en canto universal.

Isabel Allende: narradora de espíritus y memorias, que abrió la casa de lo mágico al mundo.

Alfonsina Storni: rebelde del verso, que arrojó su voz contra los muros del patriarcado.

Alejandra Pizarnik: poeta de la sombra, que hizo de la melancolía un jardín secreto.

Julia de Burgos: voz de libertad, que escribió su cuerpo como bandera de justicia.

Rosario Castellanos: palabra indígena y femenina, que defendió la dignidad de los invisibles.

Gioconda Belli: mujer habitada, que convirtió la revolución en poesía y la poesía en revolución.

Clorinda Matto de Turner: precursora del indigenismo, que dio voz a los pueblos silenciados.

María Luisa Bombal: narradora de sueños, que abrió la subjetividad femenina como un espejo encantado.

Sor Juana Inés de la Cruz, México (San Miguel Nepantla); Gabriela Mistral, Chile (Vicuña); Isabel Allende, Chile (Nacida en Perú), pero de nacionalidad chilena); Alfonsina Storni, Argentina (Nacida en Suiza, pero el mar de Mar del Plata es su casa); Alejandra Pizarnik, Argentina (Avellaneda); Julia de Burgos, Puerto Rico (Carolina); Rosario Castellanos, México (Ciudad de México, con alma de Chiapas); Gioconda Belli, Nicaragua (Managua); Clorinda Matto de Turner, Perú (Cusco) y María Luisa Bombal, Chile (Viña del Mar).

Literatura Femenina

Sor Juana Inés de la Cruz (México)

“Hombres necios que acusáis

a la mujer sin razón,

sin ver que sois la ocasión

de lo mismo que culpáis.”

Respondo:

Sor Juana, tú que habitas el centro de la letra,

entiende que el hombre es un animal que teme a su propia sombra.

Esa «sinrazón» de la que hablas no es más que el ruido

de quien se sabe quebrado frente a la luz de tu inteligencia.

Nosotros, los «hombres necios»,

hemos construido muros de tinta y de leyes

solo para ocultar que el alma no tiene género,

que el pensamiento es un pájaro que no admite jaulas,

ni siquiera las de un convento o las de un prejuicio.

Tu queja no es solo un reclamo, es un diagnóstico,

el mundo está enfermo de su propia ceguera.

Culpamos al espejo por la mancha en nuestro rostro,

y en tu verso, Sor Juana,

nos obligas a mirar, por fin, la transparencia del error.

 

Gabriela Mistral (Chile)

“Dame la mano y danzaremos;

dame la mano y me amarás.

Como una sola flor seremos,

como una flor, y nada más…”

Yo respondo:

Gabriela, tú que conoces el peso de la piedra y el vuelo del aire,

aceptar tu mano no es solo un gesto de danza,

es aceptar el destino de la raíz que se entrelaza en lo oscuro.

Dices que «como una sola flor seremos»,

y yo te respondo desde mi brevedad,

seremos esa flor que no necesita nombre,

esa que crece en el desierto del mundo

y que solo florece cuando el «yo» se rinde ante el «nosotros».

No hace falta más que ese contacto,

esa línea de piel que borra las fronteras del miedo.

En tu ronda, el tiempo se detiene

y la eternidad se vuelve algo tan simple

como un dedo rozando la palma de la mano.

Nada más, Gabriela. Porque en ese «nada más»,

lo tenemos todo.

 

Isabel Allende (Chile)

“La máquina yacía con la panza asentada en tierra firme,

pesada y torpe, con más aspecto de pato herido

que de uno de esos modernos aeroplanos…

Contra toda lógica, al segundo intento el pájaro se elevó

sin contratiempos y hasta con cierta elegancia.”

Y yo respondo:

Isabel, narradora de lo invisible,

has descrito el milagro de lo que no debería ocurrir.

Esa máquina, con su «panza» pegada a la tierra,

somos nosotros mismos,

seres pesados, torpes, llenos de engranajes oxidados

y miedos que nos anclan al polvo.

Pero nos recuerdas algo vital,

el vuelo no nace de la aerodinámica o de la lógica fría,

sino de ese «segundo intento» que es, en realidad, el nombre del coraje.

El pájaro de metal se eleva

no porque ignore su peso,

sino porque el deseo de altura es más fuerte que la gravedad.

Al final, la elegancia no está en la forma del ala,

sino en la voluntad de desprenderse del suelo

Cuando todo el mundo juraba que era imposible.

JLTB

 

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José Luis Troconis Barazarte 1

José Luis Troconis Barazarte: El sembrador de lenguajes

Artista, ceramista, narrador y docente, José Luis Troconis Barazarte ha hecho de la interdisciplina su firma. Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca y la Bircham International University, con maestría en Artes Visuales y Escénicas (Strayer College, D.C.), su rigor académico se funde con la pasión de quien vive el arte como destino.

Su huella institucional destaca como exdirector de Cultura de la Universidad Arturo Michelena y coordinador en la Alianza Francesa de Valencia. Al frente de CEINFOLEIM, convierte la enseñanza de siete idiomas, la música y la literatura en un rito de creación permanente, impulsando movimientos de vanguardia como Cacao Tekisuto y Talicre. En este diario, Ciudad Valencia, da vida semanalmente a su columna «Ciudad en Verso y Prosa«, un espacio que define su presente creativo.

Reconocido con la Bienal Internacional Vicente Gerbasi (2017) y distinguido en Atenas como Mejor Escritor del Año 2024-2025 por el Ministerio de Cultura de Grecia, su obra honra una herencia mediterránea que trasciende fronteras. Autor de títulos como EmpáticosCartas a la Soledad y El Evangelio de Caperucita, prepara para este 2026 una ambiciosa serie editorial que incluye Yo sí creo en DiosOm Seti y Lilith.

Médico internista, intérprete de lengua de señas, pianista y director coral, Troconis entiende la sanación y el arte como un mismo gesto de revelación.

“Escribe como quien borda: con barro en los pies, cielo en la lengua y fuego en la voz. Es el poeta que escucha lo que otros callan y traduce el silencio en tinta viva.”

Antonio V. Díaz B.

 

Ciudad Valencia/RM