Con tu partida, llega una oleada de recuerdos, de vivencias de lucha, de ideales compartidos, del fervor revolucionario de la juventud, donde la convicción era la certeza indomable en medio de la incertidumbre.
Nos conocimos cuando resistir desde la izquierda insurreccional era una terquedad que bien supimos enaltecer al representarla. Ahí estábamos, los que apostamos por algo más que la resignación. A decir verdad, la militancia no era un refugio ni un espacio de conciliación; era una búsqueda, una forma de ser y de estar en el mundo.
Una mañana, tu nombre aparecía en los titulares, convertido en noticia compartida. Entre varios prisioneros, ahí estabas, impreso como testimonio de tu firmeza, de tu inquebrantable militancia. La DISIP había allanado, perseguido, y en los titulares, la prensa transformó la detención en un acto épico: “¡Allanadas residencias estudiantiles en busca del grupo alzado en armas Venceremos!”.
Tres meses después la libertad te devolvió a los pasillos de la universidad de Carabobo. Ahí nos cruzamos nuevamente, y entre el eco de los pasos y los murmullos de las aulas, su voz se alzó con la firmeza de la española: «¿Estás decidido a representar la solidaridad necesaria?», con el ímpetu de siempre, con el mismo fuego de aquella joven que no conocía el miedo. Mi respuesta, sin titubeo: “¡Claro!”, y su sonrisa, esa sonrisa que contenía el peso de la historia, se abrió paso con la entonación de siempre: “¡Venceremos!”. Si alguna vez tuve temor, aquella militante con rostro de burguesa obligó a sacar el temple de donde no había.
La represión se extendía desde los titulares hasta los objetos destrozados, en las marcas imborrables dejadas por quienes intentaban desmoralizar, aterrorizar, asaltando las casas del partido. Los rastros en su habitación eran el reflejo de una brutalidad despiadada.
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Pero la joven, lejos de doblegarse, dejó atrás la clandestinidad y se incorporó al fraguar de la vida estudiantil. En pocos días retomó su ritmo, volvió a la lucha cotidiana, al compromiso con el hacer civil, con la certeza del militante que no espera treguas, que ha aprendido que la resistencia es un código, una inscripción moral en la identidad.
Estas historias, todos estos recuerdos, merecen más que la memoria repentina provocada por el fatídico e inesperado momento de tu partida. Son páginas aún por escribir. Una dama con mayúsculas, que desafió el miedo, que abrazó el riesgo, que nunca dejó de creer, merece la honra de quienes la vimos compartir con entereza. En tu partida, dejas la emoción, la certeza ética de que la nuestra historia colectiva deberá ser contada, compartida, revivida en medio de la borrasca.
Ciudad Valencia / Luis A. Ramírez












