Inicio Columnas Después de todo “Punto de ebullición” por Mirih Berbin

“Punto de ebullición” por Mirih Berbin

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Escribir es encontrarse con la melodía de todo cuanto nos rodea. Parece simple y hasta incoloro, sin sentido, sin exaltación, habitar un día y otro día en el hospedaje finito de nuestro paso por este increíble mundo. Pero la verdad, y para asombro de algunos incrédulos de la magia de la vida, nada está superpuesto, nada está por sentado, y lo sabemos hasta por las pequeñas escenas que alteran nuestra rutina.

Leeremos de los escenarios que van haciendo al día hasta llamarlo experiencia. Una experiencia que vamos formando con tres de sus momentos más determinantes, la mañana, la tarde y la noche… “siempre la noche”, como diría nuestro poeta Vicente Gerbasi.

De todo se ha escrito sobre vivir un día y otro día, como el vagón infinito hacia nuestros sueños. Cada cultura le aporta, además, un significado distinto al paisaje, un significado proveniente de momentos de una gran urbe, de un paisaje frío o de la comodidad del trópico.

Parece mentira que la terapia de shock a la estamos acostumbrados los que hemos habitado en la Venezuela de tantos y tantos aprendizajes de resiliencia, no nos permita, al menos no a todos, registrar con la misma efervescencia la maravilla de un día tranquilo, de la riqueza que supone crear la memoria de los días buenos, de los días que acompañarán al paisaje de nuestros recuerdos. Si siempre nos enfocáramos en la importancia de preservar esa memoria, habría menos rencores acumulados en el corazón de una ciudad, de un país, de un mundo entero.

Cada vez que me siento a extrañar el mar, veo las palmeras que están en mi casa y pienso algo de ese paisaje que se ha quedado conmigo. En ese momento, la música de la mañana empieza a sonar distinto, a respirar presente, a agradecer tanto el sol como la lluvia. Agradezco lo que provenga del día porque me recuerdan el movimiento y la finitud, y suben el volumen de esa música interior, esa intensidad con la que observo y vivo.

Así se presenta la mañana ante mis ojos y también se puede presentar ante los tuyos si te detienes a verla una vez más, a respirar, a tocar cada fragmento de la claridad del día encontrándote en medio del camino de tus pensamientos.  Siempre he vivido en el trópico, pero si veo o siento la nieve, no querré analizarla, no querré ver qué tan helada está. Sólo querré sentirla, deslizando el fragmentado hielo que recorre la llegada de la tarde sobre los pinos.

Pero cada vez que añoro ese hielo que no conozco y no han sentido mis pies, veo el pino en mi casa y agradezco la memoria de lo que jamás han podido tocar mis manos. Ya entrada la tarde, la música es un violín melancólico que se hace frío en los huesos. No sé si alguna vez olvidaré, en este punto ya no me importa tanto, en este punto el violín va erizando mi piel, como decimos aquí, me va poniendo la piel de gallina, porque la lluvia que más moja es la que se encuentra dentro.

 

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Y ni toda la pensadera que interrumpe el violín de la tarde, ni todo el ruido que puedan hacer mis hijos en sus propios laboratorios de vida, me desconecta de sentir el sol o la brisa de cada tarde, de experimentar sensaciones tanto cuando me encuentro afuera en el mundo o cuando me resguardo del exterior y me quedo en casa. Ahí ya el violín se ha convertido en cómplice de algo más grande.

Son muchos y los violines forman parte de una orquesta. Cada tarde tiene la particularidad de hacer una presentación distinta, única, genial. Sólo tengo que cerrar las palabras y ahí se presenta. Eso sí, no avisa hasta que la música te hace sonreír con las payasadas y las travesuras de algún hijo, el asombro de ver el avance de algunos de mis alumnos o el mensaje de la presencia de alguien especial. Obviamente esa es mi orquesta personal, la de ustedes, sonará a lo que vaya viendo su tarde.

Entrada la noche, ver el paisaje se convierte en algo ceremonial. Todas las luces rosas de París que veré en algún punto futuro de mi existencia, han llegado en forma de carros pasando a saludarme, en forma de bombillos en todas las direcciones. Y aunque no se puede extrañar lo que se vivirá más adelante, agradezco a la vida por tan hermoso paisaje que hasta los momentos he vivido. Me doy cuenta de que en mi casa tengo faros como en las calles de París y reconozco las bondades del día, ya con la garantía del que ha atravesado una larga jornada.

En un estado de observación y de recogimiento, también me puedo dar cuenta de la cantidad de tiempo que invertimos en lo inmediato, no estoy exenta a ello. Me pierdo en las redes que atrapan las horas y distraen a los peces de llegar a su mar. La noche era mi espacio de creación y la he ido desplazando para ver en segundos cómo bailan o se maquillan extraños, cómo visitan sorpresivamente a sus abuelos o lo que me quieran hacer ver deslizando el dedo hacia arriba.

 

 

Estoy dormida antes de dormir, en una falsa sensación de que ese mundo me acompaña, de que ese mundo sabe de mi existencia, cuando le dan un corazón al fuego que les asomo, palabras escondidas de un lenguaje emergente, y aunque el lenguaje no sepa todos los idiomas que nos acompañan, no será suficiente.

El tiempo omitirá toda interacción irreal venida a nuestras vidas, somos ingenuos señalando a las antiguas generaciones por estudiar las estrellas, por conocer de nuestros estados de ánimo y cómo nos irá en el trabajo o en el amor. Eso lo vemos mal, he leído que algunos pensadores comentan que los astrónomos y astrólogos no se sustentaban en nada. Pero ¿qué sustenta todo aquello que nos dejan para ver en esas redes que nos lanzan a diario?

La noche es un punto de inflexión, la línea divisoria del horizonte presentándose ante nuestros ojos. La noche es además una música cálida, un fogón de todas las bisabuelas que nos han heredado la costumbre de alimentar a nuestros seres queridos. La tranquilidad de los antepasados que llegaban del trabajo a reposar un poco antes de empezar al día siguiente. Es también el aprendizaje de saber que con la nueva era llegarán otras rutinas, otras jornadas y aquí estaremos, en una suave canción tal vez arropando antes de dormir, tal vez siendo recuerdo cuando ya no estemos.

 

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Pero la noche… “siempre la noche”, como decía Gerbasi, es la temperatura más alta en los grados más altos. El punto de ebullición, el punto de convergencia donde no interviene ni llega el caos. Y aunque la música suene con violines, con cuatros o con tambores, el clímax de cada día nos permite ese encuentro con la inmediatez.

En ese único encuentro con cada día de nuestras vidas donde seremos espectadores y testigos, sólo comprenderás el fuego en el que constantemente habitas cuando aprendas a sentirlo y sabrás que simplemente vivir es estar perennemente en el más hermoso y claro… punto de ebullición.

 

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Mirih Berbin (berbinm@gmail.com) es poeta, traductora, editora, promotora cultural y docente. Magíster en Lectura y Escritura en la Universidad de Carabobo (UC). Es profesora asistente de la UC y de la UAM. Es editora adjunta de la página literaria El Diente Roto. Fue especialista de poesía en el Museo de Arte Valencia con más de cien lecturas de poesía dentro y fuera del país. Ha escrito varios artículos arbitrados sobre la enseñanza del idioma y los aportes filosóficos para la educación.

Su poesía se ha publicado en numerosas revistas, páginas y antologías. Fue columnista de la página cultural semanal del Diario La Costa entre el 2009 y 2011. Ha publicado: Mareas (2009) y Hacerme Templo (2016), e Hilos Nacientes se encuentra en imprenta. Su poesía ha sido traducida al árabe, francés, italiano, catalán e inglés.

 

Ciudad Valencia / Fotografía de la autora @machmillan