No necesitan ver a alguien para saber quién viene; reconocen el latido exacto de la bondad. En las calles de la parroquia Urdaneta, en Flor Amarillo, mucho antes de que la figura de Celi Varela aparezca, la atmósfera cambia. Los perros de la zona no solo perciben el aroma del alimento; huelen la intención, la calma y ese hilo invisible que solo se tiende entre quien da con el alma y quien ha aprendido a sobrevivir en el olvido.
Incluso, aquellos animales que por primera vez se cruzan en su camino, reaccionan con una confianza inmediata. Su olfato no falla: detectan lo intangible, memorizan la mano que les extiende un plato de perrarina o comida casera y guardan en su memoria instintiva el registro exacto de que la humanidad también puede ser un refugio.

El origen de un compromiso: La promesa por Brando
Esta nueva historia de Ciudad Mascota no nació por azar, sino por el duelo transformado en acción. Comenzó hace seis años, impulsada por la partida de Brando, el amado compañero de cuatro patas de Celi. Ante la pérdida, tomó una decisión que cambiaría la dinámica de su sector: Honrar la memoria de su mascota convirtiendo el dolor en una promesa viva de amparo a los animales abandonados.
En un entorno donde alimentarse significa hurgar en bolsas de basura o esperar la suerte de un bocado esporádico, la presencia diaria de Celi representa un paréntesis de dignidad. Sin embargo, la labor en la intemperie exige prudencia y temple. Gran parte de estos animales cargan con secuelas invisibles y marcas físicas: Atropellos, golpes y el rechazo cotidiano de una sociedad que suele volver la mirada.
Ese historial de maltrato despierta en ellos un instinto defensivo. Muchos reaccionan con desconfianza o agresividad, creyendo que cualquier acercamiento se traducirá en más dolor. Celi ha aprendido a interpretar esos códigos: la paciencia, el tono de voz y el respeto por el espacio del animal son las únicas herramientas capaces de desarmar el miedo acumulado.
De la mascota olvidada al «perrito comunitario»
La mayoría de los canes que hoy transitan por las avenidas de Flor Amarillo no nacieron en la calle. En su origen, fueron mascotas de familias que un día los abandonaron por enfermedad, vejez o irresponsabilidad. Al quedar desprotegidos pero adaptados a la presencia humana, estos animales desarrollan un comportamiento territorial característico.
Perímetro de permanencia
No vagan sin rumbo; deambulan en áreas delimitadas de pocas calles y se establecen cerca de los mismos hogares.
Pernocta y querencia
Suelen dormir en las aceras o porches de las viviendas donde reciben un plato de comida o un recipiente con agua.
Sentido de pertenencia
Al recibir atención periódica de un grupo de vecinos, adoptan instintivamente a la cuadra como su hogar y a sus habitantes como sus protectores o –en algunos casos- sus protegidos.
Es allí donde el concepto de «perro callejero» se transforma en el de perrito comunitario: un animal que pasa a formar parte del entorno social y que retribuye el alimento protegiendo el sector, alertando ante extraños o patrullando la zona.
Caracterización y custodia comunal
Ante la realidad de ver morir a estos seres por desnutrición o por enfermedades que son tratables, Celi Varela plantea un enfoque preventivo y participativo que involucra a las comunidades organizadas.
Caracterización comunal
Identificar y censar a los perros que hacen vida en cada sector para conocer su cantidad y condición de salud.
Atención médica y adopción
Promover alianzas para jornadas de esterilización, vacunación y búsqueda de hogares definitivos.
Custodia responsable
En caso de no concretarse una adopción individual, asumir la atención del animal entre los vecinos de la cuadra, garantizándole agua, alimento y buen trato.
«Porque los animales son creación de Dios y nosotros fuimos puestos aquí como sus protectores.», afirma Celi Varela.
El impacto de esta iniciativa va más allá de la ración de comida diaria. Para Celi, y para cada vecino que decide sumarse a esta causa, el beneficio principal es de carácter ético y humano. La tranquilidad de actuar con empatía, la paz con uno mismo y la satisfacción de servir como instrumento para que un ser vivo conserve la vida y la dignidad un día más. Por eso te invitamos a ver el siguiente material audiovisual que muestra la grata experiencia que conlleva alimentar a los perritos comunitarios como lo hace Celi Varela.
Ciudad Valencia/Diego Armando Trejo/RM












