El día de la eclosión me enteré tarde, porque se había ido la electricidad. Salí corriendo de la casa, me cambié apurada y empecé a buscar, como carajita desesperada, a alguien que me diera la cola hasta la playa. Era la primera vez en mi vida que iba a presenciar algo así y sentía que no iba a llegar a tiempo.
Mientras iba en camino, mi mente viajó tres años atrás. Recordé con ternura la mañana en que llevaba a mi hija, de siete años, al odontólogo en el Hospital Naval. Nos tocaba caminar un trayecto largo y ella, al ver la vía llena de basura, se detuvo en seco. Se empeñó en que debíamos recoger todo el plástico que encontráramos en el camino.
«Para que no se les enrede a las tortugas marinas», me dijo con una preocupación pesada para su edad.
Ese recuerdo me acompañó hasta llegar a la playa. Llegué de noche, pero el aire de la Bahía de Patanemo todavía vibraba con lo que había ocurrido horas antes. Los voluntarios estaban ahí atentos, cuidando el desenlace de un proceso —la Operación Eclosión— que se ha protegido desde el 13 de abril de 2026, cuando se verificó la presencia del nido de tortuga Cardón.
DESPLIEGAN MEDIDAS DE SEGURIDAD PARA PROTEGER TORTUGAS CARDÓN
Era un evento extraordinario: el último registro de un caso similar en la bahía databa de 2017. Apenas se confirmó, la organización Ecorutas Cachirí asumió la custodia del lugar, apoyados por más de novecientos voluntarios de todo el país, vecinos, prestadores de servicio y diversas instituciones.
Pegada a esa malla, Lorella una de las coordinadoras de Ecorutas Cachirí, me reconstruyó la tarde de ese miércoles 10 de junio, el día cincuenta y ocho de incubación. Según me dijo, media hora antes de que todo ocurriera, dos niños turistas que pasaban por la zona se acercaron con ganas de entrar.
Un familiar les advirtió que el paso estaba cerrado, pero ella los escuchó. Los llamó, los hizo pasar y les preguntó si querían hablarles a las tortugas que aún esperaban bajo la arena.

—¿Ellas escuchan? —preguntaron los niños.
—Sí —les respondió.
Y los hermanos les hablaron. Minutos después, a las cuatro de la tarde, la arena se rompió. No salieron de una en una. Las cuarenta y nueve crías salieron de a montones, atoradas, enardecidas, con una ansiedad de mar que parecía responder al llamado de esas voces infantiles.
En esa misma penumbra de la bahía, pude ver a los tortuguillos de cerquita, justo antes de que los liberaran. Eran apenas unas criaturas mínimas y oscuras, que empujaban con fuerza hacia el agua.
El mayor peligro para esa ansiedad, sin embargo, acecha en la misma orilla. La necesidad de protegerlas es algo que es urgente aprender. Meses atrás, escuché a Lorella hablar sobre la importancia de la especie para el ecosistema.
Sus palabras se me quedaron grabadas, tanto que una mañana, sentada frente a la playa, me descubrí repitiéndoselas a una prestadora de servicio del lugar, intentando contagiarle esa urgencia.
Por eso, el sábado pasado, cuando no pude asistir al taller en la playa y me tocó seguir la ponencia del biólogo marino Pedro Vernet de forma digital, la voz que salía del celular fue la confirmación detallada de lo que Lorella ya nos había sembrado.
Vernet desarma también la ignorancia: los huevos de tortuga no son afrodisíacos ni curan enfermedades. Quien los saquea para comerciar, buscando una falsa vitalidad, en realidad se traga una bomba de metales pesados acumulados por el animal durante décadas.
La lógica es implacable: si no hay cardones, las aguamalas se multiplican y devoran a los peces jóvenes. Sin pesca, la economía local se fractura, los precios suben y la seguridad alimentaria de la costa se pone en jaque.
La tortuga mueve entre cuatro y seis toneladas métricas de arena en cada puesta, renovando las comunidades del suelo y conectando el mar con la vegetación de la montaña. Romper ese ciclo es vaciar la playa.

Frente al negocio ilícito, por suerte también hay empatía. En la bahía conviven dos realidades: Por un lado, algunos temporadistas y prestadores de servicios a los que aún les cuesta entender que la música a alto volumen, la vibración y las luces nocturnas desorientan a las tortugas o que deben recoger sus toldos al anochecer.
Por otro lado, está la señora Alejandra, dueña del kiosko frente al nido, quien sin dudarlo afirmó que, si era necesario cerrar su negocio por las tortugas, lo hacía. Algunos vecinos de la comunidad también han colaborado.
Fue al día siguiente, cuando vi las fotos que se habían tomado durante la tarde, que terminé de entender la verdadera magnitud de su desespero con detalle: la vida real solo empieza una vez que tocan el agua. Por eso esa tropa de cuerpitos apurados, ese nudo ciego de caparazones y aletas amontonándose unas sobre otras, trepaba con una necesidad salvaje por alcanzar el mar.
Mientras veía los videos de la liberación, volví a pensar en mi hija recogiendo plásticos en aquel camino largo del hospital naval, y en la diferencia radical entre la vecina que está dispuesta a cerrar su negocio y ese temporadista que se niega a bajar el volumen del reproductor de su carro.
La playa no es un derecho de fiesta; es un espacio compartido. Cada reflector encendido, cada nido saqueado para el comercio ilegal y cada toldo que se deja al anochecer es un golpe a la vida que intenta volver. No hay espacio para la neutralidad ni para la falsa amabilidad: en la supervivencia de esos cuarenta y nueve tortuguillos cardones se juega, exactamente, la viabilidad de nuestro propio futuro en la orilla.
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