Humberto Fernández Morán 2

“Soy un misionero y un solitario en mi propia tierra, como lo fue Miranda y como lo fue Bolívar…  Persistiré en mi firme empeño de cumplir callado mi misión, como científico y educador, ocultando con la jovialidad de Sancho mi tristeza neta de Quijote.”

Humberto Fernández Morán

 

Seminario Razonar la Ciencia

El laboratorio moderno tiene una deuda de silencio que se niega a registrar en sus bitácoras. Cuando Europa desembarcó en las costas de Abya Yala —la América Latina originaria— no solo inició un proceso de extracción mineral y sometimiento físico; inauguró lo que el sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos tipifica magistralmente como un epistemicidio.

No solo se doblegaron cuerpos, sino que se enterró de forma deliberada un vasto tejido de sistemas cognitivos que durante milenios habían resuelto con éxito la subsistencia humana.

La narrativa colonial construyó la gran mentira de la «tabla rasa»: la idea de que estas tierras estaban habitadas por seres primitivos desprovistos de razón. Se desestimó, por puro prejuicio y codicia, que los pueblos originarios poseían ingenierías hidráulicas de terrazas y riegos que desafiaban la gravedad andina, conocimientos botánicos y medicinales capaces de identificar principios activos entre millones de especies selváticas, y técnicas de caza, pesca y astronomía agrícola calibradas con precisión matemática.

 

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El filósofo de la Liberación, Enrique Dussel, desnudó esta falacia al explicar cómo la Modernidad occidental se autoconstruyó como el «centro» del mundo, arrojando a la periferia a cualquier otra forma de habitar y comprender la realidad. Lo que hoy llamamos «Ciencia con mayúscula» nació bajo ese pecado original: la negación del Otro.

 

La Universidad maquiladora

El verdadero drama contemporáneo radica en que los procesos de independencia formal no erradicaron la matriz colonial. En la actualidad, muchas universidades latinoamericanas operan en gran medida como apéndices o sucursales de los institutos de investigación de Europa y los Estados Unidos.

Se ha consolidado una geopolítica del conocimiento donde el Norte Global actúa como el cerebro que procesa, teoriza y valida, mientras que el Sur Global queda relegado a ser un simple proveedor de datos de campo y mano de obra académica barata.

Es aquí donde cobra vigencia el pensamiento del químico y tecnólogo argentino Oscar Varsavsky. En su obra fundamental Ciencia, política y cientificismo, Varsavsky fustigó con dureza al «científico alineado» o «cientificista».

Este cientificismo ha convertido a nuestras facultades en fábricas de «investigaciones en serie». Asistimos a una marea de tesis y proyectos que son burdas copias de estudios anglosajones o europeos, plantillas metodológicas idénticas aplicadas mecánicamente que rellenan páginas, pero no transforman realidades.

 

Urgencia de miradas plurales y marcos teóricos propios

Frente a esta inercia, se vuelve un imperativo ético y político exigir la emergencia de nuevas miradas y metodologías plurales, multifocales y multidimensionales. No podemos seguir abordando la compleja y desbordante realidad latinoamericana con el corsé de la epistemología positivista occidental, que fragmenta el conocimiento y asume que la verdad solo se escribe en ciertas lenguas, en especial, en inglés.

Necesitamos con urgencia diseños de investigación que partan desde lo contextual, lo territorial, lo situado; el preclaro Simón Rodríguez, denominó Toparquía a la apropiación del territorio: cada comunidad debe conocer, habitar y transformar su propio espacio geográfico. Se desprende de este concepto robinsoniano que los habitantes de un lugar son los que mejor conocen sus necesidades, sus tierras, sus aguas y sus potencialidades.

Cada comunidad, cada cuenca hidrográfica, cada tejido social posee una especificidad histórica que no puede ser enlatada en recetas metodológicas universales estandarizadas.

Para lograrlo, la universidad latinoamericana debe dejar de mirar hacia afuera como el único faro de validación y comenzar a mirar hacia dentro. Es imperativo que nuestros estudiantes e investigadores construyan sus diseños o proyectos de investigación   dialogando, recorriendo territorios, observando, analizando y, en algunos casos, elaborando teorías fundamentadas que emerjan de los propios datos o de la información.

Esta propuesta sintoniza con la «Ecología de Saberes» de Boaventura de Sousa Santos. No se trata de desechar el método científico occidental por el simple hecho de serlo, sino de romper su monocultura dictatorial. Consiste en diseñar metodologías híbridas, donde el rigor de las ciencias se encuentre en pie de igualdad con el saber ancestral del agricultor que entiende los ciclos de la luna, o de la partera que conoce la botánica de su entorno.

 

El espejo de Humberto Fernández-Morán: Excelencia sin sumisión

En esta encrucijada histórica, la figura del científico venezolano Humberto Fernández Morán emerge como un faro de posibilidad para la región. Fernández-Morán demostró que la excelencia técnico-científica de la periferia puede codearse con el estándar global más exigente —inventando el bisturí de diamante y revolucionando la microscopía electrónica— sin necesidad de claudicar la soberanía del pensamiento ni subordinar la agenda de investigación a los intereses geopolíticos de las potencias mundiales.

Su gran mérito no fue solo el desarrollo de patentes, sino su visión de arraigo: la fundación del Instituto Venezolano de Neurología e Investigaciones Cerebrales (IVNIC) —antecedente del IVIC— concebido como un centro de vanguardia que pensaba la ciencia desde el contexto y las potencialidades del país.

El posterior asedio político e institucional que sufrió, que terminó empujándolo al exilio, tipifica una racionalidad instrumental que soslayó el genio local y prefirió la inercia y el desdén sin importarle la robustez tecnológica y científica para la salud y en definitiva, para el pueblo.

La creación de la Universidad de las Ciencias Dr. Humberto Fernández Morán representa un acto de justicia histórica y una profunda reivindicación de su legado. Esta institución subsana el desprecio y la miopía política de la cuarta república, un período que, condicionado por intereses sectarios, fue incapaz de reconocer y potenciar la brillantez de uno de nuestros científicos más universales.

Confiamos en que se convierta en el impulso de las ciencias y la tecnología para las nuevas generaciones.

 

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María Auxiliadora Castillo Espinoza (Valencia, Carabobo) es docente e investigadora de la Universidad de Carabobo (UC). Exrectora de la Universidad Politécnica Territorial de Valencia. Comunicadora social y productora y conductora del programa radial Verdiras y Mentades (RNV Región Central 90.5 FM).

Magister en Investigación Educativa y estudios de Postgrado en Lingüística; Doctora en Educación por la Universidad de Carabobo, ha llevado a cabo estudios postdoctorales en investigación y Especialización en Gerencia Pública.

 

Ciudad Valencia/RN