El injerencismo, ejercido cada vez con menor resistencia, encontró en América un paisaje de desolación tras la muerte de Chávez. En lo sucesivo, los males se profundizaron: los tácticas erróneas, las fórmulas repetidas, la coacción orgánica, la infiltración, la falta de virtud, la impunidad, la no recualificación de la integración hemisférica, la demagogia diplomática… Tantas cosas acumuladas que el malestar y la polarización se llevaron por delante un principio fundamental en el que deberían encontrarse todos los pueblos: defender el propio suelo.
El colosal Chávez cambió la historia para siempre en ese sentido, convirtiéndose en un estudioso obsesionado con la estratagema de la fuerza. Pero su intuición política ya le hacía olfatear que no toda la izquierda del país se preparaba realmente para la toma del poder. Sin complejos, estuvo dispuesto a dejar atrás a quien ya se había quedado atrás. Él mismo había tomado las armas; no le delegó la tarea a ningún gringo de mierda, ni fue un segundón en un plan conspirativo, ni el mandadero de nadie. Bolívar tampoco. Ambos prefirieron equivocarse en su propio cuero y arriesgar en la acción política, porque los discursos no arriesgan el pellejo, y sin pellejo de por medio no hay avance.
Chávez es un fenómeno político de un impacto sin precedentes cercanos porque se dedicó a construir y visualizar peligros: esos que hoy vemos cumplirse de manera profética. Se empeñó en hacer posible una vía —entre muchas— hacia un mundo mejor, y lo hizo equivocándose muchísimas veces: prefiguró un nuevo sistema-Estado que nos preparara para este momento político mundial. Denunció el genocidio cuando nadie ubicaba a Gaza en el mapa, disputó nuestra participación justa en el mercado petrolero y creó una plataforma de integración que nos hiciera, si no inmunes, al menos más robustos frente a un enemigo que lleva un siglo ambicionando el petróleo venezolano y los recursos del continente. Aun así, la lumpenburguesía local intentó desalojarlo por cuanta vía encontró.
Siempre estuvo fríamente planeado borrar de la historia un proceso como el venezolano, que definió el inicio del siglo al asumir la integración como el proyecto supremo.
De esa misma izquierda, Chávez recibió las críticas más duras y desfachatadas. Él siempre les dio cabida, aunque sabía, muy a su pesar, del talante inorgánico de un revisionismo que suele ser temerario únicamente en el plano discursivo. Se trataba, entonces, de una agenda heterogénea que por lo menos se asumía —o eso creía uno— en su totalidad antifascista. Y sin embargo, gente que mantuvo un discurso incendiario, invocando al Che al inicio de cada arenga, sintió un «fresquito» cuando se ejecutó, nada más y nada menos, que un secuestro y el martirio de personas en distintos contextos. Un escenario terrible que configuró un reacomodo violento para un show de fuerza con varios hipotéticos desenlaces, todos brutalmente desastrosos.
De esa izquierda se apoderó un denso silencio frente a las sanciones: no solo las nuestras —que reconfiguraron nuestra psique para siempre—, sino las atestadas a escala global y unilateral por una gendarmería que oficia a nivel suprainstitucional, como las mafias.
Oponerse a la injerencia, dondequiera que se perpetre, es un deber moral. ¿Cómo es que no aplica para tu propio país? Ello no representa necesariamente un respaldo al gobierno —en qué cabeza cabe—; se trata de comprender que la sobrevivencia (entendida con la responsabilidad de frenar un embargo o la balcanización, un riesgo que aún corremos) no es una opción entre muchas. Enfrentar eso lleva implícito apelar a la soberanía como pacto social, asumiendo que la tierra propia es el eje estratégico de cualquier proyecto soberano.
Lo verdaderamente grave es hacerse el pendejo como oficio. Por un lado, el negacionismo de un Estado sumido en vicios que lo descomponen, lo desvirtúan y lo articulan bajo una lógica del sometimiento; por el otro, los agoreros de la fatalidad que delegaron su acción política a los intereses más rapaces.
Cabe destacar que no hubo entrevista, periódico, podcast, volante, mural o marcha que no advirtiera sobre el impacto de una fórmula de agresión tan lesiva para el país como las sanciones. Y conviene enfatizarlo porque están muy lejos de ser levantadas. En el juego político, cada ficha es una palanca de negociación y vaya que, desde el punto de vista práctico, la acumulación de incentivos de EE. UU. se basa en una táctica hamponil que actúa por la fuerza —no solo aquí, sino en todo el mundo— y obtiene resultados favorables a sus objetivos. Aquí sí cabe decir: esto se advirtió.
No se entiende cómo se permitieron llamados de ese tipo, cómo se aplaudieron y cómo siguen sin figurar como elemento causal de la compleja situación del país. No es el único factor, pero opera en la dimensión real en que existe. Que dejen de ser tan irresponsables ante la historia, y mucho menos pretendan serlo a nombre de Lenin o de Marx.
Cómo se puede confiar en una «izquierda» que contempló en silencio —cuando no con cínica complacencia— cómo se ponía precio a la cabeza de seres humanos al más puro estilo del lejano oeste? Mientras se ofrecían recompensas en carteles imperiales y la agresión escalaba en forma de sanciones desalmadas contra todo un pueblo, prefirieron la tibieza discursiva y la complicidad omisa. Una izquierda que asiste impasible a la cacería de su propio país no es alternativa ni reserva moral de nada: es apenas la comparsa servil de la misma agresión que juraba combatir.
Cruzarse de brazos ante semejante exhibición de fuerza y agresión criminal, mientras el país era asfixiado por sanciones, no es una postura ética, ni coherente, es una capitulación. Y frente a la historia, la capitulación disfrazada de pureza ideológica se llama oportunismo o cobardía.
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Autora: María Alejandra Rendón
Ciudad Valencia/LSFLC













