Por: Jean Edmond Paul
Profesor, investigador y activista haitiano:
Hermanos y hermanas de los movimientos sociales y los gobiernos del mundo,
les escribo desde el corazón de un Haití lacerado, pero indomable. Nos dirigimos a ustedes —los pueblos que luchan, que resisten y que alzan la voz contra todas las formas de dominación en Nuestra América— para romper el cerco de las mentiras mediáticas y compartir la verdad descarnada de nuestra tragedia actual.
El debate internacional suele reducir nuestra realidad a simplificaciones racistas y coloniales: nos llaman «país inviable», hablan de «violencia tribal» o nos presentan la ilusión de «fuerzas externas de salvación».

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Como nos enseña la pedagogía crítica de Paulo Freire, estas narrativas dominadoras buscan anestesiar la conciencia y ocultar las estructuras profundas de opresión. La crisis que hoy ahoga a Haití no es producto de una maldición histórica ni de la incapacidad de su pueblo, sino el resultado directo de la complicidad criminal de una élite política ilegítima, la privatización salvaje de la seguridad y el fracaso reiterado de las intervenciones imperiales y multilaterales.
Las bandas armadas que hoy aterrorizan nuestros barrios no surgieron de la nada; operan como el brazo ejecutor y represivo de facciones políticas y económicas dispuestas a desmantelar cualquier tejido de organización popular y sofocar nuestros legítimos reclamos de justicia. Frente a las masacres, los desplazamientos forzados, la extorsión sistemática y la exposición macabra de la muerte, la respuesta de las autoridades ha sido una inacción deliberada y cómplice.
En este páramo de desamparo absoluto, donde el derecho elemental a la vida ha sido pisoteado, es comprensible que sectores desesperados busquen refugio en figuras heterogéneas. Pero debemos decirlo con claridad: ni el retorno de actores como Guy Philippe, ni las respuestas punitivas aisladas de figuras como Ernest Muscadain, ni los discursos de unidad digital desde el exterior tienen la capacidad estructural de transformar un sistema corroído hasta la raíz. Son el síntoma desgarrador de un pueblo al que se le ha negado todo.
Más grave aún es el cínico negocio de la seguridad privada. Mientras las fuerzas públicas locales eran vaciadas de recursos, las autoridades ilegítimas hipotecaron nuestra soberanía firmando contratos millonarios con corporaciones extranjeras (como las vinculadas a la red de Erik Prince), cediendo el control fiscal y estratégico de nuestras aduanas, aeropuertos y fronteras. El dinero fluye hacia los contratistas de la guerra, mientras las familias haitianas continúan durmiendo a la intemperie.
Es imperativo denunciar la farsa de las misiones multilaterales y de intervenciones ajenas presentadas como actos humanitarios. La reciente intervención y las reacciones de fuerza del gobierno de El Salvador no responden a ninguna solidaridad con el pueblo haitiano; son, en realidad, una respuesta corporativa y una venganza militar directa por la retención y el ataque sufrido por sus propios soldados a manos de las pandillas.
La vida del pueblo haitiano jamás ha estado en el centro de su agenda; solo cuando su propio personal militar estuvo en riesgo se activó una respuesta bélica contundente. Que sectores de nuestra población, agotados por cinco años de tortura e impunidad, lleguen a aplaudir estas acciones es solo el reflejo de nuestra profunda vulnerabilidad.

Mientras el pueblo sufre, el rostro más infame de esta crisis habita en las altas esferas de nuestra propia clase acomodada: guardaron silencio cómplice mientras los barrios populares ardían, pero hoy alzan la voz con leguleyos argumentos de «derechos procesales» tan pronto como las operaciones de fuerza amenazan a los operadores de sus propias redes de complicidad.
Movimientos hermanos de América Latina: Haití no necesita más tutelaje neocolonial, mercenarios corporativos ni discursos diplomáticos alienantes. Nuestra reconstrucción no será un regalo de afuera; exige recuperar nuestra soberanía histórica mediante una praxis colectiva y liberadora (Fanon; Freire) que limpie nuestras instituciones de toda connivencia criminal y anteponga la dignidad sagrada de la vida humana por encima de los intereses del capital transnacional.
Les convocamos a tejer la solidaridad internacionalista desde abajo, desde la complicidad de los pueblos que no claudican.
¡Por la soberanía de Haití y la emancipación de los pueblos de Nuestra América!
Fraternalmente,
Jean Edmond Paul
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