(A la mystérieusse)
El diccionario compila unas diecisiete acepciones de la palabra «loco» por lo cual es difícil establecer un sólo código de lectura al usarla o al recibirla en un escrito.
Por lo general, y creo que debido a nuestro carácter guasón, entre nosotros «loco» es el que hace tonterías, el que vive divirtiéndose y divirtiendo a los demás, de allí que se le represente como a los bufones, quienes por cierto de locos no tenían nada, se hacían los locos para vivir a expensas de la corte, que es otra cosa.
De ese estilo hay locos famosos por caricaturescos,como el Pato Lucas, cuyas locuras son siempre divertidas y casi siempre se sale con la suya, a diferencia de su amigo Porky, que teniendo mejor criterio no pega una.
Pero en realidad, no creo que sea tan así.
A través de los siglos, gracias a la literatura, la locura se ha visto desde un punto de vista muy romántico: se cree que estar loco es una especie de felicidad y aceptación de tu ego apartado de las imposiciones sociales.
«El loco», de Khalil Gibran, lo expone como una especie de lucidez cuando ya sin máscaras el personaje se asume y asume la realidad que antes no veía.
La literatura está llena de estos locos mansos y simpáticos que representan la lucidez y la conciencia de la sociedad donde se mueven, y siento que es una mala interpretación del «Elogio de la locura» de Erasmo de Rotterdam, y dicha confusión es posible que esté dada por la coincidencia fonética de las palabras locura (folie) y alegría (joie) en francés; es decir, hacemos locuras para alegrarnos la vida. De allí que exista gente dispuesta a «celebrar la locura» sin saber realmente de lo que se trata.
Ahora bien, en realidad Rotterdam habla de la capacidad de discernir y actuar al margen del orden establecido «pensar por cuenta propia»; y cómo ninguna sociedad acepta este tipo de actitudes, termina por descartar a quienes la practican calificándolos de locos; ya lo ha dicho Schopenhauer: «Lo que más odia el rebaño es aquel que piensa de modo distinto».
Habla la locura:
«Soy la verdadera ‘otorgadora de bienes’ a quienes los latinos llamaron Stultitia y los griegos Moria. Si alguien me tomara por Minerva o la Sabiduría, con una sola mirada y sin palabras se desengañaría». («Elogio de la Locura»/Erasmo de Rotterdam).
Este, creo yo, es el origen de la confusión de donde deriva esa visión romántica del loco lúcido, divertido y conciencia de la sociedad, lo que le achacan también a los artistas con aquello «de músico, poeta y loco…», ya sabemos el resto.
Gracias a este vuelo romántico y poético, desde la literatura, por todas partes conseguimos locos tocados por la gracia divina capaces de iluminar la conciencia de los más obtusos y de paso alegrarnos la vida.
Sin embargo, para mí no es tan así: en principio la pérdida de las facultades mentales es una enfermedad grave, una degradación de la persona que lo aparta de su entorno, y si no tiene quien vele por él, es una degradación destructiva que lleva a la muerte o al crimen, en algunos casos.
No hay nada romántico en esos artistas que vivieron ese proceso y en momentos de lucidez dejaron su testimonio: Holderlin, Artaud, Nietzsche, Van Gogh, Camille Claudel…

En nuestro país, el caso más conocido (y también el más explotado) es el de Reverón, pero también están Ida Gramko, Hanni Ossott, Miguel James, Armando Rojas Guardia, quienes han tenido su vida repartida entre la locura y la lucidez, entrando y saliendo de sanatorios.
Mención aparte merece Andrés Mariño Palacios, que fue uno de los mejores narradores de la década del ‘40, miembro del grupo Contrapunto y quien perdió la razón en 1948. A partir de ahí su familia lo encerró, se dice que por vergüenza, hasta su muerte veinte años después.
Otro caso digno de mención es el de la poeta y actriz aragüeña Zoraida García, quien murió trágicamente víctima de un crimen nunca esclarecido, luego de transitar envuelta en la oscuridad de su conciencia, abandonada a su suerte por las calles de Maracay.
Ahora bien, también a través del arte se ha desarrollado la idea del amor como una especie de hermosa locura, y hay cientos de canciones que lo dicen hasta el cansancio: «la verdad sí estoy loco, pero loco por ti», pero no deja de ser una metáfora bastante desafortunada porque muchas veces el amor nos alienta a vivir y la locura es una no-vida: no hay amor en la locura.
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Lo que sí puede suceder es que el amor lleve a la pérdida de la razón, es lo que pasa con los celos, atacan la falta de autoestima, la inseguridad del ser, que lleva por un tortuoso camino de dolor. El celópata es alguien que vive un desorden mental de bajo nivel. Sufre y hace sufrir a la persona que se supone ama; y en la medida en que esa condición se expande como un tumor puede convertirse en tragedia y terminar en un crimen pasional, lo cual, lamentablemente, es bastante común.
Son pocas las veces que encontramos obras que estén cerca de una visión más realista de lo que es la locura: la descripción de almas degradadas, llenas de angustia y tristeza; esos son los parámetros reales de la enfermedad: la angustia creciente que al explotar te lleva a una tristeza permanente del espíritu y, si tienes suerte, a la muerte, que siempre es preferible a vivir en ese estado de no-vida.
Ciudad Valencia / Manuel Cabesa*











