(A la mystérieusse).
Hace poco en una reseña escrita por María Luisa Angarita sobre el poemario de Viggo Mortensen, «Ramas para un nido», conseguí este aforismo del autor que me ha hecho pensar:
«Creo que hay que proteger a la poesía de los poemas. Y de los poetas, sobre todo».
Y es que al parecer, en estos tiempos en que hay tanta gente compartiendo sus libros y poemas sueltos en las redes, resulta que la gran mayoría de los poetas están más cerca de sí mismos que de la misma Poesía.
Gracias a las redes la frase de Octavio Paz: «El poeta quiere ver que lo vean» ha alcanzado unas dimensiones asombrosas, ahora el poeta no sólo quiere ser visto, él mismo se publicita como un champú y exige su audiencia sin el menor escrúpulo.
En su libro «La máscara y la transparencia» (1975), Guillermo Sucre hizo una división de los poetas latinoamericanos en categorías relacionadas con sus búsquedas: los obsesos por la historia, los experimentadores del lenguaje, los enamorados del silencio, etc… y los inclasificables como Tomás Segovia, Enrique Molina o Humberto Díaz Casanueva.
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Hoy, siguiendo el ambiente de las redes, podemos dividir a los poetas en…
Los que comparten un texto y solicitan a sus allegados y público en general que les den «likes» aprobatorios como si fueran participantes de «Cuánto vale el show» o algún concurso de belleza.
Los que publican (o auto-publican) libros indiscriminadamente sin ni siquiera revisarlos y sin tomar en cuenta que cada libro es un compromiso adquirido con el lenguaje y una responsabilidad frente al lector:
«Ser Proust, Henry James, Valéry,
o no ser nadie
ser Baudelaire
o no escribir una línea…
(Alberto Girri «El ojo», 1963).
Los que una vez publicado su libro (o muchos) y solicitan no sólo que los lean sino que se acercan a cualquiera que ocupe algún espacio en los medios pidiendo que escriban sobre ellos «aunque sea mal, pero escribe…»
Los que comparten diplomas, certificados de cuanto curso o taller realizan exhibiéndolos como sus «logros» sin saber que «cada poema no es sino el testimonio de un incesante fracaso», como dijo el poeta Álvaro Mutis.
Los que, luego de haber transitando por talleres, cursos, grupos y demás; más allá del frondoso Neruda, nunca han oído hablar de Vicente Huidobro, César Vallejo o José Lezama Lima porque nunca se los nombraron en dichas cofradías ni ellos han tenido la voluntad de investigar en la historia de la literatura buscando sus posibles antecedentes:
«Yo creo que hay un problema grave: no sólo se conocen mal las otras disciplinas; es que ni siquiera se conoce la propia. Y esto ocurre por un quiebre general del saber humanístico. Andrés Bello en Caracas, dominaba a la perfección su Virgilio y sus clásicos. De eso a la cultura que actualmente adquirimos todos aquí hay un abismo muy grande».
(Pere Gimferrer, revista Quimera mayo 1981).
Los que se regocijan, como el perro de Tiroloco McGraw, cuando alguien les dice «maestro» y hasta exigen ser tratados como tales, poniendo en entredicho el noble oficio que muchos ejercen en diversas instituciones escolares frente a un sin fin de muchachos y por un triste salario.
Los que convencidos de su inocuo magisterio auto-celebran sus bodas de papel, pensando que han legado algo a la humanidad al agregar otro libro a los millones de libros que circulan cada año y que a nadie importan: «Qué vanidad, después de tantos libros, escribir uno más» fue la lúcida conclusión a la que llegó José Emilio Pacheco hace algunos años.
Todo teniendo como objetivo final satisfacer el ego del autor en esta desafortunada feria de vanidades donde el lector se lleva la peor parte:
«A mi juicio, la admiración sincera proviene de lo que en nosotros mismos hay de admirable. Sin embargo, ser admirado, en cambio, es cosa bastante más peligrosa y no digamos buscar admiración, que puede resultar hasta rastrero. Aunque lo bueno es gustar de vivir, a menudo lo confundimos eso con vivir de gustar, que es algo más menesteroso y deleznable.
(Fernando Savater «Figuraciones mías», 2014).
En dos platos: no hay nada más triste que realizar cualquier cosa, en especial cualquier arte, no por necesidad de explicarnos o expresarnos, sino para sentir el halago del público.
La trayectoria no hace al poeta, menos el ser reconocido, hay más pasión e intensidad en la búsqueda que en el supuesto logro.
La única esperanza que aún queda es saber que, a pesar de todo, la Poesía nace a expensas de los poetas y que de las manos más inesperadas siempre habrá una oportunidad para el Poema.
pastos del poema
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Manuel Cabesa*
*(Caracas, 29/11/1960). Poeta, narrador, ensayista y bibliotecario; reside en el estado Aragua desde 1994. Fue beneficiario de los Talleres de Creación Literaria del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG) en tres oportunidades: poesía (1980); narrativa, (1999) y ensayo histórico, (2002). Con el apoyo de la Coordinación de Literatura de la Secretaría de Cultura del estado Aragua inicia en 1999 un taller literario que aún se mantiene activo de forma independiente bajo el nombre de Los Moradores y fue miembro fundador de la Agrupación Cultural Pie de Página. Ha representado a Venezuela en el 1er. Taller Iberoamericano de Poesía (Cuba, 1993); Festival de la Cultura del Caribe (México, 1996) y Festival del Nuevo Cine Latinoamericano (Cuba, 1999).
Ciudad Valencia / RM













