Busqué al escritor Arnaldo Jiménez para preguntarle cómo lograr que los jóvenes de hoy conecten con novelas como Piedra de mar, de Francisco Massiani, o El viejo y el mar, de Ernest Hemingway.
Jiménez me explicó que un lector formado comprende que esas obras pertenecen a épocas con otro ritmo de vida, pero para quien no tiene el hábito, la distancia de ritmo dificulta el contacto con la historia.
Sobre la enseñanza tradicional, Jiménez señaló que el problema está en la escuela. El sistema convirtió el libro en una tarea por obligación. Leer se reduce a buscar datos para responder exámenes con preguntas de un solo modelo.
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Se enseña a extraer información, pero se elimina el gusto por la lectura y la interpretación de cada persona. Además, si el profesor no lee, carece de herramientas para motivar a sus alumnos y solo cumple un programa.

Le planteé el impacto del consumo digital y las redes en los jóvenes. Ante esto, Arnaldo explicó que las plataformas de internet no motivan a buscar el texto de origen, sino que lo reemplazan. Al ver un resumen de tres minutos, la persona se conforma con esa síntesis. De este modo, se pierde la capacidad de atención que exige un libro.
También le expuse el tema de la censura que ejercen los adultos frente al lenguaje de la calle en la literatura. Jiménez explicó que la clave es hablar sin rodeos con los alumnos. La literatura muestra varias formas de expresión, desde el lenguaje de norma hasta las groserías y modismos del día a día. Mostrar esa variedad ayuda a entender que las palabras de la calle no buscan ofender, sino reflejar la vida real.
Para la etapa de inicio sugiere también lecturas de pocas páginas: Microcuentos, de Lilian Elphick, el libro Quitapesares y otros chupitos, de Toti Vollmer, relatos de Laura Antillano, o cuentos de misterio y de policía. El docente debe organizar sesiones de diez a quince minutos y contar partes de la trama para despertar la curiosidad.
Para cruzar el puente hacia obras como El viejo y el mar, Arnaldo propone usar la tecnología a favor. Sugiere aprovechar que los jóvenes tienen celulares para ver en parejas adaptaciones en cine, cortometrajes o cómics. Tras ver la versión visual, el grupo comenta la trama y pasa al libro físico para comparar.

Para Jiménez, mientras menos exigencias académicas o evaluaciones se impongan, mayor será el interés. La meta debe ser el disfrute de la historia, no la presión de un examen.
Esta propuesta nace de su trabajo de campo: cuatro años como coordinador del programa de lectura de la Gobernación en Puerto Cabello y Morón, y doce años en los talleres de la Casa de Bello.
En ese tiempo dictó talleres en Valencia, Guacara y Urama, en liceos como el Miguel Peña, la UNIPAP y escuelas de los cerros. Allí organizó el festival de poesía de Morón junto al cronista Alexis Coello.
Su labor derivó en publicaciones en El Carabobeño, Notitarde, El Diario La Costa y la revista La tuna de oro, además de libros que escribieron sus alumnos, como Eclipse de pajarito, de Jisbel Nava, y El misterio de los techos, de Moisés Uribe. Su respuesta demuestra que formar a un lector requiere tiempo y constancia para romper el molde de la escuela.
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