(Para la mystérieusse)
Ese es el nombre conque presentaron a Eugenio Montejo en el registro, una vez que naciera un 19 de octubre de 1938, y el nombre conque publicará sus primeros versos bajo el título de Humano Paraíso (1959): «En Humano Paraíso, su primer libro, ya están presentes las coordenadas de su obra poética…» (Elena Vera, El Nacional: 07/08/1982).
Con su segunda publicación: Élegos (1967) decide cambiar sus patronímicos familiares por el de “Eugenio Montejo” con el cual lo hemos venido leyendo por casi sesenta años; a partir de 1983, con la publicación de El cuaderno de Blas Coll, comienzan a aparecer las personalidades heteronímicas que complementan su personalidad y su obra, y que han sido motivo de muchas reflexiones y especulaciones acerca de ese aspecto teatral de su escritura, que de alguna manera lo vincula con Antonio Machado y Fernando Pessoa.
Pero no es su poesía, ni sus personalidades heteronímicas el motivo de esta nota, sino unos pocos recuerdos personales sobre el hombre que: «La huella más honda que deja (…) a su paso por la tierra está representada por la mancha de tinta de su propia escritura».
DEL MISMO AUTOR: TRABAJAR EN EL POEMA (3)
Hace ya cuarenta y tres años vine de visita a Valencia, la de Venezuela, según el poema de José Rafael Pocaterra; paseo que hubiese pasado al baúl de los recuerdos sin ninguna señal que lo destacara de no haber sido que ese día, en la solariega ciudad, conocí a Eugenio Montejo.

Luego de dar vueltas buscando librerías, mi amigo Carlos Antonio Silva y yo decidimos que antes de volver a Guarenas, donde vivía entonces, teníamos que almorzar en “Perecito”, restaurante que era leyenda para nosotros porque, según estábamos informados, era el sitio de reunión predilecto de los poetas valencianos a los que admirábamos, gracias sobre todo a la fiel lectura de la revista Poesía.
Y allí llegamos, y aunque el local no estaba atiborrado de poetas, resultó un sitio agradable para compartir un rato antes del regreso. Sin embargo, resultó que al poco rato de estar allí, llegó Montejo acompañado de una dama, la cual supuse era su esposa Mucha.
Durante un buen rato lo observamos con emoción, sin decidirnos a acercarnos. Llevaba yo, casualmente, un ejemplar de Trópico absoluto, y ése fue el pretexto para irrumpir en su mesa, en donde nos atendió solícito, con una amabilidad que no esperábamos y que, luego de firmar el libro, se reafirmó cuando nos invitó a un taller de poesía que coordinaba en la sede del Ateneo esa misma tarde.
Pasamos luego el día dando vueltas, escasos de dinero, pero emocionados por la invitación, hasta que llegó la hora y pudimos compartir con el grupo reunido a su alrededor, de entre quienes recuerdo a Adhely Rivero (a quien ya conocía gracias a la amistad de Luis Alberto Angulo), Eloi Yagüe y Luis Cedeño, a quien no conocíamos, pero quien terminó esa noche por ser nuestro anfitrión y gran amigo.
Pues resultó que una vez terminada la sesión, cuando Montejo se enteró de que veníamos de muy lejos y no teníamos donde pernoctar, solicitó la solidaridad de los poetas presentes y dijo una frase que nunca he olvidado: «Muchachos, la poesía no paga hoteles, por favor ¿quién de ustedes puede alojar a los poetas hasta mañana?».
Se debatió la posibilidad entre Adhely y Luis, por quien finalmente nos decidimos por vivir cerca del terminal de pasajeros y cuya generosidad aún agradezco, pues una vez en su casa la velada se prolongó por varias horas entre lecturas y descubrimientos.
Con Montejo me pude reunir dos veces más, en 1986 y luego en 2002. Pocas en realidad, pero suficientes para que se estableciera un vínculo de amistad manifestado en los saludos que recibí de vez en cuando a través de amigos comunes, ratificando siempre su aprecio, cosa que siempre agradecí, pues no es costumbre contar con el recuerdo fraternal de un poeta cuyo nombre le ha dado la vuelta al mundo.
Manuel Cabesa*
Ciudad Valencia / RN













