(Para la mystérieusse)
En un comentario sobre L. F. Celine, Arturo Uslar Pietri escribe lo siguiente: «Es casi una ley que los grandes escritores caen, a raíz de su muerte, en un largo período de desden y devaluación. Ese purgatorio puede ser largo pero de él emergen seguramente, en toda la lumbre de su verdadero valor, los verdaderos creadores».
Tal es el caso de José Antonio Ramos Sucre. A raíz de su muerte el 13 de junio de 1930, su obra: naufraga durante largo tiempo en un mar de injusto olvido. No es sino hasta 1945 cuando tímidamente Carlos Augusto León publica «Las piedras mágicas», primer libro que se dedica completamente al poeta, para luego caer en otro largo espacio de silencio.
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Al respecto Tomás Eloy Martínez escribió: «Más de treinta años se tardó en saber quién era, en verdad, José Antonio Ramos Sucre. Los críticos de su época lo habían definido como un poeta cerebral, impermeable a las respiraciones de la vida, y por lo tanto, condenado a la creación de paisajes irreales y abstractos. Sus textos permiten adivinar, sin embargo, detrás de un sutil enmascaramiento, una historia de soledad, neurosis y desinteligencia con el medio».

A finales de los años 50, el Ministerio de Educación publica el volumen «Obras» con una presentación del poeta Felix Armando Nuñez, que compila los tres libros editados antes de su muerte: «La torre de Timón» (1925), «El cielo de esmalte» (1929) y «Las formas del fuego» (1929), lo que significó un descubrimiento para los poetas que se formaban esos años y que convergirían en la conocida Generación del 58, donde un grupo de voces se levantan para definir un rumbo renovador dentro de la poesía venezolana.
Uno de estos poetas, Francisco Pérez Perdomo es el encargado de realizar una «Antología Poética» del cumanés para Monte Avila Editores en 1970 y que conocerá varias ediciones a lo largo de los años en distintas colecciones de la principal editorial del Estado.
Mientras tanto la presencia de Ramos Sucre va trascendiendo a través de artículos, ensayos, estudios, foros y homenajes que se le tributan de generación en generación hasta nuestros días. Se levantan todo tipo de juicios de valor y se le adjudica todo tipo de tendencias: se le quiere ver como a un parnasiano, como un romántico tardío, como simbolista e incluso el crítico rumano Stefan Baciu llega a considerarlo un surrealista «avant la letre».
Ante este cúmulo de interpretaciones, Guillermo Sucre comenta lúcidamente: «Ramos Sucre no ha sido un poeta olvidado sino mal leído, y no por incompetencia de la crítica, sino porque su obra tiende a suscitar todos los equívocos. Es posible que una de sus claves sea el equívoco mismo».
Al igual que Lezama Lima, Ramos Sucre siente que «sólo lo difícil es estimulante» y su obra plantea toda serie de dificultades para estimular las más diversas lecturas. El mismo bardo, mucho antes que el poeta cubano, en el artículo «Ideas dispersas sobre Fausto» establecía los parámetros de rigor con que se debe asumir una obra:
La mayor parte de las obras maestras lo son de oscuridad y su lectura no aumenta la noción que de oídas habíamos adquirido acerca de ellas. Es natural que las enseñanzas de los genios sean enigmas; a nadie le extraña que el caudal de agua caído desde muy alto sobre la tierra, la hiera profundamente y se envuelva en nieblas evanescentes. Con razón ha dicho alguien que lo claro es generalmente vulgar o que lo bello se presenta ataviado de una oscuridad y misterio que a unos causa inquietud y a otros respeto.
(El cojo ilustrado , núm. 488, abril de 1912).
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Manuel Cabesa*
Ciudad Valencia / RN













