El 24 de junio, cuando la tierra liberó energía con dos terremotos con diferencia de treinta y nueve segundos, yo no estaba con mi hijo Sebastián Andrés. Él tiene ocho años y un diagnóstico de autismo nivel dos.

En el instante en que las líneas telefónicas colapsaron y el servicio eléctrico falló, mi primer pensamiento no se limitó al resguardo físico; se concentró en imaginar su reacción ante el ruido y el movimiento. Tuve miedo por la distancia, a pesar de la seguridad de que mi hijo se encontraba a buen resguardo.

 

Sebastián Andrés y Marhisela-Puerto Cabello-terremotos-neurodivergencia

 

La imposibilidad de comunicarme se extendió por horas. Existe la creencia de que los niños dentro del espectro autista habitan «en su propio mundo»; sin embargo, la experiencia demuestra que se encuentran hiperconectados a este, expuestos a cada alteración del entorno de forma masiva. Esa incertidumbre personal me llevó a buscar el testimonio de otras familias en la ciudad para entender cómo gestionaron el doblete sísmico en sus casas.

Al mirar de cerca, descubrí que la supuesta tribu comunitaria no siempre funciona como red de apoyo. En momentos de caos, el entorno puede transformarse en un amplificador del trauma, obligando a los padres y cuidadores a mantenerse en la intimidad para preservar la cordura.

 

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El entorno como amplificador: Vicente Andrés

Vicente Andrés tiene ocho años y diagnóstico de autismo nivel uno. Cuenta que durante el temblor sintió miedo cuando percibió el movimiento en sus pies. Su madre, Beglys Veruska Sánchez, trabaja como profesora de Geografía, lo que le facilita explicarle bajo conceptos claros el origen de sismos, tsunamis y volcanes.

 

Vicente Andrés y Beglys Sánchez-neurodivergencia-Puerto Cabello

 

Sin embargo, la falta de electricidad y la dinámica de la calle suman complejidad. Sánchez señala que el niño procesa y repite sin pausa los comentarios alarmistas que escucha de los vecinos: «Mamá se murió, rescataron a no sé quién, mamá se derrumbó tal cosa». El pánico de la comunidad se cuela en su cabeza. El temor se manifiesta con crisis de llanto o risas sin control, lo que exigió labores de contención por parte de la madre en medio de la oscuridad del apagón.

 

El refugio ante la pérdida de autonomía: Luis Cristancho

«Cuando estuvimos en el temblor me asusté y pensé que nos pasaría algo malo, hoy estoy nervioso». Este relato de Luis Cristancho, de ocho años, muestra el peso del postraumático. Su madre, Ana, detalla que los temblores provocaron un retroceso en los avances cotidianos del niño.

 

Luis Cristancho y Ana-neurodivergencia-Puerto Cabello

 

Desde el día del sismo, Luis dejó de dormir solo en su cuarto para regresar a la cama de sus padres. Rechaza la soledad para actividades básicas como el baño y se aferra a un peluche de apego que mantiene junto a él en todo momento.

Sus padres manejan la ansiedad reduciendo la exposición a los noticieros frente a él y ofreciendo respuestas lógicas. Ante los cortes de luz y la tensión colectiva, colgaron hamacas en el patio. Ana define este espacio exterior como «nuestro lugar seguro, nuestro refugio», evidenciando que la protección real se encontró hacia adentro, lejos del bullicio público.

 

La precisión del impacto sensorial: D’Angelo López

En los adolescentes, la experiencia mantiene la misma línea de alerta sensorial. D’Angelo López, de 14 años, describió su vivencia durante el movimiento telúrico con exactitud física y emocional: sintió miedo, susto y «mariposas en el estómago» en el instante en que la estructura se movía. Su testimonio desarma el prejuicio de la indiferencia.

 

D'angelo López y Belinda López-neurodivergencia

 

El impacto se inscribe de forma directa en el cuerpo, una realidad que su entorno debió acompañar a oscuras, descifrando la reacción de un joven que, aunque es verbal, habla poco.

 

Los aprendizajes de la supervivencia

La información difundida por plataformas de apoyo como @espacio.autista confirma que estas reacciones no constituyen problemas de conducta, sino respuestas orgánicas al estrés extremo ante una emergencia. Cuando los servicios públicos fallan, la supervivencia familiar exige pautas de accesibilidad que la comunidad general suele ignorar.

Las madres de Puerto Cabello debieron activar sus propias estrategias de contención en la penumbra. El manejo de estas crisis dejó lecciones claras sobre cómo proceder en el hogar:

Importa hablar con frases cortas y concretas («Vamos a salir», «Estamos a salvo») y aplicar preguntas cerradas de «sí o no», si el menor experimenta bloqueos en el habla o reducción en su comunicación habitual.

La prioridad es disminuir los estímulos, alejarse de conversaciones simultáneas o gritos de vecinos, y evitar forzar el contacto físico si este no contribuye a la calma.

Es indispensable verificar la disponibilidad de agua, alimentos tolerados y fuentes de energía o baterías de respaldo para los dispositivos que sirven como canales de comunicación visual.

El doblete sísmico dejó claro que, para estas familias, la crisis no termina cuando cesa el temblor. La verdadera tarea comienza en el silencio posterior, construyendo la seguridad dentro de un entorno al que todavía le falta aprender a escuchar la neurodivergencia.

 

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