Una casa no se mide por el grosor de sus columnas, sino por los cuerpos que ha resguardado y por los ciclos que acumula en sus rincones. Para la escritora y educadora María Inés Arrabal, la vivienda que compró en 1965, junto a su esposo Alberto José Brandt, era en esencia un registro del tiempo.
La habitaron en enero de 1966, cuando la calle era solo tierra y esa estructura era la única ocupada. «Nos gustó porque por donde se mirara se veía el cielo. Tenía mucha luz», recuerda.
Allí llegaron sus hijos recién nacidos al salir de la clínica; allí funcionó la Escuela Santa Inés, donde muchos niños de Puerto Cabello aprendieron a leer. Con los años, el espacio cambió al ritmo de las necesidades: en 1980 levantaron la segunda planta y en 1992 se construyó el estudio, ese rincón de la planta baja destinado a la lectura, a los bonsáis de la terraza y a la escritura de poemas y cuentos.

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La casa resistió el sismo de 1967 (con María Inés en el octavo mes de embarazo), el temblor de 1989 y la inundación de 2013, cuando el agua de la vaguada subió medio metro dentro de los cuartos. Las paredes tienen memoria de resistencia.
Este 24 de junio de 2026, esa memoria se fracturó. Un doble terremoto, con epicentro cerca de Morón, liberó una energía que sobrepasaba los peores desastres. María Inés estaba sola en la planta alta, tras salir de bañarse, cuando la tierra comenzó a moverse. Hubo un corte de electricidad y el ambiente quedó a oscuras. Mientras las estructuras crujían, ella buscó la cesta donde guarda las llaves y el teléfono.

«No miré a mi alrededor, solo veía las escaleras. Escuchaba el rugido de la tierra y la casa como gritaba, mientras mi propia voz decía: ‘Dios mío ayúdame, no me desampares’. Era una letanía seguida».
La falta de aire y la opresión en el pecho marcaron el descenso. A ciegas, logró colocar la llave en la cerradura, salir a la acera y asegurar el candado de la reja exterior, un acto de protección autómata en medio del colapso.
Un motorizado se detuvo al verla y pidió ayuda a la comunidad. Los vecinos, entre ellos la doctora Rita Salazar, la asistieron en la calle: una silla, aire, sal sobre la lengua para estabilizar la presión y los brazos ajenos para sostener el temblor del cuerpo.
El verdadero impacto de la pérdida se mide al regresar. Minutos después, acompañada por sus vecinos, María Inés entró a su casa para recuperar el teléfono y comunicarse con su hijo. El desastre interior no era solo de estructura, eran sus pertenencias: el suelo estaba cubierto de vidrios rotos, vasos y adornos. En el estudio, el rincón de la escritura, el desorden era total. Los bonsáis, desatendidos desde ese minuto, comenzaron a secarse en la terraza.
Hoy, María Inés habita un espacio en casa de su hijo, con un bolso que contiene ropa básica y el peso de una experiencia que la obligó a salir de su centro. No regresará hasta que un ingeniero evalúe el estado real de una columna en la planta baja. La mujer que ha sorteado inundaciones y duelos repite que mantiene la fe intacta, pero reconoce que el ahogo en el pecho insiste cuando vuelve el recuerdo.
En la calle vacía queda la estructura de dos plantas, esperando el diagnóstico que diga si el lugar que alguna vez estuvo lleno de cielo vuelve a ser habitable.
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