En el poniente de su vida, en el filo austral de nuestro continente, Andrés Bello recibe un café del fundo “El helechal “, que le perteneciera en la Fila de Mariches, ubicada en los alrededores de Caracas. Con el aroma del café, se allega la nostalgia del ilustre anciano.
Otro viejo, pero deslenguado e incómodo, Simón Rodríguez, en su errancia crepuscular, también por el sur de la América Meridional, animado de sentimiento contrario al de su compatriota Bello, desea volver a Europa y rechaza con rebeldía una invitación de Carlos Soublette, presidente de Venezuela, para su retorno a Venezuela, con garantía de hospitalaria acogida.
Poco sabemos de la educación recibida por Rodríguez, apenas que su padre y un tío sacerdote lo guiaron en sus primeros pasos y que asistió a una de las tres escuelas que entonces existían en Caracas.
DEL MISMO AUTOR: ANDRÉS BELLO: CARACAS, VENEZUELA Y AMÉRICA
Muy rigurosa y esmerada debió ser tal educación para que a sus veinte años, aproximadamente, en 1791, fuese designado maestro de la escuela pública de Caracas. Un año después, en 1792, el prestigio del talento de este caraqueño impulsó a uno de los patricios de mayor riqueza e influencia en la ciudad de Caracas, Feliciano Palacios y Sojo, a convertirlo en amanuense de sus negocios y en tutor del niño Simón Bolívar.
Ya cercanos sus veinticuatro años de edad, en 1794, el entonces joven maestro formuló y propuso a las autoridades locales, con firme y madura convicción, su plan de reforma de la escuela de primeras letras, en el cual acusó el descuido presente en la educación, propuso la integración interétnica de blancos y pardos y la educación de varones y hembras, sin separación por razones de sexo.
Con tal singularidad, que Uslar Pietri le atribuye a tal plan el carácter de primer diagnóstico de nuestra realidad educativa, aunque la duda merodee frente a tal juicio, ante la existencia de reflexiones de similar rango en Miguel José Sanz, sin vacilar en afirmar que, por lo menos, habría que reconocer a Rodríguez el primer proyecto concreto de reforma educativa, ausente en Sanz.
Hay quienes atribuyen a la lectura de Rousseau la inspiración en Rodríguez del plan de reforma de la escuela de primeras letras de Caracas, así como también de un presunto modelo del Emilio en la formación de la personalidad del niño Bolívar.
Sin dejar de reconocer diferencias entre uno y otro pensador, Pérez Esclarín más bien verá en Rodríguez la huella del movimiento de reforma de la escuela en España, del cual forman parte Jovellanos, Picornell y Campomanes.
En 1795, coincidiendo con la renuncia de Rodríguez a su cargo de maestro de escuela pública en Caracas, Carlos Palacios, tío de Simón Bolívar (entonces adolescente de doce años), logra, en la Real Audiencia de Caracas, la colocación del futuro Libertador bajo la ducción y el cuidado directo del maestro caraqueño, en la propia casa de este último. Surgirá entonces una inspiradora y conmovedora relación entre maestro y discípulo, que marcará la biografía de ambos y la historia de nuestra América.
Más que sobre la educación de Rodríguez, conocemos sobre la de Bello, en manos de frailes mercedarios, particularmente de Cristóbal Jiménez de Quesada, quien le guio en sus estudios de Latín y Gramática y le enseñó a leer y a traducir a los clásicos romanos Horacio y Virgilio. Estos últimos, uno y otro, con diferente destino: desterrado hasta la muerte, el primero, y protegido y glorificado por el Emperador, el segundo.
En Londres, Bello acudirá al modelo augustal de Virgilio para plasmar poéticamente sus preocupaciones políticas, y ya en Chile se sentirá en la cúspide de su influencia política y prestigio intelectual, tal cual lo estuviese Virgilio en Roma. Asimismo, como a Horacio, a Bello le embargará el alma la añoranza de la ciudad de su juventud.
En Horacio, catando un vaso de frío y embriagante vino en su destierro, seguramente pensaría nuestro maestro, con imaginación crepuscular y tardío anhelo, en Santiago de Chile, al sorber una taza de ardiente y aromático café caraqueño.
Virgilio y Horacio serán el fundamento de una poética neoclásica en Bello, con dominio de la forma, pero con la maceración de quien ha traducido directamente del Latín a sus maestros, con sostenida lectura en el tiempo, colocando a la par de las reglas y medidas de la creación literaria el contenido, que constituye preocupación didáctica en el espíritu de los clásicos y luego, también de la Ilustración o del Siglo de las Luces, a muchos de los cuales había Bello leído directamente y traducido en algunos casos.
***
DISFRUTA TAMBIÉN:
***

Juan Medina Figueredo (Aragua de Barcelona, 1947): Polígrafo de raza, ha incursionado en la poesía, el ensayo literario y el análisis socio-político. Su rebeldía política y cultural no es panfletaria sino solidaria, al punto de estar bien aliñada por su bondadosa personalidad. No se le puede reclamar nada, pues sus convicciones ideológicas y su quehacer escritural apuntan a una conciencia ética y espiritual inconmovible.
Entre sus libros contamos “Reverberaciones” (1995, poesía); los ensayos “La Terredad de Orfeo” (dedicada al poeta Montejo) y el libro comuna que es “Siglo XXI, educación y revolución” (2010) con su estructura en redes que comunica la crónica y el ensayo; el volumen de cuentos “La Visita del Ángel” (2010) y la novela “Por un leve temblor” (2014). Con estos dos últimos ganó el premio de narrativa de Fundarte y una mención de publicación del mismo sello editorial, respectivamente. Que nosotros sepamos, caso único en este certamen literario.
Su poesía ha sido publicada en dos colecciones poéticas importantes como “El Corazón de Venezuela. Patria y Poesía” y “Rostro y Poesía” de la Universidad de Carabobo. Su periplo literario apuesta por un decir directo y no mediatizado por los discursos académicos autorizados. (Reseña de José Carlos de Nóbrega)
Ciudad Valencia / RN













