‎»Si San Juan lo tiene, San Juan te lo da»

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‎Cada 24 de junio, en el pueblo costero de Patanemo, estado Carabobo, se lleva a cabo una de las manifestaciones religiosas y culturales más significativas del calendario popular venezolano: la celebración de San Juan Bautista.

Esta festividad, lejos de reducirse a una expresión folclórica, es una manifestación de profunda carga espiritual, memoria afro-descendiente y unión de la comunidad.

 

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San Juan de Patanemo 4

 

‎La jornada comienza a las 8 de la noche del 23 de junio en la iglesia Nuestra Señora del Socorro. Al ritmo del repique de los tambores y el del Ave María, los sanjuaneros —también conocidos como promeseros— se reúnen para iniciar la tradicional misa en honor al nacimiento de San Juan.

Este año, el sacerdote Emil Armando Croce explicó el origen de esta celebración, que conmemora la llegada del “Precursor” de Cristo, y recordó también el 29 de agosto, fecha de su martirio.

 

 

‎Tras la ceremonia religiosa, las familias se trasladan a sus altares, adornados con velas, flores silvestres, frutas, hortalizas y tortas elaboradas en la comunidad. A la medianoche, algunos promeseros le cantan el cumpleaños a San Juan, marcando uno de los momentos más emotivos de la jornada. Los cantos incluyen sirenas, alabanzas que entrelazan raíces africanas y tradiciones católicas.

 

San Juan de Patanemo tambores

‎Aproximadamente a las 4:30 de la madrugada, las imágenes de San Juan —portadas por sus custodios— se encuentran en la calle principal. Allí se realiza un ritual ancestral de secretos compartidos, danzas simbólicas y unión espiritual entre los portadores. Posteriormente, en procesión, se dirigen nuevamente a la iglesia para recibir la bendición del sacerdote.

‎El recorrido continúa en el río, símbolo de purificación y conexión con la naturaleza. Es allí donde se baña al Santo: el Bautizo de San Juan. En el transcurso del día, suelen sacar a los santos por las calles de la comunidad de Patanemo. Esta celebración no solo honra al Santo, sino que reaviva una herencia negra que resiste el olvido: el sonido del tambor se convierte en eco de libertad y afirmación de identidad.

En un mundo que avanza vertiginosamente en lo digital y lo despersonalizado, estas manifestaciones nos anclan al cuerpo, al ritmo. Nos enseñan que la espiritualidad también puede vibrar en el cuero del tambor, que la memoria se transmite de pie, danzando, y que el porvenir —por más cibernético que sea— necesita para el ser humano esa conexión con la raíz, con nuestro origen.

 

Ciudad Valencia / Marhisela Ron León