Jaime MacíasAl culminar el partido de la Vinotinto ante Colombia, de la última jornada de las eliminatorias mundialistas de futbol en Suramérica, se desató una etapa de frustración entre los venezolanos, al ver que por ahora, nuestras esperanzas de asistir por vez primera a un Mundial de Futbol, seguían postergada.

En mi caso tampoco fue la excepción. Pero sin llegar a los extremos clásicos de la fanaticada criolla, de utilizar como argumentos los insultos, groserías y el bello léxico autóctono de palabras propias para la ocasión, con el consabido remate, de nadie sirve en todo lo relacionado con ese color, incluyendo al piloto del avión, aeromozas y el chofer del autobús. ¡Nadie se salvo!

 

Pero como yo soy fan de ver más allá de los evidente o buscar lo positivo dentro del caos, para mi tanta rabia (la palabra es otra), odio y toques violentos, es síntoma inequívoco del crecimiento del sentimiento de amor del venezolano por su selección, porque sencillamente como dice la canción: “solo se odia lo querido”. También es bueno recordar, que el amor al final duele y el despecho nos hace perder la cordura por momentos.

 

También cuando me preguntaban cómo veía el partido, les decía que mis esperanzas estaban altas, pero en el Alto de Bolivia, más que en el bajo Monumental monaguense. Al final los llamados países “hermanos”, Brasil y Colombia nos echaron una de Caín, para que nuestra esperanza cayeran como un Abel.

Pero porque digo que aún hay esperanza. Mis estimados, de aquí al repechaje en marzo hay seis meses, donde puede ocurrir un cambio en la clasificación. Tengan presente que Bolivia, tiene dos casos pendientes por presunto dopaje, de los jugadores Ramiro Vaca y Boris Céspedes en el partido contra Uruguay el 25 de marzo de este año. Esto le haría perder puntos a los bolivianos, lo que significaría que Venezuela de nuevo lo superaría en la clasificación y le tocaría disputar el repechaje. ¡Ahí se los dejo!

 

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