(A la mystérieusse)

 

Hoy, como nunca antes se había visto, hay todo un despliegue de atención hacia la poesía.

Se la escribe a destajo, se concentran grupos humanos a su alrededor, tanto en persona como en comunidades virtuales, se organizan infinidad de eventos donde los participantes leen textos suyos o de otros autores, circulan gran cantidad de poemas en las redes a través de blogs, estados, revistas y ediciones digitales, hechas por los mismos autores, y por editoriales que prestan sus servicios en ese sentido.

Al mismo tiempo, también existe una reacción en contra de este nuevo hábito masivo y una de sus consignas más populares es la que dice: «Hay muchos poetas y poca poesía».

La verdad es difícil separar el grano de la paja. Debido a la enorme cantidad de textos que circulan, el simple lector no siempre tiene tiempo para distinguir el valor de lo que lee en todo cuanto lee.

Ante esta avalancha y para no desmerecer de nadie, pienso como André Gide que un poeta por inexperto que sea siempre tiene un verso que lo justifica; por otro lado, estoy seguro de que, sin importar la calidad o la intensidad de lo que se escribe, cada poeta siempre encuentra finalmente a su lector y viceversa.

ilustración Manuel Cabesa-poesía-poema-recital de poesía

Lo que sí me preocupa es la falta de atención y de trabajo que tienen muchos de los textos que leo entre los grupos y poetas que exponen su obra en las redes; al parecer la premura por dar a conocer el fruto de su esfuerzo no les permite a los autores detenerse en lo más importante de cualquier labor de esa índole: el trabajo que conlleva lograr un texto medianamente acabado.

Existen en contra de esa voluntad de trabajo, necesaria para la realización de un poema, una serie de mitos arraigados en la mente de quien se inicia en la poesía (y en la de muchos que ya tienen tiempo en esto), y que aún persiste a pesar de que hoy como nunca antes la experiencia colectiva permite intercambiar ideas y despejar dudas. Sin embargo…

Por ejemplo, existe un amplio sector de autores que creen en el mito de que los poemas «no se pueden tocar una vez escritos porque pierden su espontaneidad y frescura»;  y siguiendo este error se publican poemarios completos en donde al parecer se aplica una fórmula parecida a la de Eudomar Santos: «Como vaya viniendo, vamos viendo», que en este caso sería: «como vayan saliendo, vamos poniendo», lo que redunda, la mayoría de las veces, en que el eventual lector, ante un grueso volumen de textos agrupados sin ton ni son, termine por abandonar el libro apenas lo comienza.

Más allá del rapto místico en que se genera el poema, de las emociones y sentimientos que expresa, de las motivaciones del autor al concebirlo o del mensaje que se desea transmitir a través de él, hay que tener claro que un poema es, ante todo, un producto artesanal al cual debemos la misma dedicación que aplicaríamos si en vez de poetas fuéramos carpinteros, talabarteros, sastres, cocineros o cualquier otro oficio que requiera conocimiento y un poco de destreza.

Y como dijo una vez Miguel Márquez: «Organizar un poemario es tan difícil como escribir un poema».

 

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Un poema es una expresión lingüística que exige el conocimiento y puesta en práctica del manejo del idioma en que se elabora el texto y sus reglas más elementales, aún para quebrantarlas (sobre todo si la intención es quebrantarlas).

Por su parte, un poemario no debería ser un ejemplo de acumulación donde se encuentre de todo como en botica: páginas y páginas que se amontonan sin sentido. Sino un ámbito breve y acogedor donde los poemas dialoguen entre sí teniendo al lector como testigo.

Un libro de poemas es ante todo un refugio frente a los vaivenes de la vida, no un centro comercial para perdernos entre sus pasillos…

 

(Continuará…)

 

Ciudad Valencia / Manuel Cabesa* 

*(Caracas, 29/11/1960). Poeta, narrador, ensayista y bibliotecario; reside en el estado Aragua desde 1994. Fue beneficiario de los Talleres de Creación Literaria del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG) en tres oportunidades: poesía (1980); narrativa, (1999) y ensayo histórico, (2002). Con el apoyo de la Coordinación de Literatura de la Secretaría de Cultura del estado Aragua inicia en 1999 un taller literario que aún se mantiene activo de forma independiente bajo el nombre de Los Moradores y fue miembro fundador de la Agrupación Cultural Pie de Página. Ha representado a Venezuela en el 1er. Taller Iberoamericano de Poesía (Cuba, 1993); Festival de la Cultura del Caribe (México, 1996) y Festival del Nuevo Cine Latinoamericano (Cuba, 1999).