(Para la Mystérieusse)
Hace más de un mes, el pasado 6 de agosto, partió una de las más grandes figuras de la música contemporánea: el maestro Eduardo Palmieri Morales, el gran “Eddie Palmieri”, y con él una buena parte de la época de oro de la música latina.
Los años setenta fueron los años de las grandes fusiones, veníamos del Bugaloo y el Guaguancó para entrar de lleno en la era de la Salsa.
El Jazz, la Rumba, lo académico se unieron en este híbrido cuya fuerza melódica haría retumbar las salas de baile, los night clubs, teatros, estadios, y las estancias de nuestros hogares, en aquellas inolvidables fiestas que empezaban el viernes en la noche y venían terminando el domingo al atardecer.
Y entre los primeros a la hora de disfrutar del buen sonido de la salsa siempre estuvo el maestro Eddie Palmieri y su orquesta La Selecta.
Entre mis recuerdos más gratos está el álbum «Vámonos pal monte», grabado en 1967:
Vámonos pal monte,
pal monte pa guarachar.
Vámonos pal monte,
quel monte me gusta más…
Era apenas un adolescente, en pleno bachillerato, y durante días ahorré el dinero de mis meriendas para comprar el LP en la antigua librería Giraluna, que estaba ubicada en una transversal entre la calle Argentina y la avenida España de Catia, muchos años antes de que fuera bulevar.

Para el monte me voy,
porque contento estoy…
Palmieri era no sólo música bailable, era algo que se podía escuchar como una sonata: el diálogo entre los cueros y los metales, el requinto marcando la clave, el piano como protagonista principal y la voz insustituible de Ismael Quintana hicieron las delicias del público aficionado.
Tal es el ejemplo de «Adoración», del album «Sentido»: la prueba material de que se puede hacer música popular de altura: la introducción del teclado junto a la percusión matizada en un sonido psicodélico, el paso del piano a un melancólico danzón, hasta que abre la orquesta con la voz de Quintana como principal atractivo, arrebatando como es:
Adoración porque tu dudas, vida mía,
si tú bien sabes que soy tuyo todavía…
Los matices vocales de Ismael Quintana son incomparables, adaptándose siempre al sonido de la orquesta como un instrumento más y nutriendo con su vibrato el saoco desplegado en la letra de este guaguancó con ribetes jazzísticos.
Adoración, eres tú mi adoración…
No puedo cerrar este tributo al gran maestro sin mencionar una pieza clásica: «Busca lo tuyo» del album «Champagne»:
Porque te empeñas en destruir mi felicidad,
busca lo tuyo y déjame en paz…
Aquí la voz principal pertenece a Cheo Feliciano, sustituyendo a Quintana en esta pieza escrita por Tite Curet Alonso. Feliciano, que venía de la orquesta de Joe Cuba, se integra como anillo al dedo al sonido de Palmieri.
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Carece esta pieza de experimentaciones, dándonos un guaguancó limpio y puro, donde la voz de Cheo, entonces en su mejor momento, engalana con su improvisación el montuno que prodigaba el coro:
Ay, ay, que pena me da
Pena, pena, penita, pena, mamita,
aquí no te quiero más, no, no
Ay, ay, qué pena me da…
Posdata: los datos y los conceptos emitidos en este tributo pertenecen al redactor de esta nota, viejo melómano de la Salsa Brava. Nada que ver con las redes ni la AI. Por si acaso…
Ay, ay, qué pena me da…
Cuando te quise no me querías
y ahora me vienes llorando,
no me llores más, no…
Ay, ay, qué pena me da…
¡Palmieri…, bendito!
Ciudad Valencia / Manuel Cabesa*












