(for the Mistery Lady)
Es costumbre de la mayoría que se acerca a la lectura de un poema preguntar (se) ¿qué quiso decir el poeta al escribirlo?, y al no hallar una respuesta satisfactoria concluir con un fatídico: «No se entiende el significado del poema».
El asunto es que en realidad no interesa lo que el poeta quiso decir, sino la sensación que despierta esa lectura: ¿qué es lo que descubrimos de nosotros mismos al leerlo? Al tratar de descifrar su significado es inevitable que cada lector elabore su propia interpretación, y es así porque la poesía se caracteriza, precisamente, por su capacidad de rehacerse en cada lectura.
En este sentido, para desandar los caminos del poema, se han creado a lo largo de la historia diversos sistemas metodológicos: la lingüística, el psicoanálisis, la sociología, el estructuralismo, la antropología, el marxismo… que no son más que un proceso que intenta racionalizar el mensaje poético.
Sin embargo, estas posibilidades de lectura no pueden iluminar la vastedad de propuestas que ofrece el poema. Cada método sólo ofrece una alternativa, que de asumirla terminaríamos perdiendo la magia que propone una lectura más inocente: si «leyéramos con los ojos», como propone el poeta mexicano Gabriel Zaid, si sólo nos dejáramos arrastrar por el esplendor de las palabras.
La poesía es más que un producto del lenguaje, es la conciencia y memoria de una lengua, el instrumento más apto para explorar los recursos creativos de una sociedad: la poesía se desdobla, se duplica, multiplica el campo de comunicación entre los hombres; por eso es irreductible a cualquier discurso analítico.
Sabemos que el poema se compone de palabras, pero estas, más que reflejar una realidad externa, apuntan a sí mismas: «al nombrar se nombran, al referir se autorrefieren», nos dice Saúl Yurkievich.
La realidad del poema es su propia existencia, las palabras que componen el poema tienen color, sonido, olor, textura. Las palabras que componen el poema tienen musicalidad, sugieren, excitan, enaltecen al espíritu que las consume; sólo en la mirada se realiza el poema. El poema es virgen: la mirada lo viola.
A través de la escritura, el poeta se aproxima a aquello que aún carece de forma: un resplandor poco común que atrapa los sentidos y apenas es expresable. Pareciera que una fugaz sombra quedara inscrita en la dureza íntima de una piedra.
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Por eso el poeta debe estar en permanente vigilia a fin de encontrar a su alrededor los signos que le revelen la trascendencia de lo existente: todo es presencia y todo es ausencia, «tan sólo lo escrito permanece», ha dicho Juan Goytisolo.
La poesía, entonces, aparece en el mundo como un elemento que da coherencia al impulso vital del hombre. Ella es una fuerza que, como el amor, nos confiere lo más significativo del sentido de vivir.
Debemos a Holderlin esta frase esclarecedora: «Llenos de méritos está el hombre, más no por ellos sino por la poesía hace de esta tierra su morada».
Ciudad Valencia / Manuel Cabesa*













