Cuando el Rock de los ’60 y ’70 le declaró la guerra a la política de uso proselitista del poder, sobre todo en la era de los Kennedy y del llamado «estado profundo», inventando dobles de solistas o bandas originales, como lo ha hecho «El Emperador» con Neil Young con canciones alejadas del espíritu belicoso del Pentágono, el autor de «Bajando por el río» lo demandó, digamos que simbólicamente para protestar ese abuso.
DEL MISMO AUTOR: EL FASCISMO CULTURAL
Hay una ironía fundacional en la relación entre la música de estadios y el poder político contemporáneo.
El atajo emocional
Desde que los mítines electorales dejaron de ser plazas polvorientas con discursos leídos bajo el sol para convertirse en producciones de Broadway adaptadas al consumo masivo, los estrategas de campaña han buscado desesperadamente un atajo emocional: robarle prestada el alma a los himnos generacionales. Y es ahí, precisamente, donde choca la maquinaria electoral con la memoria de los ’60 y ’70.
Usurpado Woodstock
Durante la segunda mitad del siglo XX, la canción protesta y el Rock de autor no nacieron para sonorizar comerciales de detergentes ni hamburguesas mortales, ni para servir de alfombra roja a ningún candidato presidencial, como lo demostró Jonh Lennon de cara a la reina embalsamada de Inglaterra. Eran, por el contrario, artefactos de disenso.
Reagan, el vaquero ladrón
Cuando Bruce Springsteen vio a Ronald Reagan apropiarse de “Born in the USA” en 1984 como si fuera un jingle patriótico, ignorando olímpicamente que la letra es una crónica descarnada sobre la tragedia de los veteranos de Vietnam, se inauguró una era extraña: la de los políticos usando canciones cuyos creadores los detestan cordialmente.
El fenómeno no entiende de ideologías, pero sí de códigos estéticos. Lo hemos visto repetidamente: desde Donald Trump utilizando temas de Neil Young, Queen, Aerosmith o los Rolling Stones, hasta campañas de diverso signo que confunden el derecho de autor con el derecho de pernada cultural. Creen que pagar los aranceles de una licencia general de reproducción (vía ASCAP o BMI) los exime de la decencia ética. Olvidan que una canción con historia tiene dueño moral, y que el arte de trinchera no se pliega mansamente a los intereses del atril. Tiene dolientes.
Colisión entre el copyright y el compromiso histórico
¿Por qué se indignan tanto los músicos veteranos? La respuesta reside en la naturaleza misma de su formación. Aquellos artistas que se curtieron en los festivales de la contracultura, en las marchas por los derechos civiles o bajo el humo de los gases lacrimógenos de Mayo del ’68, aprendieron que las canciones son contratos de lealtad con el público, no mercancías a disposición del mejor postor.
Cuando un político utiliza un tema como “Rockin’ in the Free World” o “You Can’t Always Get What You Want” para entusiasmar a masas polarizadas, comete un error de cálculo antropológico, pues confunde la nostalgia con la complicidad. A mí me arrecha esa forma de ultraje, porque el Rock corre por mis venas. Yo he escrito canciones a mi hijo Juan David, que es rockero y me siento feliz cuando me dice: «Está buena, pero no sirve».
Los herederos de Leonard Cohen o artistas de la talla de John Fogerty (quien sufrió en carne propia la apropiación de “Fortunate Son” por parte de la derecha estadounidense) entienden que permitir el uso faccioso de su obra es legitimar un relato contra el cual, muchas veces, llevan décadas escribiendo.
El eco incorruptible de los acordes
Al final, estas demandas por derechos de autor y cartas de cese y desistimiento son mucho más que pleitos legales de despacho. Son la prueba de que hay ciertos territorios del espíritu que el marketing político no puede colonizar por la fuerza de un cheque.
Los políticos pasan, cambian de eslogan, de asesores y de estrategia comunicacional, pero los himnos del Rock clásico conservan esa incómoda manía de recordar lo que la retórica oficial prefiere callar. A mí me hacen llorar Karol King, Joe Cocker, Hendrix y los Rolling Stones.
Y mientras haya un veterano dispuesto a llevarlos a los tribunales por usar su música sin permiso, sabremos que el amplificador de la dignidad sigue, por fortuna, conectado.
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Federico Ruiz Tirado (Barinas, 1955): Escritor, poeta, diplomático. Miembro Fundador de la Red de Escritores Socialistas de Venezuela. Autor de Un puñado de pájaros contra la gran costumbre (antología sobre el 4F), Un día para siempre, La Patria está en otra parte (MPPCULTURA, PDVSA) y del poemario Víspera (El perro y la rana).
Ciudad Valencia / RN













