La denominada en Venezuela Generación poética de los 80, se inició trágicamente a mi modo de ver, con el fallecimiento en la ciudad de Mérida, el 17 de agosto de 1980, del poeta ítalo venezolano Gelindo Casasola, autor de la compilación Argonáutica, publicación póstuma impresa en Valencia, capital del estado Carabobo, en donde Gelindo Tarcisio Calligaro Casasola, había residido a finales del setenta y publicado sus poemas por primera vez bajo el nombre literario que se le conoce.
Casasola, nacido en Údine (Italia) en 1956, llegó con sus padres a Venezuela siendo un infante, hizo todos sus estudios en Mérida y se graduó como licenciado en letras de la Universidad de Los Andes. Estuvo vinculado al grupo cultural Talión de Valencia y se relacionó con la revista Poesía de la Universidad de Carabobo que era dirigida por el poeta Reynaldo Pérez Sò, quien publica por vez primera poemas suyos firmados únicamente con su primer nombre y su segundo apellido.
La poesía que escribió Casasola, continuada temáticamente por poetas posteriores, no era común en sus días porque es hasta cierto punto una ruptura con la de sus coetáneos y desde luego con la poesía del sesenta y setenta; no es el tópico sino la formulación y el sustrato verbal lo que la hace diferente y ello tiene que ver con la formación amplia en el campo literario y humanista del autor; su conocimiento de la tradición castellana e itálica, el manejo de autores clásicos y la posibilidad de comunicarse con libertad en dos idiomas maternos, el de sus ancestros y el de Venezuela que aprendió de niño viendo películas mexicanas en el Cine Glorias Patrias, del que era vecino en la avenida Obispo Lora, a un costado de la plaza que le daba ese nombre.
El filme Cinema Paraíso seguramente hubiera sido una de las películas más agradables para nuestro amigo Calligaro. Su infancia transcurrió bajo el espectro cinematográfico; su padre llegó a Mérida contratado por el dueño de ese cinematógrafo como técnico especializado en los aparatos de proyección y en los primeros años de Gelindo, el único contacto extra familiar fue la vecindad de ese hermoso teatro al que asistía cada noche. Cuando el niño Calligaro debió asistir a la escuela los compañeros le llamaban “El mejicano”, pues hablaba así, había aprendido el castellano en el Cine Glorias Patrias, viendo el gran cine azteca que en aquellos días allí se proyectaba.
La poesía de Gelindo Casasola y la figura de su autor han venido adquiriendo gran entusiasmo y admiración entre los lectores de las últimas generaciones de poetas, lectores e investigadores especializados dentro de una comunidad de estudiosos e iniciados, cuyo epicentro ha sido tradicionalmente la ciudad de Mérida y los predios de la Escuela de Letras de la ULA, pero que sin embargo, se cuenta con adherentes en otros centros de estudios del país.

La promoción de poetas de 1980 ha sido muy actuante e importante en la literatura contemporánea de Venezuela y entre los conocedores literarios se reconoce a Gelindo Casasola entre los iniciadores de mayor significación del momento y actual presencia de nuestra poesía nacional.
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La recepción de su breve y trascendente obra se produce naturalmente por la calidad poética que la sustenta y no por la tragedia del fallecimiento autodeterminado del poeta cuando solo contaba veinticuatro años.
Valencia, 17 de agosto de 2024
Nota:
La Generación poética de los 80 está conformada por autores nacidos posteriormente a los cincuenta (1950) y alrededor de la década de los sesenta (1960); sus antecesores son los poetas del setenta y los del sesenta. La generación de los ochenta precede a su vez a los poetas de finales del siglo e inicio del milenio.
Un poema de Gelindo Casasola
LA VIGILIA
He soñado con prados amplísimos donde el deseo ya no esté.
¿Soy yo acaso esa ilusión
que pienso? Enrarecido entre las amapolas y entregado a la belleza de las imágenes que estallan
bajo un cielo tranquilo.
Los deseos antes eran sencillos.
O tal vez más complicados
pero es difícil saberlo.
Nada sé ahora, únicamente miró
las nubes.
Hay poetas de extraña versatilidad para la mentira. Yo miento la verdad. Ella se presta a los juegos de las formas y a la desolación
de la vida en un día tranquilo.
En realidad todos los días son tranquilos.
Me admiro de mi indiferencia
ante la dificultad de las cosas
pero las cosas son difíciles
sólo en apariencia. No deseo ya.
Los deseos son más preciosos cuando
no pueden cumplirse. Son como el agua fría. Como
el hielo el deseo se disuelve
a medida lo conocemos, si es que alguna vez llegamos a conocerlo
tal un paisaje vespertino.
Son los paisajes más hermosos.
Así me retiro de la comedia.
He soñado dije, ardientes soledades.
Pero mi vocación de solitario desaparece al alba cuando los marineros
salen a la mar enfurecida y yo duermo. Y la alabanza por todo
lo que malgasto en vigilia
se hace entonces monótona,
como monótono es vagar en los jardines y perder los días
como los años. Mucho he perdido jugando así pero sigo siendo esperanzado.
Ello es bueno.
Estar despierto en la noche sin nubes y preguntarse por qué ellas en este momento no existen
ha sido mi oficio durante años.
Ha sido mi oficio verdadero.
Y las amapolas siguen estallando en los campos y no son magnolias como creía el pastor nocturno.
Son amapola.
Mi vigilia es siempre taciturna.
Me pregunto qué le habrá hecho así porque podría hablar con las piedras: o con los gnomos que aparecen siempre.
Pero soy un gnomo, me olvidaba; por ello no duermo.
Hay una hora tan oscura antes de la luz. Me recuesto a los árboles
y sueño otra vez ahora verdaderamente.
Sueño.
(Pasturas. Cuadernos de difusión, Fundarte, Caracas, 1979).
***
Luis Alberto Angulo [Rivas]. Nació en Barinitas, estado Barinas (VEN), en 1950. Coterráneo de los poetas Enriqueta y Alfredo Arvelo Larriva. Autor de las sumas: Antología de la casa sola (Fundarte, 1982), Fusión poética (Universidad de Carabobo, 2000), La sombra de una mano (2005), Antología del decir (2013), y Coplas de la edad ligera (2021), títulos publicadas por Monte Ávila Editores, colección Altazor. Prologa la edición en vida de la Obra poética completa de Ernesto Cardenal (Editorial Patria Grande, Buenos Aires, Arg. 2008).
Premio del IV Concurso Internacional de la revista Poesía (UC), otorgado anteriormente a: Jim Seguel, Arnaldo Acosta Bello y Eli Galindo. En Valencia, ciudad donde reside desde hace más de cincuenta años, ha sido columnista de los diarios Notitarde, El Carabobeño y Ciudad Valencia, jefe de redacción de la revista Poesía (UC) y director de las revistas Zona Tórrida (UC) y Redve (Red Nacional de Escritores de Venezuela). Ha realizado selecciones poéticas de: San Juan de la Cruz, Miguel Hernández, César Vallejo, Ernesto Cardenal, Enriqueta Arvelo Larriva, Teófilo Tortolero, Gelindo Casasola, Rómulo Aranguibel, Lubio Cardozo y Ana Enriqueta Terán.
Ciudad Valencia










