Uno va pasando por esta vida y va viendo cómo las compañías aparecen y desaparecen, y en esas rutas somos huéspedes de amigos, amores, animales, libros, canciones…
Todos llevamos en la frente la “E” de lo efímero, y en muchas ocasiones no tenemos consciencia plena de esta condición, y esas compañías se van y nos arrepentimos de no haberlas dejado en el alma pasando unas vacaciones, tejiéndose con palabras hasta que se volvieran sangre.
De niño uno tiene un juguete preferido; pero también un amigo o una amiga, unos zapatos, un pantalón… Y se le da rosca y rosca a esos objetos, y se frecuenta al amigo para seguir viendo las semejanzas. Recuerdo que tuve un Topo Gigio, sucio y carcomido, que me encontré en la calle, mi madre lo lavó y le confeccionó una ropa, al tiempo volvió a curtirse y yo hasta dormía con ese muñeco.
DEL MISMO AUTOR: EL CABALLO POÉTICO DE PIERO DE VICARI
También recuerdo una zaranda que era una nave espacial, y mis suplementos que nunca abandonaba. Más tarde guardé como un tesoro maravilloso una máscara de Santo (“El Enmascarado de Plata”). Desde La Guaira me la traje a Puerto Cabello, junto a una caja repleta de suplementos y dos canciones: Mary es mi amor y Por un caminito, luego se sumaron: No tengo dinero ni nada qué dar, Mi limonero, Vagabundo y Lisa de los ojos azules.
Vivimos sumando objetos y compañías que, queramos o no, también se restan. Nos aloja el dolor de las pérdidas después de que nos invadió la alegría de los vínculos; quizás la repetición de todo esto nos cansa o, tal vez, cada edad posee su propio cansancio, y algunos los acumulamos más que otros.
Hay seres que no conocemos y, sin embargo, nos acompañan, y casi no nos importa que hayan muerto. La cultura se encarga de prolongar sus vidas en la producción de lo virtual, cine, discos, redes sociales… No obstante, esas compañías también tendrán nuestras edades y de alguna manera morirán con nosotros.
Sé que en el curso de la existencia surgen amigos humanos y amigos animales que nos ofrecen un consuelo, una escucha. Cuando era niño, sin saberlo, colocaba en el marco de las fotos de mi padre a otros personajes que usurparan su rostro y así superar el abandono. Pienso en los peloteros, en Santo el Enmascarado de Plata y, sobre todo, en mi tío Enrique, quien durante mucho tiempo fue una figura paterna para mí.
Siendo liceísta coleccioné muchas barajitas de animales y de peloteros. Vivía pendiente de las jugadas de estos últimos y compraba los periódicos y recortaba las noticias y las imágenes gráficas. A los años abandoné todos estos asuntos de fanatismo inducido por la industria del entretenimiento y la ideología del éxito. Dejó de importarme si Fulano metió veinte goles, si Sutanejo rompió tal record en las grandes ligas…
Pero lo que siempre agradeceré es la existencia de la música. De hombres y mujeres que han decidido marcar su tiempo y espacio con notas musicales y con estilos únicos. Son muchos los géneros musicales que disfruto; pop, salsa, jazz, bolero, blues… pero no se trata de este placer, sino de la compañía, en la que, sin duda, Joan Manuel Serrat y Silvio Rodríguez tienen un sitio privilegiado.
A mi madre la acompañó Pedro Infante, Jorge Negrete, Carlos Gardel y, sobre todo, Roberto Carlos; a mi hermana, sin ninguna duda, Sandro y Dyango. Ella elegía un día para escucharlos, ese día se negaba a cocinar, a limpiar; lo único que quería era escucharlos y ponerse a cantar. También y, en menor medida, me han acompañado Cortés, Sabina y Chico Buarque, entre otros. Por culpa de ellos rechazo la superficialidad en las letras y en la melodía, la repetición monótona que cansa y obstina. ¿Cómo no ver una obra maestra en Construcción y en Oh, qué será, por ejemplo?

No sé cuántas veces coloqué Penélope en un casete que compré de Serrat; igual me ocurrió con Barquito de papel, Poema de amor, Antes de que den las diez, y muchas más… Saber que alguien podía escribir canciones llenas de ternura y con calidad poética se convirtió para mí en un acompañante de vida; si no las escucho, las canto, las rumoro…
Silvio Rodríguez fue un descubrimiento más tardío, conocí sus canciones en mi época de estudiante universitario. En ese tiempo me la pasaba para arriba y para abajo con Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Cada vez que podía compraba ese poemario creyendo que con él podía conquistar a las muchachas que me gustaban; después, y con la misma finalidad, lo sustituí por El Principito; vana presunción de inexperto. Pero ya en el tercer semestre, un amigo que era mucho más tímido que yo, me preguntó que cómo hacía para hablar con una chica, yo le dije, habla de cualquier cosa que se te ocurra menos de poesía ni de filosofía, ellas huyen de eso…
Aún no había pensado en desechar a Neruda de mi vida cuando las letras de Sueño con serpientes, No hay nada aquí, Mi unicornio azul, La maza, Testamento y algunas otras, me atraparon y eso era tararear y tararear a Silvio. Hasta participé en un periódico mural que se nos ocurrió crear —al poeta Sergio Quitral, a su hermano, a Carlos Ferreira y a mí— en una de las paredes externas de un aula de la Facultad de Educación, el periódico se titulaba: “No hay nada aquí”, allí colocábamos nuestros poemas, denuncias, cuentos, y había un espacio para que otros estudiantes también participaran. Los hermanos Quitral y Ferreira son inmensos dibujantes, y en ese mural mostraron todas sus capacidades. Al tiempo no había ni flecos de los poemas, pero los dibujos quedaron en la pared, imponentes, resistiéndose a morir borrados por el tiempo.
La vida universitaria trae otras compañías. Durante mucho tiempo me acompañó Freud, Marx, Reich, Adorno, Jung, Foucault, María Zambrano y otros autores y autoras… Mi ignorancia se iluminó, pero no desapareció. Luego fue el turno de varios antropólogos e historiadores que no permanecieron, pese a que eran buenas sombras, buenas aguas para saber. También apareció Carlos Castañeda, presentado por los profesores Cándido Castellano y Ramón Núñez.
Comía libros sin parar, Las enseñanzas de Don Juan, Viaje a Ixtlán y El conocimiento silencioso me acompañaban por dentro y por fuera. Veía el poder de transformar las formas de las sombras, de eliminar los nombres de las cosas, descubrí que soy un afuera, un estar en un sitio, comprendí que tengo la misma importancia que cualquier otro ser vivo; que no soy mi nombre ni la membrecía que me otorga la sociedad.
Comprendí la humildad de mi familia desde Don Juan, porque madre y abuela también le hablaban a las matas, y aquella frase de Don Juan que aún me acompaña, decía, palabras más, palabras menos, algo así: Cada vez que sientas que todo te sale mal, cada vez que creas que no hay más nada qué hacer, voltea hacia tu muerte y pregúntale. Ella te dirá que no es cierto, que lo único que importa es que ella te toque, y aun no lo ha hecho. Pero Serrat y Silvio siguieron decorando mis rutinas.
Después de la universidad, libros como Poética del espacio, de Gastón Bachelard, El osario de Dios, de Alfredo Armas Alfonso, y El héroe de las mil caras, de Joseph Campbell, me han acompañado tanto que están regresando a sus vidas inorgánicas. Alternativamente me ha tocado aprender a acompañarme, lo hago leyendo con calma, escribiendo apresurado y, por supuesto, escuchando a Serrat y a Silvio.
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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.
Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).
Ha publicado:
En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).
En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021). (Tomado de eldienteroto.org)
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