El estudio del patrimonio construido exige volver la mirada hacia aquellas estructuras que, aunque fragmentadas por la expansión moderna, resguardan la memoria técnica e histórica de la nación.
En el segmento dedicado al Patrimonio Cultural de Vestigios del Pasado, la reciente documentación de campo realizada en el municipio Puerto Cabello permite examinar los restos del antiguo acueducto colonial de la ciudad: una infraestructura hidráulica fundamental para la consolidación de la plaza portuaria durante el siglo XVIII, cuya severa afectación actual plantea un debate urgente sobre la conservación y puesta en valor de la arquitectura histórica en Carabobo.
Un desafío monumental para la ingeniería del siglo XVIII
Gracias a los aportes escritos por el historiador José Alfredo Pizzolante, presidente de la Academia de la Historia del Estado Carabobo, en su obra Visiones del Viejo Puerto volumen II se pueden comprender que construir el acueducto de Puerto Cabello representó para los ingenieros de la época un reto colosal marcado por dos severos obstáculos topográficos e hidrológicos. En primer lugar, la escasa elevación del terreno sobre el nivel del mar dificultaba enormemente la instalación y efectividad de aljibes tradicionales.
En segundo lugar, la considerable distancia existente entre la naciente población portuaria y la fuente de agua potable más viable, el río San Esteban, planteaba un problema técnico de canalización, agravado por las constantes e impetuosas crecidas del río que causaban serios daños materiales en la zona.

Esta urgencia motivó que a finales del siglo XVIII (entre las décadas de 1.760 –1.780, según algunas fuentes), se emprendiera la construcción de un imponente acueducto de arcadas con una extensión aproximada de 5.000 varas.
La estructura conducía el agua en línea recta desde el sector conocido en tiempos coloniales como el Valle de Marín hasta un punto próximo a la entrada del casco urbano denominado La Alcantarilla. Para 1804, la obra se encontraba plenamente operativa; así lo confirmó el sabio naturalista Alexander von Humboldt durante su paso por la ciudad, donde dejó asentado en sus crónicas que la ejecución del proyecto superó la astronómica cifra de 30.000 pesos de la época.
Obra de gran avanzada arquitectónica para su tiempo
La respuesta descansa en el contexto estratégico de la plaza. Las autoridades militares españolas estaban empeñadas en convertir a Puerto Cabello en uno de los puntos fortificados más impregnables del continente americano.
Por ende, dotar a la ciudad de un sistema de abastecimiento continuo a través de esta calificada manifestación de ingeniería hidráulica no era solo un servicio público, sino un elemento clave de la defensa territorial.
La relevancia del sistema hidráulico trascendió el periodo colonial. Muestra de ello es que, según señala el historiador Eduardo Arcila Farías en su obra Historia de la ingeniería en Venezuela, el propio general José Antonio Páez se ocupó de perfeccionarlo en 1.838 mediante la incorporación de tanques de almacenamiento de hierro. Sin embargo, el vertiginoso crecimiento del puerto hizo que la estructura comenzara a resultar insuficiente.

Para 1.846, el flujo dependía de un encoductado de hierro de apenas cuatro pulgadas de diámetro que escasamente surtía a tres fuentes públicas. A pesar de esto, cuando el viajero alemán Karl Ferdinand Appun visitó la zona en 1.856, calificó la obra como «grandiosa», registrando sus 15.000 pies de longitud aun cuando no se hallaba en óptimas condiciones, otorgándole una vida útil continua de casi seis décadas al servicio de los porteños.
La falta de consideración hacia su valor patrimonial también quedó registrado en las actas municipales.
Un hecho tan curioso como revelador ocurrió el 25 de junio de 1.875, cuando en medio de intensos debates sobre la utilidad de aquel «amasijo de piedras», el concejal Chartier propuso formalmente la demolición del acueducto con el fin de reutilizar sus adobes y piedras en la construcción del teatro local.
Chartier solicitó crear una comisión para calcular los costos del derribo, argumentando que la estructura «no tiene ni podrá tener aplicación alguna». A partir de ese hito, desapareció una sección considerable del trazado.
En décadas más recientes, el desarrollo vial de la ciudad asestó el golpe definitivo: los tramos restantes de las arcadas fueron progresivamente destruidos para dar paso a la autopista El Palito-Muelles y, posteriormente, a la edificación del actual terminal de pasajeros.
Esta cadena de intervenciones obliga hoy a residentes y visitantes a contemplar únicamente unos pocos metros sobrevivientes de aquella magnífica obra.
Un vestigio entre el cemento: ¿Vale la pena rescatar lo que queda?
Frente a la imagen de un fragmento de mampostería colonial mutilado, tapiado por bloques de concreto y desfigurado por capas de pintura inadecuada, surge la pregunta inevitable: ¿Vale la pena invertir esfuerzos y recursos en rescatar lo poco que queda del Antiguo Acueducto de Puerto Cabello?
La respuesta es un rotundo sí. La viabilidad y el valor de conservar ruinas incompletas tienen una prueba incontestable dentro de nuestra propia geografía regional: el Antiguo Acueducto de Mariara, en el municipio Diego Ibarra (Mariara). A pesar de haber sufrido cortes severos en sus tramos debido a la expansión vial y urbana, la estructura de Mariara se mantiene expuesta, dignificada y conservada dentro de lo cabe, permitiendo apreciar un porcentaje significativo de la arquitectura colonial.

El acueducto de Mariara demuestra que no se requiere la integridad física del 100% de un monumento para que este conserve su potencia narrativa, su valor histórico y su capacidad de generar identidad en la comunidad.
A nivel internacional, el turismo cultural y la economía de las ciudades históricas se sustentan precisamente en la capacidad de «sacarle provecho a la modernidad a través de los vestigios del pasado».
Países como España, Italia, México o Colombia no esperan tener estructuras impecables para ponerlas en valor; transforman fragmentos de arquerías, cimentaciones y muros en parques arqueológicos urbanos, museos de sitio y paseos peatonales contextualizados.
Un trozo de acueducto integrado con iluminación museográfica, cartelería informativa e intervenciones de restauración científica se convierte de inmediato en un polo de atracción turística, en una parada obligatoria para rutas patrimoniales y en un aula al aire libre para las escuelas.
El tramo que aún resiste en Puerto Cabello no es «un amasijo de piedras inútil», como se pretendió calificar en 1.875; es la prueba tangible de la escala, la ambición y el talento técnico con el que se construyó nuestro país.
Rescatar ese porcentaje sobreviviente, retirando los añadidos agresivos de cemento y devolviéndole su dignidad arquitectónica, no es un capricho nostálgico, sino una inversión inteligente en la memoria colectiva y en el desarrollo turístico de Carabobo.
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Ciudad Valencia/Diego Trejo/M.Ll
Fotos: DT/ Archivo













