La abuela Cleotilde nació en Maracay alrededor de 1900, “vivió” dos guerras mundiales, también la de Corea y la de Vietnam. Sobrevivió la gripe española, los años de la depresión económica, a alemanes, gringos, a Gómez, Pérez, adecos y copeyanos…
Fue una bella mestiza de piel blanca y rasgos africanos que amaba entrañablemente a sus hijos y sus nietos. Hubiera enloquecido ahora por sus biznietos, tataranietos y choznos, en el globalizado siglo XXI del reguetón.
Señalo estos datos para introducir la letra de una canción infantil que ella cantó muchísimo a sus descendientes y que pudiera contribuir a explicar cierta dimensión de este fenómeno musical. Oigamos:
“Tiqui, quití, quiritiqui
Tiqui, quití, quiritá…
El culo, el culo, el culo
que está jediondo,
el culo, el culo, el culo
que no se lava…
El culo, el culo, el culo
que está jediondo, jediondo de la mama,
jediondo de la abuela.
El culo, el culo, el culo que se lavó.
(*Informante: Arévalo, B. Nieta materna de “Yeya”. Maracay, estado Aragua.)
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Cleotilde y el origen del reguetón
El texto propone, a través de un relato familiar aparentemente simple, toda una tesis etnomusical: la existencia de un sustrato rítmico, temático y performativo en la tradición oral venezolana que prefigura, décadas antes, elementos centrales del reguetón como fenómeno global.
Aragua es un crisol donde las tradiciones musicales africanas, indígenas y europeas se sincretizaron. Cleotilde es el arquetipo de la portadora de tradición oral afrodescendiente, un eslabón en una cadena de transmisión que se remonta a tiempos coloniales. Su mismo nombre, de origen germánico, en una mujer de rasgos africanos, señala el mestizaje cultural venezolano. El amor «entrañable» por sus descendientes es el vehículo emocional que garantiza la transmisión del saber cultural, en este caso, una canción.

La letra transcrita es el meollo argumental. La canción se centra en una parte del cuerpo tradicionalmente considerada tabú («el culo») y en una función biológica o su falta de higiene («jediondo», «no se lava»). La temática escatológica es universal en el folclore infantil (como las canciones de pedos o caca) y cumple una función de transgresión controlada y catarsis cómica. Es un espacio donde se libera la tensión social sobre lo corporal.
La repetición obsesiva de la palabra no es errática, es una estructura rítmica basada en el loop. Esta reiteración hipnótica es el ancestro directo del beat repetitivo y la lírica minimalista y machacona del reguetón y su predecesor directo, el reggae en español (como «El Meneaito»). Crea un mantra bailable que induce al movimiento.
Aunque no se describe, es imposible pensar en esta canción sin un movimiento corporal asociado. Al cantarle esto a un niño, es casi seguro que se le señalara o moviera la parte del cuerpo en cuestión.
Para un niño que se baña, es un juego de señalar y lavar. Esta gestualidad lúdica es la semilla de un baile que, en otro contexto, se centra en la misma zona: el perreo.
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Conexión Etnomusical
La abuela Cleotilde no inventó el reguetón, pero su canción revela la existencia de un caldo de cultivo estético y rítmico mucho más antiguo que los precursores panameños o puertorriqueños de los 80 y 90. El argumento «muy anterior a la época actual» tiene paralelismos:
El reguetón se estructura sobre el «dembow«, un patrón rítmico sincopado de origen jamaiquino con raíces africanas. El texto de Cleotilde crea un patrón ternario o cuaternario de acentuación hablada que, al ser recitado rítmicamente, funciona como un dembow lingüístico. La repetición es el motor rítmico principal en ambos casos.
La asociación entre música y una gestualidad pélvica o de glúteos con fines lúdicos, eróticos o festivos no es nueva en las culturas de raíz africana (presente en el mapalé, la punta, el twerking del bounce, etc.). El reguetón globalizó y explicitó sexualmente lo que la canción de Cleotilde mantenía en un estado «inocente» y funcional (el baño). Ambos comparten el anclaje en la misma zona corporal como centro de la acción.
Lo «jediondo» (hediondo) se conecta con una estética de lo «sucio» o lo callejero que el reguetón, en su vertiente underground, explotó. El reguetón primigenio era una música de la calle, con un lenguaje crudo y directo. La canción de Cleotilde, aunque infantil, es cruda y directa: no usa eufemismos, dice «culo» con la misma naturalidad con la que un reguetonero lo integra en una rima.
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Nos dice que antes de los sintetizadores y las discotecas, una abuela nacida a inicios del siglo 20, ya estaba ejecutando el núcleo performativo del reguetón: un ritmo verbal repetitivo centrado en el cuerpo y desprovisto de la mojigatería moderna. Cleotilde es, en este relato, una figura de la memoria: la que recuerda y transmite un gesto rítmico ancestral que, un siglo después y con otra capa tecnológica y social, conquistaría el mundo. Su canción es la prueba de que la pulsión de perrear es, en esencia, un juego eterno.
Antonio Benítez Rojo lo expresó con exactitud en La isla que se repite (1989): hay ciertos ritmos del Caribe que son «el eco de una memoria enterrada», gestos que se repiten sin que el cuerpo sepa ya qué conmemora.
“También el reggae tiene originalmente, según he leído, una intención de tranquilizar, de mecer”, me comenta Inés Feo La Cruz y añade: Ese ritmo, que es el antecesor, viene de ese ancestro: del caminar con una cadencia que es característica de los pueblos africanos. Es algo corporal integral, no solamente mental, intelectual.
DISFRUTA TAMBIÉN:
Diccionario de la RAE ya incluye oficialmente la palabra «perreo»
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Luis Alberto Angulo (Barinitas, 1950). Poeta, coautor de Viento barinés (UC, 1977), y autor de las compilaciones: Antología de la casa sola (Fundarte, 1982), Fusión poética (UC, 2000), La sombra de una mano (2005), Antología del decir (2013), y Coplas de la edad ligera (2023) en Monte Ávila Editores. También de LAAR’S POÉTICA (Ciudad Valencia, 2026).
Ciudad Valencia/ER













