Amelia, desde su profuso taller de costurera donde confecciona pantaletas y trapos psicodélicos, de esos que usan algunos cultores y políticos y políticas de oficio, influencers imitadores de modas extranjeras, «que también son diputados y emprendedores de comidas exóticas y tienen sueldo extra», me dijo al teléfono hace días una retahíla de cosas:
Que se gastan tremendas camionetas con vidrios ahumados y viven en urbanismos llamados «Ciudades de Chávez», que ella y sus «socias» los llaman «enchuflaos» en broma (pero en serio), que están pegaditos a algunos jefes de ministerios o fundaciones del gobierno» o empresarios, que poco se ven, pero según ella son los que proveen algo más que vituallas en los bodegones de alcurnia del Este y de ciudades venezolanas donde se paga con dólares.
Días atrás me dictó una lúcida y argumentada declaración de principios antiimperialistas con variantes sobre el vaivén de la llamada posverdad, sobre el “Gerard Ford”, la dieta de los marines, las reflexiones de José Roberto Duque y Roberto Malaver y citó su conclusión: «A este país no hace falta invadirlo, pues se compra y se vende en dólares».
DEL MISMO AUTOR: EL PETRÓLEO Y LA PATRIA
Me dijo graciosamente que los marines no son «marineros que besan y se van», que como no sabe a quién creer, cree en todo el mundo, hasta en el hijo de Eduardo Fernández, Trump y algunos duros de la «cuarta» que usan bikinis, según la lengua del señor Carvajalino.
Recordó aquella época en la que, con aguja e hilo en mano, tejía sueños de un futuro mejor para sus cinco hijos en una máquina que ya se ha ido opacando y la madeja no le alcanza y el pedal se oxidó.
«Tiempos difíciles”, me dice, “donde cada centavo y la lucha por la locha es por la supervivencia, una batalla diaria, poeta»…
Sin embargo, Amelia se queda, no se va: es parte de una generación de héroes y heroínas, de luchadores que a su vez vienen de una saga que vivió apegada a los ideales emancipadores y lucharon y soñaron. Sus padres son los abuelos ejemplares de sus hijos: hombres y mujeres que, a pesar de las adversidades, nunca perdieron la esperanza.
“Una generación que forjó su carácter en la lucha y que, con el tiempo, se convertiría en la columna vertebral de la Revolución que hizo Chávez”, me dijo con orgullo.
De aquellos días difíciles nació una “generación de oro”, como la bautizó Hugo Chávez: joven, genial, decidida y capacitada para defender la paz, la tranquilidad, la independencia y la soberanía nacional.
Son la fibra, seres que con su ímpetu y talento, continúan construyendo las bases materiales y espirituales de la sociedad socialista, pese al “barco” y al Caribe amenazado.
“Hoy, en tiempos de guerra mediática y psicológica y bloqueo comunicacional, esa generación se ha convertido en protagonista de las redes sociales”, continúa. «Están libres de odio, alzan sus voces para defender la verdad y romper con las cadenas de la manipulación».
Son la generación de las calles, las redes, los medios, las paredes y la radio bemba.
Amelia, desde su humilde costurero, observa con orgullo a sus hijos y nietos. Ella es la prueba viviente de que, incluso en los momentos más oscuros, siempre hay una luz de esperanza. Su historia es un recordatorio de que la fuerza del pueblo es invencible y que, juntos, podemos construir un futuro mejor para todos.
Maduro y Trump a veces parecen de ficción. Pero solo a veces. Nuestro Presidente se defiende bailando las ambigüedades del Monstruo Anaranjado. Este pareciera burlarse. Nada se parece a la verdad, excepto los barcos y las matanzas en las costas del Caribe y la defensa de la Patria, salvo los uniformes, las declaraciones de los influencers, es como un juego entre el gato y el ratón.
“Nosotras vemos”, me dice, “que Trump se ha salido de un clóset junto a otros, como Clinton, que estaba agazapado”.
“En fin, poeta, yo no me voy: aquí moriré porque aquí nací con la sangre caliente. Y somos muchos”.
Amelia vino a Caracas hace poco, al Seguro Social a gestionar su jubilación como maestra de escuela.
Pero no fue posible, me dijo arrecha: «Puedes creer, poeta, que con todo el esfuerzo que ha hecho el gobierno para lograr avances en ciencia y tecnología, en el Seguro Social no me atendieron porque las radiografías no eran en láminas de acetato, a pesar que yo llevaba todos los documentos en CD, la señorita insistió en lo del acetato”.
Pero esa es otra historia.
Me dijo que de todos modos se alistó en la Milicia, con el pescuezo torcido y la cadera como un punto y coma.
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Federico Ruiz Tirado (Barinas, 1955): Escritor, poeta, diplomático. Miembro Fundador de la Red de Escritores Socialistas de Venezuela. Autor de Un puñado de pájaros contra la gran costumbre (antología sobre el 4F), Un día para siempre, La Patria está en otra parte (MPPCULTURA, PDVSA) y del poemario Víspera (El perro y la rana).
Ciudad Valencia / RN











