Cuándo cumplí un año, mataron a Carlos Delgado Chalbaud, presidente de la junta militar que había dado el golpe de estado que derrocó a Rómulo Gallegos y hasta que cumplí ocho, se mantuvo el régimen dictatorial del Teniente Coronel Marcos Pérez Jiménez (quien le robó el triunfo a Jóvito Villalba en el referéndum de 1952).
Las presidencias constitucionales, a partir de 1959, de Rómulo Betancourt y Raúl Leoni, con alzamientos militares y suspensión permanente de garantías, fueron amenazantes, violentas, intimidantes. Rafael Caldera propuso la “pacificación” a los partidos de izquierda alzados en armas, que en verdad ya estaban derrotados, pero la violencia institucional del Estado continuó; la represión en contra de la clase obrera, los estudiantes, y los pobres en general.
Me “politicé” en la escuela primaria
En las elecciones posteriores al 23 de enero de 1958, los candidatos más fuertes fueron Rómulo Betancourt de Acción Democrática y Wolfgang Larrazábal, apoyado por Unión Republicana Democrática (URD), el partido de Jovito Villalba, José Vicente Rangel, Alirio Ugarte Pelayo y José Cheíto Herrera, donde militaban mi papá y mi abuelo paterno con sus familias.
Lo constante de aquellas épocas y las posteriores antes del periodo chavista fue siempre la violencia institucional, la política represiva del Estado; siempre una amenaza, un planazo, un despido, una expulsión, un juicio civil amañado o uno militar para un civil; la muerte sumaria, la matanza, la tortura, las desapariciones, la cárcel, el acta mata voto, la banda armada, la ilegalización de sindicatos y organizaciones populares, la suspensión de garantías constitucionales, y un largo, larguísimo etcétera, que hizo del período de la “democracia representativa” una dictadura casi, o más feroz que la de Pérez Jiménez.
La pobreza y la miseria social galopante en los cinturones urbanos, el analfabetismo, la impunidad jurídica, la corrupción administrativa, finalmente crean las condiciones para la debacle política y económica del país amenazado. Algunos no quieren recordar las condiciones extremas en que estaba sumido el país en los 90; mucho más que una amenaza, la nación venezolana se hacía agua o estaba a punto de naufragar de manera rotunda, irreversible.
La renta petrolera creó grandes emporios económicos que se desarrollaron a expensas del Estado rentista; empresas subsidiadas quebradas y “empresarios prósperos” grafican la paradoja económica que hundía al país en la ruina y la disolución republicana.
El proyecto político subyacente en el acuerdo de alternancia del “puntofijismo” conducía a la conformación de un grupo social que remedaba al estrato gringo de su llamada “clase media”. Crear en Venezuela una fuerte clase intermedia de trabajadores ideologizados, fue el ideal de Betancourt luego de la frustrada “Revolución de Octubre” adeca.
La necesidad de trabajadores incorporados a la producción y el desarrollo industrial impuesto por el modelo petrolero requirió un perfil social que intentaba reproducir las características sociales del campo petrolero en el que los trabajadores tenían roles bien determinados y, en general, muchos disfrutaban del bienestar que ansiaban todos los demás que estaban fuera del circuito perimetral del “campo”.
Con el advenimiento del Bolivarianismo del siglo XXI, una nueva realidad se produce en Venezuela; una esperanza colectiva en el horizonte que, sin embargo, ha recibido la intensa agresión de los poderosos intereses continentales asentados principalmente en el norte. No ha sido fácil mantener el vigoroso cambio político, económico, social y cultural dentro de la vocación pacífica, constitucional y humanista; pero, el sujeto pueblo en su empoderamiento progresivo ha mantenido con firmeza y decisión su voluntad transformadora.
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Con un mundo en contra en 2024, el país de ocho estrellas y su Presidente Nicolás Maduro, han vencido electoralmente a Goliat, pero aún los derrotados, confabulados Internacionalmente, no aceptan el lugar que les corresponde e intentan nuevas maneras de agresión. Todo el país democrático debe oponerse a esta violencia que nuevamente continúa afectando a nuestra moneda y a toda la economía.

La “revolución bolivariana” no puede permitir que la desvíen del camino que asumió desde sus inicios y ha logrado definir con autoridad y autonomía, pese a las agresiones desmedidas y las continuas amenazas reales y psicológicas de una nueva forma de guerra mayor a la que ha sido sometida; sin embargo, como expresara en su programa de televisión Diosdado Cabello, vice-presidente del PSUV: “Serán derrotados los fascistas y terroristas”. Malinchistas y pitiyanquis, una y otra vez serán rechazados por la corriente histórica descolonizadora y autonómica que encarna, para el mundo, la República Bolivariana de Venezuela.
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Luis Alberto Angulo [Rivas]. Nació en Barinitas, estado Barinas (VEN), en 1950. Coterráneo de los poetas Enriqueta y Alfredo Arvelo Larriva. Autor de las sumas: Antología de la casa sola (Fundarte, 1982), Fusión poética (Universidad de Carabobo, 2000), La sombra de una mano (2005), Antología del decir (2013), y Coplas de la edad ligera (2021), títulos publicadas por Monte Ávila Editores, colección Altazor. Prologa la edición en vida de la Obra poética completa de Ernesto Cardenal (Editorial Patria Grande, Buenos Aires, Arg. 2008).
Premio del IV Concurso Internacional de la revista Poesía (UC), otorgado anteriormente a: Jim Seguel, Arnaldo Acosta Bello y Eli Galindo. En Valencia, ciudad donde reside desde hace más de cincuenta años, ha sido columnista de los diarios Notitarde, El Carabobeño y Ciudad Valencia, jefe de redacción de la revista Poesía (UC) y director de las revistas Zona Tórrida (UC) y Redve (Red Nacional de Escritores de Venezuela). Ha realizado selecciones poéticas de: San Juan de la Cruz, Miguel Hernández, César Vallejo, Ernesto Cardenal, Enriqueta Arvelo Larriva, Teófilo Tortolero, Gelindo Casasola, Rómulo Aranguibel, Lubio Cardozo y Ana Enriqueta Terán.
Ciudad Valencia













