En los años noventa bajaba de los Altos Mirandinos la revista Trapos y Helechos. Yo la leía en el Departamento de Literatura de la Universidad de Carabobo, adonde llegaba en intercambio con La Tuna de Oro.
La curiosidad de la revista literaria que dirigía Antonio Trujillo (Premio Nacional de Literatura 2025) estaba en las entrevistas a personas más que a personajes, escritura entre comillas, más bien escucha de la palabra, transcripciones del habla, de las vidas, pero no la instrumentalización sociológica de las historias de vida con los métodos cualitativos.
Esto estaba en el campo literario. Una revista rara. De esa revista sale el libro Testimonios de la niebla: voces de los altos Mirandinos. Esta es su segunda edición por Editorial el perro y la rana (la primera fue de 2007, pero como dijimos la mayoría de los testimonios son anteriores, algunos adultos mayores ya no están… está su voz).

Por ejemplo, decía Serapio Bello de Andrés Pacheco Miranda:
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!Coño! Y ese Pacheco Miranda !no jo! Yo no sé… Pero antes la gente era así. Donde está El Faro, ahí había una casa de negocio, una pulpería. Y esa casa, toda esa hora ahí, era de don Julio Monasterio, un general retirado. Donde hablaba ese hombre, no hablaba más nadie. Ese era otro hombre !no jo! General retirado. Bueno, y tenía su hacienda don Julio, de café, en esos terrenos que son de Celestino, eran de él. Y él tenía un peonaje. De quince o treinta hombres, y el día sábado le decía a cada quien, lo llamaba: ¡Fulano, presente! Tome ese papel, vaya allá donde Pacheco Miranda que le despache la semana de trabajo. Y entonces había otro hombre de aquí, un tal Rosendo Colina, él se la echaba también de macho. Llega, en silla de caballo por allá, y le llega un día domingo tempranito y Pacheco no se ha levantado, y la esposa de Pacheco Miranda, sí, la señora Mercé. Y le llega Colina y le dice: Mire, señora Mercé, ¿usted sabe preparar una arepa?, ¿usted sabe hacer un desayuno pa’un hombre? Y dice ella: Pero señor… Y le contesta el hombre: Es pa’ Rosendo Colina. El hombre que lo sabe todo… Cónchale, cuando escucha el marido eso, que está allá dentro Pacheco Miranda !carajo! Y se medio para de la cama con la calentura ¡no jo! Así mismo, mal acomodado y con la pistola en la mano le dice: ¡Mira, aquí el que tiene derecho a mandar a preparar una cosa bien preparada soy yo, porque ella es mi señora! Y le zumba ese tiro. El tiro le pegó por encima del sombrero, y pego arriba en la lumbre de la puerta, ¡no joda! Del susto Colina dejó el caballo. El caballo lo dejó y lo mandó a buscar en la tarde con otro. ¡No lo va a dejar! ¡Se le acabaron los brincos! Ese Colina era malo. Él mismo preparaba los armamentos. Él no compraba armamento, él mismo lo hacía. Él tenía un bastón y cuando miraba alguna cosa peligrosa, cuando menos que era contra él, no joda, le daba un tiro con el bastón, sí, señor; fíjese, ese día tuvo que correr, porque con Pacheco Miranda no se jugaba.
En el testimonio de Serapio Bello se retrata a tres tipos representativos del final del XIX y el inicio del XX: el general de montonera con sus peones en tiempo de paz y soldados en la guerra, el sistema de pagos con fichas de esa economía primitiva, y la violencia como cemento social. Pero el retrato psicológico de los personajes lo aleja de la sociología y lo aproxima a la literatura.
Por cierto, dentro de los cambios de la vida y sus conversiones, Pacheco Miranda sería finalmente jefe de redacción de La Religión, tesorero de la primera directiva del Ateneo de Caracas y cronista de Los Teques, como Antonio Trujillo es cronista de Los Salias.
El segundo libro que nos ocupa es Las Regiones Verbales. Sabemos, desde los hermanos Valdez en el Renacimiento, de las ventajas de escribir como se habla, y de escribir de lo que nos rodea: uno es el autor del saqueo de Roma (del Vaticano) por las tropas de Carlos V. El otro gemelo escribió el Diálogo de la Lengua.

Pero una cosa es escribir como se habla y otra es hablar como se escribe… y entre estas dos opciones del estilo, Antonio Trujillo va región por región, para que en su acento local los poetas hablen de los poemas escritos sobre su lugar de origen. Exponen la carpintería del poema. Pero Trujillo que es carpintero sabe que la silla en sí misma es una obra acabada, como el decir.
El tercer libro es una compilación de las crónicas de los cronistas comunales, distintos de los cronistas municipales, descendientes de los cronistas conquistadores. El cronista comunal escribe defendiendo su patrimonio local, material e inmaterial. La vida cotidiana característica de sus regiones verbales. Esa historia a contrapelo, la historia escrita por los vencidos, que imaginaba Walter Benjamín en sus Tesis sobre la Historia, se me parece bastante a la labor contra corriente del cronista comunal frente al cronista oficial, tan cerca del poder constituido y tan lejos de la verdad.
Dice Trujillo: «Junto a la palabra escrita dimos espacio a la palabra oída, la del otro, de la otra, insistimos en ese primoroso instante del verbo desprendido desde el ser cuando da razón y luz sobre los hechos de orden celeste para el alma humana, nunca escritos ni valorados por la ciudad letrada. Próxima a estos ángeles del verbo la mirada es otra, el barrio es otro, la ciudad es otra, la ciudad se cuenta a sí misma, nos lleva al árbol invisible de la comuna, en esa savia no dudamos, el país guarda con celo otra historia, su destino libertario».
Los cronistas comunales, los cronistas de la comuna, con esa fórmula alquímica de historia local, oralidad y poesía, son sujetos y objetos de la Nueva Historia en la Revolución Bolivariana. No podíamos esperar menos de alguien que aprendió a escribir poesía con los pájaros.
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Pedro Téllez (Valencia, 1966): Psiquiatra y escritor. Egresado de la Escuela de Medicina de la Universidad de Carabobo, donde también cursó las Maestrías de Historia de Venezuela y Literatura Venezolana. Ha sido profesor de estética en la Escuela de Arte «Arturo Michelena» y coordinador del Postgrado de Salud Mental en el Hospital Psiquiátrico de Bárbula.
Ha formado parte del comité de redacción de las revistas Poesía y La tuna de oro. Entre sus libros se encuentran: Añadir comento (1997), Fichas y remates (1998), Tela de araña (1999), La última cena del ensayo (2005), Un naipe en el camino de El Dorado (2007), Elogio en cursiva del libro de bolsillo (2007), Valencia sulaco (2019).
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