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Percepción poética de lo fugaz | Arnaldo Jiménez

Divagaciones - Arnaldo Jiménez - Apuntes generales sobre la cultura

Erosión y permanencia son los pasos de todo destino; el juego permanente del tiempo. Por supuesto, en ese juego hay gradaciones de velocidad para que se realice el cambio, la transformación. Cada cuerpo tiene su propia forma de expresar esas modificaciones. La permanencia es una forma de desgaste y este es la única manera de mostrarse que tiene la permanencia, y no se trata de un simple juego de palabras.

A veces se abren compases temporales entre ambos aconteceres, otras veces pareciera que entre ellos no puede haber ningún tipo de distancia o, mejor dicho, aquellos pasos permiten vislumbrar —entre huella y huella— algunos acontecimientos que pueden servir a la vez de elementos que enlazan detalles que fueron vividos en otras situaciones, objetos o seres. O sea, entramos al reino de la memoria. Pedazos de tiempos que se sueltan y regresan transformados y mudados de materialidad. Y es que para que el tiempo haga su trabajo es necesario que se guarde en el ser humano.

Ese encadenamiento constituye la lógica interna de las cosas que pasan, pienso que la voluntad del hombre no juega un papel importante en esos retornos que en cierta forma lo eligen a él, sino más bien su percepción, intuitiva, emocional, libre de los límites “racionales” que normatizan y deciden lo que es real de lo que no lo es.

Las combinaciones de los sucesos, sus brincos y permutaciones ocurren con tanta abundancia que toda realidad no es más que un vibrante deslizamiento de lo mismo en lo otro diferente, recurrencia que casi nunca es detectada, pues, nuestra percepción es parcial; por tanto, toda verdad será un pedazo de otra verdad que espera.

Usurpación de gestos, desplazamientos de voces, sus tonos; de las palabras, sus significados; traslados y encajamientos de piezas temporales y espaciales que parecen buscarse para completarse y, al mismo tiempo, buscarse para fallar en ese intento, dado que el tiempo es flujo. Cada sujeto tiene una forma de lo que ocurre, también un significado del mismo.

Cada hoja que cae es un vacío, un paso sobre el agua, una mano que registra las gavetas, un sonido que se convierte en imágenes que adquieren la velocidad de sus notas, pequeño atasco del espacio que invita al pasado a desenvolverse y a ser buscado en laberintos de lugares finitos que moran en el alma humana, como lo intentó Marcel Proust en: “En búsqueda del tiempo perdido”.

La memoria es un archivo casi infinito de detalles, policromático, lleno de múltiples voces y ruidos, temperaturas, olores, formas y sabores que conviven a riesgo de convertirse en silencio si el sujeto no encuentra una manera de despertar y, al mismo tiempo, transformar esos detalles. El arte es una de esas formas.

Hay momentos que envejecen fuera de nuestras miradas, momentos que caminan furtivamente en busca de los seres precisos, pero también hay seres que se dedican a descubrirlos y ver la manera de cómo ellos conforman un ecosistema de lo poético que calza con lo fugaz, con lo que se va, quizás metiéndose de improviso en oscuras palabras que guardan el disfrute del instante con todo lo que pudiera tener de perecedero; quizás desvaneciéndose sin que nadie lo atrape. Algo de ahí estira su mano y nos alerta, nos abre el asombro y la alegría que surgen al darnos cuenta de que somos pescadores de los desgastes, acumuladores de la fugacidad.

Solo la conciencia de lo que percibimos nos desenvuelve y nos coloca dentro y fuera de la flor que nos maravilla, de la sombra que abre en crepitaciones luminosas. La relación entre la realidad y la percepción, tiene momentos que se pueden extraer y convertir en pintura, en danza, teatro, cuento, poema, novela, escultura… pero son dos términos que se implican mutuamente, que no están separados: cuando los atravesamos las figuras que sin explicaciones aparecen donde menos se les esperaba, se nos hacen familiares aún en pleno extrañamiento.

 

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Solo el desgaste y el brote existen. Toda la conciencia vertida en los polvillos que caen de los objetos, de los seres, de los días, tanto como en la belleza de lo que surge para morir. Todos los sentidos comprometidos en lo que nos contiene y nos va soltando hacia el siempre, a lo que oponemos la escritura como una manera de anclar la memoria en las cosas y los seres, como una forma de lanzar las amarras al fondo de la verdad: la ilusión.

Muchas veces nos vamos soltando de nuestras propias ataduras, esa soledad abismal que reposa en todo acto, en toda intención de crear enlaces. Nos vamos soltando de las ficciones que desinteresadamente nos regala la vida y nos quedamos con lo que hace llaga, el dolor o la alegría de estar siendo efímeros; nos quedamos con la maldición de comprender el no importa que nos funda.

 

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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.

Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).

Ha publicado:

En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).

En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021).

(Tomado de eldienteroto.org)

 

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