Arnaldo Jiménez es un narrador, poeta, articulista y ensayista nacido en Venezuela. Ha publicado 36 libros, divididos en diversos géneros literarios como el cuento infantil, las micro-ficciones, la poesía, los cuentos, el ensayo, los aforismos y las novelas. Tiene más de una docena de premios y con frecuencia es invitado a eventos literarios dentro y fuera de su país.

Arnaldo es docente, licenciado por la Universidad de Carabobo, pero ejerció a nivel de aula, sobre todo, nivel básico. También trabajó en algunas universidades, liceos y dictó talleres de poesía a los niños en varios municipios durante tres años y esto le permitió conocer todas las escuelas de esas regiones.

Arnaldo es el invitado que hoy tengo para ustedes*.

 

Ysabel. El silencio del agua-Arnaldo Jiménez

Arnaldo, cuéntanos un poco de ti, ¿quién es Arnaldo Jiménez?

Soy un ser humano que tiene pasiones y estas pasiones lo han llevado a escribir, a comulgar con la poesía en casi todas sus manifestaciones en la vida diaria y en la escritura.

 

¿Qué le acerca a la poesía? ¿Cómo descubre que va en camino a ser poeta?

Mi mamá era lectora de poesía. Ella tenía unos cuantos libros en la casa. Una recopilación de Aquiles Nazoa y de Edgardo Ramírez, que fue muy famosa, casi todo el mundo tenía esta última recopilación que mencioné.

Y no sé si fue conscientemente, pero mi madre alimentó la lectura en mí a temprana edad mediante suplementos. Cada vez que ella salía de viaje me traía varios suplementos. Yo era muy fanático de Los Superamigos, de los héroes como Batman, Superman, Linterna Verde y, también, del inolvidable Santo, el Enmascarado de plata. Después, ya casi para entrar a la adolescencia, decidí regalar todos esos suplementos y comencé a leer cuentos. Mi mamá me los compraba ilustrados, era una fascinación para mí, y bueno, por ahí siguió desarrollándose mi gusto por la lectura.

Como a los 17 años, viviendo allá, en Puerto Cabello, un amigo tenía una tía que era gran lectora de Pablo Neruda. Ella dejaba los libros por ahí, en las mesas, y él los agarraba y se iba para la casa. Los leíamos, sobre todo porque nos llamaban la atención algunos versos que tenían comicidad. Por ahí comenzó la poesía a meterse por los ojos y comenzó a tatuar mi alma con su misterio.

 

¿Por qué la poesía y no el cuento o la novela?

Bueno, comencé así. Con la poesía me pasó algo: empecé a imitar a Neruda. Tenía muchos cuadernos escritos imitando su estilo. Pero más temprano que tarde, tomé conciencia del asunto y quemé esos cuadernos. En ese tiempo el suplemento cultural de Últimas Noticias era muy variado. Y casi al mismo tiempo que la poesía, me atrapó el ensayo. Yo me decía: «quisiera escribir como estos ensayistas». Y duraba hasta altas horas de la noche leyendo, y desplegaba sobre la mesa un montón de libros para citar a los autores y que me respaldaran en mi atrevimiento… Entendí desde el inicio que las figuras de autoridad no pueden hablar por nosotros. Al mismo tiempo me dediqué a observar con atención la historia de mi familia, los rituales que tenían mi abuela y mi mamá con las matas, con las ánimas. Entonces decidí suspender toda escritura por un tiempo para irme alimentando de la vida y de otras lecturas.

 

mi madre alimentó la lectura en mí a temprana edad mediante suplementos. Cada vez que ella salía de viaje me traía varios suplementos.

 

¿Por qué la poesía? Porque me atraían los clichés que giraban alrededor de esa palabra. Seres sensibles, con atuendos extraños, pipa, boina; en Puerto Cabello había uno que paseaba de noche por las calles del centro todo vestido de negro y con una capa; me sonaba bien todo eso y me decía que ser poeta debía ser algo espectacular, era como ser una persona que trataba con ternura a los demás. Yo venía de ciertas admiraciones a los santos, así que saltar de allí a la poesía no fue muy difícil. Tenía yo como un ideal de la poesía o de lo que es ser poeta. Entonces, me la pasaba grabando la caída de las hojas, el rumor del mar cuando me iba para la playa, los troncos de los árboles invadidos por los musgos y el jardín de la casa también me atrapó. Quería entender por qué que mi abuela y mi mamá le hablaban a las matas y sabían dónde una de ellas iba a estar cómoda con otra y dónde no. Todo ese tipo de asuntos me parecían mágicos; es decir, mi intuición me decía que esos asuntos no los podía entender por medio de la razón.

 

Arnaldo Jiménez-maletín de pequeños objetos

¿Qué fue lo primero que escribió como poeta y lo sometió a consideración del público? ¿Cómo fue la reacción de la gente?

Comencé a escribir a los 17 años, pero como te dije, yo boté todos esos cuadernos, los quemé. Yo asistía al Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la Universidad de Carabobo. Allí siempre se reunían poetas y conversaban y yo estaba a la escucha.

Entonces, un día se presentó la oportunidad para mí porque se creó una colección en la Universidad titulada: Mi primer libro, bajo la dirección de Adhely Rivero, quien era el jefe del Departamento de Literatura en ese tiempo. Por esa época yo tenía unos cuantos poemas escritos, luego de la quema. Mi primer libro se tituló: Zumos, porque fue el producto de un exprimir la casa, la historia familiar y mi posición en esa historia como si fuese un cronista de supersticiones, amores, odios y la particular vinculación de nuestra historia con los puertos, con el mar.

En aquel tiempo, la Universidad de Carabobo realizaba un encuentro internacional de poesía, al cual invitaban a poetas de todos los continentes, a uno de esos encuentros me invitaron y yo sentí que a muchas personas les gustaron mis poemas.

Regularmente, sometía mis poemas a consideración de mi mamá porque yo decía: «mis poemas deben ser tan sencillos que mi mamá los entienda». Esa era la medida de la calidad de ellos.

 

¿Cuáles han sido los impulsores de su poesía?; ¿cuáles han sido los temas que han estado siempre presentes en su versear?

Bueno, ese poemario titulado Zumos estaba dividido en tres partes: la casa, el jardín y la ciudad.  La ciudad tiene muy pocos poemas en ese título, era como si estuviese saliendo de la casa para luego ver qué podía encontrar afuera.

Empecé luego a escribir sobre el mar porque mi familia siempre ha estado viviendo de puerto en puerto, incluso fuera del país, pero en puertos. Entonces el mar ha estado presente en casi toda mi escritura. No solamente en la poesía, también en cuentos y novelas; pero si hay algo a lo cual estoy pendiente es a evitar la repetición y el encadenamiento a un tema; por ello en mi escritura hay otras motivaciones que también han formado parte de mi vida, de mis miedos, de mis anhelos; por ejemplo: la muerte y la sequía. El amor es el hilo que teje el poema a la realidad. No escribo de algo que no me toque vivencialmente, que no haya pasado por mi vida.

 

¿Qué es lo mejor de hacer poesía?

Bueno, lo mejor de escribir poemas, para mí, es el detenimiento del tiempo mientras uno escribe, o su paso no percibido. Tratar de buscar, como decía Eugene Guillevic, «el poema perfecto, sabiendo que no se va a conseguir», pero tratar de tener ese camino, además uno tiene la sensación o la ilusión de creer que, al crear un poema, se está viviendo dos veces el núcleo de ese poema de donde nació.

 

 

libro-inventario para un nuevo altar-arnaldo jiménez

Poeta, ¿y para qué escribir poesía en un mundo que en este momento parece tan desanimado y tan poco propenso a lo emocional, a lo íntimo?

Yo me he hecho esa pregunta muchas veces, en momentos en los que uno cae en un charco de realidad, cuando esta te salpica con sus barros y uno sabe que la visión clara que ofrece la poesía, también está borrosa, está turbia. Pero la poesía va a esas regiones del ser humano, a ese mundo interior psíquico, almático, si se quiere, en donde podemos tener un refugio. Un refugio muy humano, muy sencillo, muy humilde y, precisamente son estos vectores, de lo que te estoy hablando, los que cada vez se encuentran menos en esta sociedad convulsionada, rápida, mercantilista y asesina. Todo se convierte en mercancía, y la poesía, desde tiempo inmemorial, ha sido rebelde, ha sido ese campo de la creación donde al mercado le cuesta llegar y convertirla en cosa. ¿Quién puede desmentir que la poesía ha servido de cura a las heridas de los individuos y de la historia?

 

sometía mis poemas a consideración de mi mamá porque yo decía: «mis poemas deben ser tan sencillos que mi mamá los entienda».

 

Cuando he creído firmemente que no tiene sentido escribir, la misma realidad me dice: «no chico, esto tiene un sentido más allá de lo práctico, más allá de lo utilitario, es una pasión y un deseo, dejar de hacerlo es quitarle el misterio, el enigma a nuestro tiempo, y entonces uno comprende que allí hay pulsos que se cruzan, amores que sobreviven, compromisos que se mantienen vivos».

 

Las veces que has realizado lecturas de poesía, ¿la mayoría de los asistentes son gente adulta o hay jóvenes, también? Entiendo y siento que a mucha gente joven le gusta expresarse poéticamente y escuchar poesía, a pesar de todo lo que dicen: «que no hay lectores, sino que hay oyentes de poesía».

Bueno, cada vez hay más. Coincido contigo en que la juventud se está aproximando. Fíjate que esta pregunta tiene que ver con la otra, porque en esos vacíos que se están produciendo en serie, los jóvenes son los que más la padecen, son los que más quedan flotando en un aire de incertidumbre, y la poesía es una rama a la cual ellos pueden asirse para salvarse. Pero esta palabra «salvación» no lo es tanto en el aspecto religioso, sino en los ámbitos cultural, social, emocional y vivencial, por supuesto.

Últimamente, a través de una escuela que se ha creado aquí en el país y que lleva por nombre Escuela Nacional de Poesía Juan Calzadilla, esta idea se ha ido propagando por los liceos y se ha venido cultivando desde hace un año y medio. Es un público lector joven, al cual se le está instruyendo en talleres en torno al hecho poético y todas sus variantes, todas las expresiones.

 

la poesía no sirve para ir al mercado; la poesía no tiene la utilidad que tiene un trabajo de oficina, o la que tiene un médico, un abogado… pero cuando el alma tiene heridas, es la poesía la que va a curar esas heridas.

 

Ha sido bastante refrescante para ellos y últimamente estos jóvenes, y no tan jóvenes —porque también se les dicta a personas mayores, de la tercera edad—, están asistiendo a los eventos literarios y se ha creado un público que está ganado, no solo para la poesía, sino para la escritura y la lectura.

 

¿Qué conoce de Colombia? ¿Ha venido a nuestro país a realizar lectura, a compartir libros a interactuar con otros poetas?

Hace varios años me invitaron a Valledupar, a un encuentro internacional de declamadores y de poesía que allí se realiza anualmente, lleva por título a una de sus más insignes poetas “Clemencia Tariffa”. Fue bastante gratificante vivir esa experiencia. Conocí la expresión más genuina de la música vallenata, la cual es de una belleza impresionante, conocí espacios y gran parte del folclor. Conocí poetas de allí y de otras partes y me di cuenta cómo en esa región se declama desde temprana edad, cómo la poesía corre por las calles.  Quizás si algún dios diera un golpe en la tierra, lo que saltaría de allí sería miles y miles de declamadores y poetas. Es la única experiencia que he tenido fuera de mi país, en ese sentido no he tenido mucha suerte.

 

¿Qué les dices a las personas que quieren aproximarse a la poesía, pero tienen desgano porque —dicen—  la poesía no sirve para mucho…?

Bueno, yo les confirmo que tienen toda la razón, la poesía no sirve para ir al mercado; la poesía no tiene la utilidad que tiene un trabajo de oficina, o la que tiene un médico, un abogado… pero, como ya he dicho, cuando el alma tiene heridas, así como el planeta, al cual se le hacen, sobre todo, a través de las guerras y la contaminación, es la poesía la que va a curar esas heridas. La importancia de la poesía no se encuentra en acomodarnos superficialmente en la sociedad de consumo, la cual va en contra de la ecología del lenguaje, sino en renovar, refrescar y darle continuidad al lenguaje, conservarlo, porque es una de las vías que nos mantiene vivos como especie.

Es en la poesía donde el hombre busca una manera de expresarse. Que pueda ir más allá de la lógica y que pueda envolver y darle sentido a toda la locura que se vive. La utilidad de la poesía está a nivel de la emoción, de una complicidad, de un acompañamiento en la vida.

 

Poeta, ¿cómo va aprendiendo uno a meter la mano en ese mar de palabras que hay y encontrar las justas para construir el poema? Porque debe ser un aprendizaje bastante difícil y dictado por la intimidad de la emoción…

Sí, lo que dijiste sobre la intimidad es fundamental. Considero que el poema es una confesión, es una forma de desnudarse en un momento dado; es un recorte de lo sagrado que uno busca para expresar algo que uno vivió o anhela. Entonces, el argumento, el núcleo, lo que se estaba cocinando en la vida real, en la vida cotidiana, en un momento determinado, surge y es la concentración, el silencio y la intimidad los que van dictando las palabras y uno va construyendo, esculpiendo el poema que, por cierto, esculpir imágenes me parece una de las artes más difíciles que puedan existir, porque no es el mismo tallado de una piedra en donde el escultor va quitando lo que sobra y va surgiendo la forma que él tiene en su mente.

Esculpir con palabras y tener como materia prima al lenguaje y las emociones es algo sumamente difícil y algo que necesita un tiempo determinado y una fidelidad.

 

Etrepuestos-Arnaldo Jiménez

No sé, Arnaldo, si le pasa lo que a mí, cuando voy a las ferias de libros  encuentro que hay muchos, pero no mucha calidad,  con el respeto para todo el que se atreve a escribir, a poner a la consideración del público y de otra alma sus poemas; pero pareciera que hay mucha poesía y poca calidad…

Sí, yo creo que hay muchos poemas, pero poca poesía, hay una tendencia a pensar que cualquiera puede escribir, y es cierto, pero esto tiene sus cuidados, cualquiera puede hacerlo, por supuesto que sí, está al alcance de todos. Uno lo que tiene es que estar vivo, despierto con los sentimientos y con los sentidos. La condición es que sientas la pasión por lo inútil, la pasión por mostrar tus cochinadas y hacer con ellas un acto de alquimia.

Pero escribir artísticamente necesita una formación, necesita mucha lectura, mucha preparación, necesita que tú estés en sintonía contigo, que no te mientas para que nazca un producto en el que el otro pueda ver y sentir una complicidad, sentir un acompañamiento.

Hay mucha gente, muchos escribidores de poemas que piensan que es como escribir una letra de una canción o algo así. Entonces la producción es superficial porque quizás su formación es superficial. No podemos decir que sean culpables, que lo hagan adrede, pero uno es lo que se ha formado.

 

Pero, poeta, yo creo que tienen lo importante: las ganas de hacer, pero también lo que ha dicho me parece válido, y es: no se mienta. Es decir, lee tu poema y date cuenta de que, si se lo presentas a tu mamá, ella va a decir que eres mejor que Neruda, pero si se lo presentas a alguien que tenga criterio como lector, que tenga criterio poético, te va a bajar de esa nube en la que te has subido de creer que todo lo que uno hace es bueno.

Quería hacer una variable a la reflexión para preguntarle, si los talleres a los que uno entra para escribir poesía, ¿realmente sirven o no?

Yo creo que la persona que va a asistir a un taller ya tiene, previo a ese taller, ya tiene las ganas, la tendencia a querer ser poeta.  Me parece que, al igual que los yanomamis, que se convierten en “seres humanos”, una vez que ha probado la leche materna, querer ser poeta es tener la conciencia de ser humano, y buscar la fuente propia de donde beber la leche que nutrirá ese crecimiento.

Ningún taller forma poetas. Se pueden dar instrucciones, orientaciones, pero si esa persona no está viva, si esa persona cree que la poesía es una moda, una forma de ser exitoso, una manera de ser reconocido, y es ese el objetivo por el cual está escribiendo, comenzó con malos pasos. Porque la poesía es otra cosa. Si no hay humildad, sino hay una forma de buscarse, de hacerse preguntas, de padecer la realidad y tratar de darse respuestas a través del poema, entonces estamos equivocados, no hay sustancia. Hay una falla en los talleres, así los impartan los poetas más experimentados, solo se basan en instruir en cómo escribir, ejercicios de escritura y modos de leer; pero al aprendiz, desde mi punto de vista, hay que quebrarle su percepción lógica de la realidad, hay que prepararlo para percibir el mundo como unidad, como unidad que fluye, y él inmerso en esa corriente que va a dar a la nada, es un  elemento más, tiene la misma importancia que cualquier otro ser; pero tiene la capacidad de verse y escribirlo.  Los talleres tienen su parte muy positiva, por supuesto, pero decir que de allí van a salir poetas formados; no creo.

 

Yo igual pienso que es lo que dices: mucha lectura, mucha repetición en esa búsqueda de las palabras hermosas que construyan un poema decente y seguir, persistir en la escritura, que me parece, es también la obligatoriedad de quien quiere ser poeta. A propósito, ¿cuándo se sintió poeta? ¿Cuándo, no le quedó grande ese nombre que le dio la gente?

(Su risa refrenda la respuesta: «Es difícil saber eso»…, nuevamente su reír le impide responder).

 

Deshabitados-Arnaldo Jiménez

Se lo pregunto porque uno siempre se pregunta: ¿a qué horas se gradúa un poeta? ¿Quién lo gradúa a uno de poeta? Y cómo puede uno escribir sin vergüenza cuando le pregunten: ¿Profesión? Y responder con orgullo: poeta.

A mí me ha costado mucho llamarme a mí mismo así. Pienso que decirlo y tener en mente que ya hay una formación acabada es también mentirse. Porque el curso de la vida sigue dictando cosas, uno sigue aprendiendo, uno sigue formándose expandiendo el alma. Mientras se esté vivo es infinita y ese alimentarse de lo real de otras lecturas, de otras conversaciones con los amigos, de los amores, de las personas que conforman a uno, incluso los animales, las matas, es una vivencia poética primero y después se da la escritura. Un ser humano que respete lo que más pueda toda forma de vida, para mí, ya es un poeta. Ser soberbio, engreído, también es una mascarada.

Pero llamarse uno mismo poeta es muy parecido a llamarse «maestro», que son palabras bien grandes, bien anchas en las que uno cabe, pero la ropa es más grande que el cuerpo, y entonces uno debe ir ampliándose para ver si entras en ese vestido. Es difícil.

 

¿Qué hace un poeta cuando comienzan a perseguirlo los versos?,  ¿los espanta o qué les dice?; ¿o se sienta dialogar con ellos para que se acomoden en la hoja en que uno quiere dejarlos navegar?

Todo poeta, todo aprendiz de poeta, debe andar por la calle con una libretica. Ahora muchos lo hacen en el celular. Yo soy de la vieja escuela, uno anda con su cuadernito, con su lapicero y si, de repente, uno ya tiene la intención de escribir un poema, es como que si le mandáramos dictados al pensamiento y al alma y en cualquier momento te asaltan, y si no estás preparado, entonces se pueden ir; pero uno los atrapa y después dialoga con ellos, a solas.

 

Si no hay humildad, sino hay una forma de buscarse, de hacerse preguntas, de padecer la realidad y tratar de darse respuestas a través del poema, entonces estamos equivocados, no hay sustancia.

 

Te había dicho que uno de mis libros se titula Caballo de escoba. Este libro surgió después de la muerte de mi mamá. En ese tiempo los docentes estábamos bien, pero la gente igual me empezó a dar colaboraciones. Yo sentí que mi mamá me estaba como dando la plata para que mandara a hacer un libro. Yo ya tenía los poemas, así que lo hice. Es un libro-homenaje a mis hijas y a su infancia, debido a un temor que permaneció conmigo durante mucho tiempo, creer que podría repetir con mis hijas la misma historia de mi papá conmigo.  Mi papá nos abandonó, a madre, a mi hermana y a mí, a temprana edad. Yo me separé de mis hijas también a temprana edad de ellas también. Me separé en el sentido de no estar en la misma casa, pero el afecto, el amor y la permanencia han cultivado todo lo contrario de lo que sucedió con mi padre, incluso mi exesposa es una de mis mejores amigas.

 

A propósito: me hablas de hijas y eso me da pie para preguntar si la poesía le sirvió alguna vez para provocar un enamoramiento de una chica hacia ti.

Te voy a decir: cuando era un joven estudiante en el liceo, sí. Allí intenté enamorar a una muchacha con poesías. No me dio muy buenos resultados (risas).

 

¿Era ella “impermeable” a los poemas?

En ese tiempo había otra actitud de las mujeres o quizá no lo supe hacer. Luego, en la universidad, agarré una maña de enamorar, no con mis poemas, sino que a toda chica que veía le regalaba 20 poemas de amor y una canción desesperada, creyendo que por ahí podía funcionar el asunto (risas).

Un amigo me dijo: mira, vale, quédate tranquilo. Bríndale unas arepas, déjate de creer que con poemas tú vas a lograr algo (La risa se hace común para el disfrute del momento).

Afortunadamente, he tenido bastantes personas amigas que aman la poesía también.

 

Yo pienso que es más importante el amor, el reconocimiento a lo poético. Alguien ha dicho que uno escribe para gustarle a los demás. Creo que en eso hay un poquito de verdad porque nadie escribe para botar lo escrito, ¡nadie!  Cuando alguien me dice: es que yo escribo para mí. Yo no he creído nunca eso. Creo que más bien escribe para él mientras evalúa que la cosa escrita puede funcionar y entregarla al público. Lo que uno escribe es para compartirlo, al menos en la intimidad del escritor, hay ese deseo.

Cierto. Es cómo cocinar. Cómo cocinar un pan. Tú lo estás elaborando. Tienes los materiales. Ahí está la levadura, la harina y están todos los ingredientes. Tú lo estás cociendo, lo terminaste de hornear y debes partir ese pan y compartirlo con los demás, porque algún tipo de hambre debe tener esa persona al acercarse al poema, va a comer de él y se va a sentir bien.  Uno no lo sabe. Mira, te cuento una cosa. Ese libro Caballo de escoba, la primera vez que lo presentamos, estábamos en un sitio, yo leí, había un gran número de personas. Al terminar la lectura todos se fueron yendo y se quedó un muchacho. Un muchacho que era rockero, de esos metaleros, que tenía pulseras y muchos adornos. Yo había leído un poema sobre la muerte de mi abuela. Cuando todo el mundo se fue, él se me acercó y me dijo: «Poeta, mire, venga acá. Ese poema de la abuela me pertenece, porque eso que está allí, y que usted leyó, yo lo viví con mi abuela. El mismo día que yo nací, mi abuela estaba muriendo en el mismo hospital». Más o menos eso relata el poema. Después de algo así, ¿qué puede hacer uno?, pues regalarle el libro y eso fue lo que hice. Pero, fíjate, los poemas dejan de ser de uno, afectan al otro, lo vinculan con el otro.

 

La poesía es hermosa por eso, porque es espejo para otras vidas, para otros seres que se sienten reflejados en ese poema. Hablemos un poco de sus libros, cuántos libros —nunca dicen nada la cantidad de libros, pero sí para la biografía y para saber del escritor—. ¿Cuántos libros publicados?, ¿qué está haciendo, qué tiene en mente?, ¿para dónde va su trayectoria de poeta?

He publicado como 17 libros de poesía. En total son 36 libros, pero dividido en poesía, en aforismos, en narrativa, cuentos, cuentos infantiles, cuentos de misterio, y el año pasado tuve la suerte de que me publicaran varias novelas.  Y un librito pequeño titulado Trinitaria, un poemario que es lo último que he publicado.

Ahorita estoy puliendo algunas novelas que tengo allí descansando, corrigiéndolas… a ver si las envió a algún concurso y tengo suerte, o algo así. Siento que trabajo contra el tiempo, ahí viene la vejez manejando a gran velocidad su carro de tiempo, y yo tengo muchos proyectos que quisiera concluir.

 

De todos los libros, los escritores siempre le responden a uno que son como los hijos, que todos se quieren igual, pero en la intimidad debes tener algún libro que le tienes algún afecto por algún poema en especial, por la construcción misma. ¿Cuál sería ese título que tú dirías este libro me gusta mucho, aunque quiero a los otros?

En mi caso, muy pocos libros no están vinculados con pedazos de historia que me conciernen directamente. Zumos y Tramos de lluvia son poemarios en los que celebro la vida de mi madre, de mi abuela y de mi hermana, casi exclusivamente.  Caballo de escoba tiene la particularidad de que es una ofrenda a la infancia de mis hijas. En este poemario también le escribí como tres poemas a mi papá, para quitarme un poco de encima el asunto de la herencia esa en la que uno tiende a odiar a alguien que ni siquiera conoció. Allí hice las paces con mi papá y conmigo. Hay un libro que no fue escrito por mí, pero que me dio una alegría inmensa, se titula: El silencio del agua. Es un libro escrito por niños y niñas a los que yo les di clases, no talleres, sino clases en la escuela. Ellos lograron escribir unos poemas exquisitos bellísimos de una gran calidad artística. Cuando ese libro salió publicado yo sentí que había tocado uno de los techos que quería.

Por otra parte, Álbum de mar es una historia escrita en poemas de la vida de nosotros en los puertos. Ahí está mi mamá, ahí está mi abuela, unos tíos que murieron, su versión, en narrativa, es una novela titulada Entrepuertos. Esos libros son muy amados por mí. Igual que uno donde escribí la historia de la familia de mi exesposa y de mis hijas titulada Ysabel. Es una novela también, que a mí me gustó mucho. Porque he buscado la manera de rendirles tributo a las personas que han formado parte de mi vida. Más que todo ha sido eso, uno de los sentidos más importantes de mi escritura es agradecerle a los demás haber formado parte de mí. Ante la grandeza de esas vidas comunes, yo solo puedo estar agradecido.

 

libro-album de mar-arnaldo jiménez

Eso le quería preguntar: ¿qué persigue el escritor, de verdad? En la intimidad por allá le dice algo: yo escribo siempre por este motivo.

Sí, uno escribe, primero, para tratar de crear un mundo en el que uno pueda poner orden, porque éste en el que vivimos no tiene ninguno. Está ordenado en lo caótico.

En mi caso, además de esta ofrenda a los familiares y amigos, también le he escrito a los seres que carecen de historia, a los pequeños seres, a las personas que estamos inmersos en una realidad cuya pobreza nos golpea fortísimo, nos desampara, nos deja sin tener ningún sentido por la vida. Entonces yo los rescato. Trato de darles una dignidad en los libros. Por lo menos así intento una manera de escribir la historia de los vencidos, de los que no entran en la historia oficial; eso ha sido uno de los factores por los cuales yo he escrito y sigo escribiendo. Lamento que la escasa distribución de esos libros conspire en contra de esas personas, tanto contra mí, que soy uno más de ellos. Es mi lado malandro, mi aspecto tierrúo, mi halago a la oralidad, para que esos seres a quienes se les considera mutilados de lenguaje y de pensamiento, se planten frente a lo académico y las imposiciones, y hagan valer sus costumbres, sus modos de contarse la vida.

 

¿Vives de la literatura o tienes alternamente otros trabajos?

No, yo no vivo económicamente hablando de la literatura; pero ella me mantiene vivo emocionalmente. En Venezuela pocas personas viven de la literatura, y creo que en Latinoamérica [hay] un puñado que se pueda contar con las manos. No vivo de la literatura, pero hago correcciones de libros, de novelas. Por ahí entra un dinero y además estoy jubilado como docente.

 

¿Las hijas son pequeñas o grandes?

Ya son grandes, ya tengo dos nietas a las cuales, por cierto, también les he escrito sus respectivos libros: 20 Juguetes para Emma y Un circo para Sarah, así se llaman ellas. Son textos que coquetean con la mini-ficción, el cuento, el ensayo y la poesía. Los escribí pensando que ellas los podrán leer cuando sean jóvenes y yo sea un abuelo fantasma.

 

¿Y  si se cumple aquello de que hijo de tigre sale pintado o a ninguna de ellas le dio por la poesía, por la palabra escrita?

Una de ellas intentó entrar, pero bueno, le ganó la realidad. Recuerdo que muy pequeña inventó unos cuentos extraordinarios.  De un señor que subió a una mata de tamarindo, llegó a la copa y cuando se lanzó se convirtió en bruja.  Pero ella tenía tres años y vivía inventando. La otra, la menor, en un momento me entregó un papel donde decía «Papi, yo quiero escribir poemas como tú». Pero como te digo la realidad las llevó por derroteros de sobrevivencia, de búsquedas materiales y otros asuntos, y con épocas de crisis económicas largas, pandemias y otros desafíos, no se puede tener mucho tiempo para dedicarse a la escritura.

 

Bueno, pero tienen un papá que celebra en palabras la vida de ellas y eso también es grato. 

Sí, claro, por supuesto. Yo no me siento mal si a ellas no les gusta la literatura o la escritura…, creo que son opciones, y ellas tienen las propias. Cuando yo tomé mi opción, el país y el planeta eran diferentes.

 

Cuéntanos un poco de tu libro Resurrecciones

Surgió porque intentaba quitarme el asunto de escribirle a la muerte; pero no la muerte vulgar, sino la muerte como maestra, como dice Carlos Castaneda en algunos de sus libros. Esa muerte que en ella cobra sentido todo lo que nosotros hagamos en la vida porque sabemos que se va a terminar, que la vida es finita. Había un libro en la casa de un alquimista de la edad media, me refiero al gran Paracelso, que narraba de manera seria, y de verdad, verdad, fórmulas para resucitar animales. Aquello era poesía pura, magia fenomenal. Yo decía: bueno, pero si esto lo escribieron así, yo voy a empezar a resucitar gente, cosas, animales, todo lo que crea que pueda tener algún tipo de resurrección. Y, además, ¿qué otra cosa más importante puede hacer un poeta que resucitar, aunque sea en palabras?

 

20 juguetes para Emma

La poesía para ti: ¿con rima o sin rima?

Bueno yo le tengo cierta aversión a la rima. No sé; me parece que es muy fácil escribir a través de la rima. La rima obliga a buscar palabras que quizás no sean las más adecuadas, pero que tengan sonoridad. Ese tipo de asunto siempre me ha parecido que lleva el poema por otra dirección y que el poeta se contenta con escribir por el sonido y no por el sentido. Entonces, el poema libre es libre precisamente de eso: de la rima y de las métricas y de todos esos asuntos formales. Entonces me he ido por ahí, por los poemas que no tiene rima. La palabra tiene su propia música. Admiro a los poetas que se trazan la meta de escribir con medida en los versos, tiene su dificultad, no cualquiera entra a ese mundo, pero yo no quiero perder mi tiempo en esos intentos que no le dicen nada a mi espíritu.

Para mí la poesía es el sinónimo más parecido a la vida. Es una forma de conocer. Es una manera de indagar, en lo real, el misterio. Porque la vida, así tú la estés viendo, la vida tiene sus misterios. No es necesario morir para creer que uno pueda pasar a otro misterio donde quizás no exista nada, pero en esta vida el misterio es aquello a lo cual no podemos llegar a través de la razón, y lo único que se acerca es la poesía, la única que se acerca, que araña eso que está allí intangible, misteriosa, y que permite que la vida siga reproduciéndose. Para mí es eso, es una manera de conocer, una manera de expresarse, una forma de confesarse, una manera de estar con uno mismo.

 

Le han hecho muchas entrevistas. ¿Qué pregunta le gustaría que le hubiesen hecho alguna vez y no se la han hecho?

Tampoco son muchas. Me hubiese gustado que me preguntaran sobre la vivencia de la poesía en la cotidianidad, lejos de las páginas, fuera de lo escrito.

 

Sobre esa reflexión, háblame…

Bueno, en esa búsqueda de la que te he hablado, hay algo que yo tomo en cuenta, la continuidad del cuerpo en la realidad de nuestra percepción. Es decir, no estamos separados de lo que está fuera de nosotros. Nosotros inmersos allí, en ese continuo del tiempo y del espacio que, en un libro de crónicas y ensayos (La honda superficie de los espejos) titulé “La continuidad del estar”; nosotros vamos desojando el misterio, vamos aprehendiendo lo que nos constituye como ser humano. Cada persona tiene una manera de conquistar simbólicamente su espacio inmediato de vida, y en esa conquista se encuentra a sí mismo. Y entonces uno comprende por qué las sociedades indígenas han sido sociedades poéticas, han sido ellos mismos seres poéticos. Porque es que uno, si trata de entender lo que está fuera de nosotros, solamente con el instrumento de la racionalidad, la vida se empobrece.

Lo poético engloba lo real, engloba la lógica, las supersticiones, incluso la religión le debe mucho a la poesía.  Y entonces cuando uno tiene esa arma, la vida misma, la vida diaria adquiere profundidad, como si uno la viviese muchas veces porque uno está consciente de que uno está lleno de otros seres.

 

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Según eso, poeta, no se puede caminar por la vida solamente a partir de la razón. Hay que integrarse a esas otras cosas que no son tangibles y volverlas parte del caminar propio.

Por supuesto. Andar con lo conocido y lo desconocido de uno, aceptarse parte del horror y también de la belleza.

Arnaldo, finalicemos compartiendo algunos poemas para nuestros lectores. Mil gracias por esta charla, por aceptar compartir tu tiempo, tu pensamiento y su trabajo poético. Aprovecho para desearte que tengas mucho tiempo para seguir escribiendo y seguir buscando las frases precisas que nos hacen emocionar.

El agradecido soy yo, de verdad. Gracias por la oportunidad de esta charla. Está haciendo usted un trabajo hermosísimo de promoción de cultores, de poetas, de escritores. Solo un amante de la poesía que sabe que tampoco va a lograr mucho en el campo de la utilidad económica, puede dedicarse a esto como te has dedicado tú. Te lo agradezco sinceramente.

 

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(*) Esta entrevista se realizó el pasado 5 de abril, vía videollamada, para la radio web «Charlemos Radio», del Valle del Cauca, Colombia, en un espacio conducido por el locutor Manuel Tiberio Bermúdez, quien además es fotógrafo, periodista y escritor nativo de Valle del Cauca (1949). Ha publicado el libro de crónicas «Gracias a Dios soy montañero» y el poemario «New York no es el cielo».

 

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