A las seis y tres de la tarde del veinticuatro de junio, día de San Juan Bautista, la gente bailaba tambor en las calles. En mi chat de WhatsApp apareció el «ok» de mi hija Frida. Dejé el teléfono en el escritorio.
Al quitar las manos de la madera, un ruido sacudió el techo. Sonó como un tren de carga sobre la casa. Corrí a la puerta; la reja tenía la llave pasada. Busqué el llavero mientras todo temblaba y el repique de los tambores se cortaba de golpe.
Afuera, la pared del vecino se mecía. Me paré frente a mi casa. En el porche de al lado, la señora Josefa Tovar (“Chepa”) miraba desde su silla de ruedas. Nadie más estaba afuera. Cuando el movimiento paró, regresé a revisar los daños. Barrí los fragmentos de los adornos rotos en el suelo de la sala, la biblioteca y el cuarto. Ya a oscuras, fui por mi hermana.
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Ella tiene una discapacidad intelectual grave y dormía mientras la tierra se movía; no la saqué antes porque su habitación tiene una reja bajo llave y habría tardado más tiempo en abrirla. La lavé, la vestí, le puse los zapatos y salí a buscar señal en el teléfono. No había. Mis hijos estaban en un edificio en Valencia; el papá, en Caracas; mi papá vive solo en su casa. Regresé sin respuestas. Me senté con los vecinos a esperar.
Días después, Emiria Tovar me contó cómo el sismo interrumpió su tarde a unos metros de mi casa. Su esposo y su hijo venían de la playa. Emiria tomaba café junto a la ventana cuando el suelo se movió.
Grité por el niño, me dijo. Él estaba en el cuarto del fondo y no puede correr por sus problemas de salud. El papá corrió por él. Mi hija se aferró a mí bajo el marco de la puerta. Pensé que el techo se nos venía encima.
A ras de piso, la gente pedía auxilio. Desde ese día, Emiria no duerme y el cuerpo le tiembla con cada réplica. Su hijo esperaba una cirugía en San Felipe, pero el hospital suspendió la fecha. Durante el apagón, la familia durmió con las puertas abiertas para salir rápido en caso de desplome. Pasaron los días buscando hielo para salvar una ampolla de Botox de ciento cincuenta dólares que el niño necesita para los tendones.

Chepa tiene setenta y seis años, cuatro operaciones de cadera y una de rodilla. El temblor la atrapó en la silla de ruedas. No pudo salir por un muro de concreto en la entrada, construido para frenar el agua de la lluvia.
Se quedó en el porche, viendo el movimiento del suelo. Sus hijos, su pareja y los vecinos la cuidaron en las noches a oscuras. Dormía sin ropa, con un ventilador recargable que apenas soplaba para aplacar el calor.
El sismo apagó a Patanemo, Gañango y Borburata. En estos tres pueblos de la costa, quedarse sin luz no es solo andar a oscuras. En Borburata significa quedarse sin agua, porque las bombas hidráulicas dependen de los cables.
En los tres pueblos significa ver cómo se pudre el pescado en las neveras apagadas mientras los ancianos andan vigilando las grietas de las paredes. Significa salir a buscar bolsas de hielo, no para enfriar bebidas, sino para salvar medicinas o los pocos alimentos que quedan.
El servicio volvió el viernes a Gañango y Borburata. En Patanemo, el apagón duró hasta el sábado a las cuatro de la tarde, cuando llegó la luz tras otra réplica.
Tras los sismos, se declaró el estado de emergencia. Por seguridad, las autoridades ordenaron el cierre de las playas, una medida lógica ante el peligro de las réplicas. Sin embargo, con prohibición o sin ella, ningún turista vendría.
El país entero sigue bajo el impacto de los temblores. Con la nación paralizada por el susto, los quioscos, las posadas y los lancheros se quedaron vacíos. El temblor duró segundos, pero el miedo colectivo congeló el sustento de quien depende del visitante para llevar el pan a la mesa.
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Marhisela Ron León (Puerto Cabello-Carabobo-Venezuela): Poeta, licenciada en Enfermería por la Universidad Nacional Experimental Politécnica de la Fuerza Armada.
Ha realizado Talleres de poesía a través del Instituto Municipal de Cultura de Puerto Cabello; también de escritura creativa con Nanda Nieves y de narrativa en Corrección Perpetuum, Escuela de Escritores de Caracas. Íntimo (2010) Bonus (2022).
Ciudad Valencia/RN/Fotografía de la autora Serge Páez













