El martes 4 de noviembre de 2025, el Museo de Arte Valencia (MUVA) reabrió sus renovadas instalaciones para presentar, entre otras grandes exposiciones, la dedicada al universal maestro colombiano de las formas voluminosas y del volumen expandido: Fernando Botero.
Esta exposición trascendental fue inaugurada por Mary Pemjean, actual viceministra de las Artes de la Imagen y del Espacio (IARTE), y quien por entonces también se desempeñaba como presidenta de la Fundación Museos Nacionales; en compañía de Luis Salvador Feo la Cruz, quien para la fecha fungía como director del Gabinete Cultural del estado Carabobo y del MUVA.

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Las exquisitas obras de Botero se ubicaron, y aún permanecen en exposición para disfrute de todos los carabobeños, en las salas “Luis Eduardo Chávez” y “José La Rosa” (Nº 1) con el nombre de “BOTERO: La sensualidad de las formas”.

Esta de ahora es una mirada más atenta y reposada de cada una de estas formas sensuales en lienzo y pigmentos, en mármol y bronce, para dejar testimonio de un hecho maravilloso en nuestra ciudad…
1.
La Venus con espejo se mira: una mirada interior, y sus manos independientes se arreglan el tocado de sus cabellos. Solo el gato (no gata) te mira y lo miras. Esa Venus viene de Velásquez y la tradición de Venus en el espejo, y también del arte popular… y de la Venus de Tacarigua. Podemos decir que es un regreso.
Las figuras femeninas infladas, símbolos de un erotismo orientado a la fertilidad , «encarnadas» en el óleo de Botero, tienen ancestros en las figuras de arcilla de los pueblos originarios en los alrededores del Lago de Valencia o de Los Tacariguas.
2.
El Gato nos recibe en el inicio de la exposición, hace de la Sala Galia su casa. Es un gigantesco bronce de reminiscencias mayas. De 1981. Lo regaló Botero al Museo de Arte Contemporáneo de Caracas en agradecimiento a su primera retrospectiva. Un gato fálico, donde la materia, el bronce, está una vez más al servicio de la vida. Venezuela ha tenido otra gran escultura (hoy desaparecida), producto de un regalo a Caracas, el Balzac de Rodin, y tan bien robada que ni cuenta nos dimos, y la escultura de María Lionza, de Alejandro Colina, digamos que deslocalizada en Sorte. El Gato es la tercera gran escultura de esa ciudad. Larga vida al Gato de Botero.

3.
Hombre con caballo. Perpendicular uno al otro, aunque montado. Parece decir: «…y sobre yo, mi sombrero». Un cruce de caminos y cruce interior.
4.
Naranjas. Bidimensional. Naturaleza muerta, y al fondo una pequeña ciudad o pueblo grande de techos rojos. Las frutas rebosantes de su interior, sobre una tela gorda, acolchada natural. Dibujo escultórico.
5.
Naturaleza muerta. Tridimensional. Escultura de un topoi de la pintura. Formas que salen del cuadrado, del círculo de las frutas. El pedestal es una mesa del cubo y el cilindro, y el triángulo dentro de la botella. Una lección de geometría, de formas básicas sobre un manto no euclidiano.
6.
Mujer echada con manzana. Entre el mito y la materia: mármol blanco. Una mujer acostada cuántico-ondulatoria a los pies, y su juego se agrega a la sombra de ellos sobre la blancura brillante del mármol. Los pies jugando mueven como aspas a la mujer torpedo. Pero estática en su movimiento de ondas de mar (de luz) de su cuerpo. La escultura de Botero en mármol (a diferencia de los bronces más biológicos) es de cuántos luminosos y de ondas de materia. Una doble condición.

7.
Reposa una pareja. despiertos de la cabeza a los pies. Juntos pero no revueltos. Sueñan despiertos. Tal vez sueñen lo mismo, tal vez sean sueños de cada uno. Uno al lado del otro. Amor marital. Tan lejos de la escultura funeraria de los mausoleos familiares del renacimiento. Pareja colombiana.
8.
Mujer echada con una mano detrás de la nuca (y la otra mano sale de debajo de la espalda, tímida, de su escondite). Y una especie de esvástica tibetana, la buena, de movimientos de brazos dextrógiros, da movimiento a la figura femenina en reposo. Ojos cerrados, sueño REM, de movimientos oculares rápidos.

9.
El rapto de Europa. Mujer cabalgando a un toro. Bronce. El peso del bronce se siente. La mujer cabalga, pero el toro la lleva. ¿O es al revés: El rapto de Zeus? Contrapunteo entre los cuernos del toro y las curvas de la jinetera. Contrapunteo escultórico entre el rabo del toro y las posaderas de la que lo cabalga. Pero trata más del poder que del erotismo. Más Nietzsche y menos Freud.
10.
Autorretrato con Luis XIV según Rigoud. “El siglo de Luis XIV” tituló su libro Voltaire. El Rey Sol era el centro de Francia y Francia, el centro del mundo. Así cambian las hegemonías: «sin embargo se mueve», dicen que dijo Galileo. El poder hecho pintura, y el autor discreto como un exvoto medieval, en el lugar de los antiguos reyes mecenas. La humilde victoria del artista sobre el poder. El mismo que retrataría luego las prisiones norteamericanas en irak como un Goya del siglo XXI. ¡Qué grande es Botero!
11.
Bailarines. Bronce. Baile de volúmenes. Lo vertical en el bailador, lo inclinado en la bailarina. Y el misterio del movimiento. No hay pintura obscura ni escultura estática en Botero. Asunto de equilibrio y desequilibrio como el baile mismo.

12.
El hombre que come la manzana. Óleo sobre tela. El perfil, la cara de perfil (como en el cuadro de la Venus en el espejo, como la cabeza aplanada de la Venus de Tacarigua), acentúa el volumen del cuerpo. Todos los objetos están engordados. Pintura escultórica.
13.
Mujer retratada con manzana. Es una mujer esculpida en un mármol de blancura mística. Parece levitar y ser atravesada y estremecida por un rayo divino.
Éxtasis. Flotante. Acme. ¿Y por qué la manzana? Es el fruto del árbol de la tierra (“terredad” diría Montejo) lo que aterriza la pieza, su contrapeso. Lección del maestro.
14.
Caballito. Esta escultura viene del arte popular. Los artesanos copian el caballito de Botero y lo vemos en madera en los mercados populares, en las tienditas de artesanía junto a carritos de madera con frutas y muñecas de trapo. De lo popular a lo culto y luego a lo popular. ¡Cómo corre este caballito!
15.
Maternidad. La madre y el niño. Las dos figuras sobre una gran silla que funciona de marco. La madre y el niño es en verdad el niño y el seno. En este escultor de los volúmenes, los senos son discretos. Y la madre con su mano tapa uno de los senos y le da significado.

16.
Hombre y mujer. Bronce de dos figuras en conjunto escultórico. Ambas 82×54, 5×17,5. Y es monumental. La monumentalidad no está en el tamaño, es inherente a la pieza misma. Y no es un boceto de una obra mayor. Aunque de Botero hay piezas de grandes dimensiones en largas avenidas. Aquí la monumentalidad está en la mínima escala.
17.
Mujer sentada sobre hombre. Bronce piramidal, irónico. La mujer extiende sus brazos como alas, pero no para despegar, más bien para apoyarse entre la frente y la rodilla del hombre que yace en posición supina. Los pies de la mujer están cruzados, libres de cualquier carga o culpa. Y así se distribuye el peso, cómoda sobre el tórax del hombre que, sin embargo, tranquilo respira. Alegoría.
18.
Mujer sentada. Bronce. Posando para el pintor. Invisible el creador, aunque sentimos su presencia como complemento de la pieza: Como un ángel de la guarda, o como tú el espectador. Solo la modelo del pintor hecha escultura.
19.
Bailarina. Sin duda, la mejor escultura de la muestra. Una de las más grandes esculturas de todos los tiempos. Así solita, como esas hoy famosas esculturas egipcias que desde hace miles de años señalan el camino en los museos y los libros de historia del arte. Cómo los pequeños ídolos en arcilla que llamamos, con ojos de conquistador, «las Venus de» Tacarigua, simples y a la vez complejas, discretas, eróticas y religiosas, intemporales.

Pieza maestra esta de Botero, de una sencillez asombrosa: una bailarina ensaya una vez más el movimiento aprendido. (Empatía: nos ponemos en su lugar, en su vivencia). Y el bronce flexible como el cuerpo de la bailarina, que no es dócil como en Degas. Aquí está el esfuerzo no físico, sino espiritual.
Funciona como ars poética. En cierta forma se moldea a sí misma: todos somos seres vivos, y entre ellos el hombre (y la mujer) con la intencionalidad (la libertad) que nos caracteriza como especie. Se retrata la voluntad. Es la escultura del instante desde dentro.
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Pedro Téllez (Valencia, 1966): Psiquiatra y escritor. Egresado de la Escuela de Medicina de la Universidad de Carabobo, donde también cursó las Maestrías de Historia de Venezuela y Literatura Venezolana. Ha sido profesor de estética en la Escuela de Arte «Arturo Michelena» y coordinador del Postgrado de Salud Mental en el Hospital Psiquiátrico de Bárbula.
Ha formado parte del comité de redacción de las revistas Poesía y La tuna de oro. Entre sus libros se encuentran: Añadir comento (1997), Fichas y remates (1998), Tela de araña (1999), La última cena del ensayo (2005), Un naipe en el camino de El Dorado (2007), Elogio en cursiva del libro de bolsillo (2007), Valencia sulaco (2019).
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Ciudad Valencia / RN
Fotos de las obras: Luis Manuel Feo La Cruz
Foto de autoridades: Cortesía YVKE Mundial













