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El 8 de julio de 1881 fallece en Caracas el destacado intelectual y humanista venezolano don Cecilio Acosta, quien desarrolló una trascendental labor en el campo de las letras, la teología, la educación, la política y la jurisprudencia, que quedó recogida básicamente en infinidad de escritos publicados en periódicos y revistas.

Debo señalar inicialmente que ha existido, en mi caso, una particular motivación por la obra de este insigne compatriota, ya que con su nombre fue bautizado como liceo, en la ciudad de Coro, en 1938, el otrora Colegio Nacional creado en 1833, uno de los primeros institutos educativos en el estado Falcón. En esa institución realicé mis estudios secundarios de 1963 a 1968.

Tuve oportunidad de escribir una semblanza de su obra a finales de enero de 2018 (por “Ciudad Valencia”/web), cuando se conmemoraba el bicentenario de su nacimiento (01/02/1818) en los altos mirandinos. En esa oportunidad se realizaron varias actividades organizadas por las autoridades del hoy Liceo Bolivariano “Cecilio Acosta” de la capital falconiana, adonde fui invitado.

En esta ocasión insistiré en otros aspectos significativos de Cecilio Acosta a propósito de los 141 años de su “cambio de paisaje”, resaltando siempre su indiscutible aporte intelectual en diferentes áreas. Siendo muy joven ingresó al Seminario Tridentino de Santa Rosa, en Caracas, para seguir la carrera eclesiástica. Allí estuvo por nueve años, abandonando luego el sacerdocio pero adquiriendo una alta formación en los temas teológicos, humanísticos y en el manejo del latín.

Ingresó luego a la Academia de Matemáticas donde se gradúa de agrimensor. Posteriormente va a la Universidad de Caracas (UCV) donde culmina la carrera de abogado y trabaja como docente en Economía Política, Legislación Civil y Criminal, además de ejercer como Secretario en la Facultad de Humanidades entre 1848 y 1853. Fue redactor del primer Código Civil Penal en Venezuela.

Su labor intelectual la inició en los periódicos “La Época” y “El Centinela de la Patria” con múltiples trabajos sobre temas políticos, económicos, sociales y educativos. Muchos intelectuales contemporáneos le reconocieron como pensador osado y gran jurisconsulto. Su vida, siempre austera y de limitaciones económicas, fue espejo de rectitud moral y paradigma de virtud. No aceptó nunca ejercer cargos públicos o gubernamentales, pese a sus capacidades y a su identidad con las ideas liberales en boga.

Fue incorporado como Miembro de la Real Academia de la Lengua Española y redactó un extraordinario discurso de aceptación en agradecimiento por tal distinción. Su formación religiosa no le impidió exponer ideas de avanzada para el desarrollo del país. Coincidió con Simón Rodríguez en la necesidad del trabajo y el estudio en los jóvenes. Su ensayo “Cosas sabidas y por saberse”, en materia educativa, es uno de sus más preciados aportes.

Una característica resaltante de Cecilio Acosta fue su oposición a las revueltas armadas y a las luchas caudillistas por el poder político. Quizás eso le alejó de los liberales. Se opuso a la Guerra Federal. Algunos le criticaron su vida ensimismada, su “horror a la figuración”, su timidez e incluso el no haber publicado ningún libro. Sin embargo, fue un valiente polemista público de quien pretendiera descalificarlo. Señalaba “lo que yo digo perdura”, reivindicando la certeza y autenticidad de sus análisis.

Su sobrino, el afamado doctor Pablo Acosta Ortiz (1864-1914), quien fue uno de los médicos tratantes del general y presidente Cipriano Castro, logró por su intermedio que se publicara la obra de su tío en 5 volúmenes entre 1908-1909. Para 1981, en el centenario de su muerte, la Casa Andrés Bello, en Caracas, reeditó su obra.

Cecilio Acosta murió con las carencias económicas que siempre le caracterizaron. Tenía 63 años de edad y residió siempre en su modesta casa de Santa Rosalía, en la capital de la República, donde vivió junto a su madre, quien había fallecido anteriormente. Sus restos fueron trasladaron al Panteón Nacional el 5 de julio de 1937.

 

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Las ideas de Cecilio Acosta tuvieron una gran influencia en su época, fundamentalmente en los jóvenes, pese a que los gobernantes del momento no atendieron sus prédicas. Recibió reconocimientos como el que manifestara Lisandro Alvarado, quien fue su discípulo. Igual del escritor Rufino Blanco Fombona. El poeta e independentista cubano José Martí, quien lo conoció y lo había visitado en enero de 1881, le dedicó una conmovedora despedida.

Para José Martí, Cecilio Acosta fue un hombre justo. Señalaba que llorarlo era poco y que el único homenaje a su memoria era estudiar sus virtudes e imitarlas. Finalmente expresaba que Cecilio Acosta trabajó en hacer seres humanos y a él le daría gusto que quienes le rindan tributos asumieran cabalmente su condición humana. Y tal lo hizo el poeta José Martí por la independencia de su patria.

 

José David Capielo / Ciudad Valencia